domingo, 22 de mayo de 2011

Indignados, pero menos

 A partir de mañana publicaré dos artículos que tratan del autodenominado “Movimiento del 15 de Mayo”. Los publicaré por honradez intelectual –y también porque he perdido el tiempo, y nunca mejor dicho, escribiéndolos-. En uno de ellos afirmo que nadie se ha enterado de nada acerca de dicho movimiento, Pues bien, he de reconocer que el que no se ha enterado de nada he sido yo. La base de la racionalidad es la congruencia entre las preferencias y la actuación. No se puede criticar el sistema electoral y después sustentarlo con los votos. Los informativos de hoy tan sólo han tenido dos contenidos: las elecciones y el fútbol. Y todos, absolutamente todos los políticos que han sido interpelados han coincidido en una cosa: lo importante es la participación. El caso es que a las dos de la tarde la participación en las elecciones marcaba un record histórico. Lo que significa que la mayoría de los que están acampados han acudido a votar. Cada uno es libre de votar si lo considera oportuno, pero lo que no tiene sentido es mantener un movimiento que ya ha sido dinamitado por los que forman parte de él. Pensaba que por fin una parte de la sociedad había tomado conciencia, y hoy me doy cuenta de que no, de que todo sigue igual. Porque al votar han legitimado el sistema. Y cuando mañana o pasado, cuando nadie tenga que guardar la cara porque las elecciones están próximas, esos campamentos sean desalojados por la fuerza, serán los allí acampados los que lo habrán permitido, al otorgar a los mismos de siempre el poder para legislar y declararlos ilegales.
 Sigo pensando que el movimiento Democracia Real Ya fue adecuado en sus orígenes, y que las propuestas que presenta son la base para una regeneración de la democracia. Pero ahora también pienso que las protestas han degenerado, que se han acabado convirtiendo en un jueguecito irracional y que plantar huertecitos o realizar talleres absurdos poco o nada tiene que ver con una reivindicación política, que se supone que es de lo que se trataba.
 Esto no era una revolución, eso lo tenía muy claro. No consistía en derribar una forma de gobierno o cambiar un sistema, por eso no tiene nada que ver con las revueltas árabes. El objetivo era obligar a la clase política a hacer las cosas de otra forma, a tener en cuenta a los ciudadanos, a no permitir la corrupción ni la injerencia de los mercados en los asuntos públicos. Se trataba de reformar el sistema y no de derribarlo. Pero es ingenuo y absurdo realizar asambleas donde se discute de lo divino y de lo humano cuando las conclusiones que se saquen de éstas van a resultar papel mojado, porque la fuerza que se podía tener para obligar a los “Padres de la Patria” a asumirlas se ha perdido cuando se ha votado, que en el fondo es lo único que a ellos les interesaba. ¿Cambiar el sistema electoral?. Para qué, si nos beneficia y la gente lo admite y vota. ¿Acabar con la corrupción?. Para qué, si la gente la legitima votando. ¿Controlar a la banca y a los mercados?. Para qué, si al final todos pasan por el aro y acaban votando. Los sentimientos, el cabreo, la indignación, han demostrado una vez más que no sirven para nada, porque son irracionales. Es absurdo estar una semana diciendo que el juego está trucado y al final jugar
 En fin, uno ya tiene callo como para sorprenderse de nada. Como siempre, al final, la única solución que nos queda es ser francotiradores.



sábado, 21 de mayo de 2011

Abstención y Legitimidad

 Uno de los pilares de la democracia occidental es el respeto a la regla de las mayorías. Como el concepto mismo de democracia esa regla también se ha corrompido, y sólo se aplica a aquellas mayorías que llevan detrás las siglas de un partido político, y no a las mayorías que resultan simplemente de no votar. Lo que legitima a un partido para poder gobernar es el número de sufragios obtenido. Si ese número es exiguo, aunque coseche la mayoría de los votos emitidos, el gobierno resultante perderá legitimidad, porque la mayoría de la población habrá decidido no sólo no votarle a él, sino a nadie. Esta es la significación política de la abstención: no legitimar a ninguna opción porque se considera que ninguna de ellas cumplirá su función básica, que es la de servir a los intereses de los ciudadanos. Cuando los gobernantes presentes y futuros sirven a intereses privados en vez de al interés público, están rompiendo el contrato social, y la sociedad civil, la ciudadanía, está legitimada para no cederles su derecho a gobernar. Esto significa que la legitimidad para gobernar reside en esa misma sociedad civil y es ésta quien se la cede a los gobernantes. Y por lo mismo puede decidir no hacerlo: no sólo no prestársela a éste o a aquél, sino a ninguno. La única solución entonces es obligar a los gobernantes a firmar un nuevo contrato. Precisamente por eso a lo que más temen nuestros políticos es a la abstención y no al partido rival. Y por eso mismo insisten todos, incluso con campañas institucionales , en que se vote; a quien sea pero que se vote. Eso presta legitimidad a su acción política, aunque sea desde la oposición.
 De siempre se nos ha insistido, y es una idea que ha calado muy profundo en la ciudadanía –una mentira repetida mil veces se convierte en verdad- de que aquél que no vota no tiene derecho a protestar, y normalmente se ha asociado la abstención con el apoliticismo o el pasotismo. Dos errores subyacen a esta concepción. El primero radica en que el hecho de que no votar ya constituye por sí mismo una opción política, una opción política firme y muy meditada en la mayoría de los casos, y precisamente por ello hay tanto empeño en desprestigiarla. El segundo es que el que no vota es precisamente el único que tiene derecho a protestar y no votar ya constituye una manifestación de protesta. El hecho de depositar un voto, sea para la opción que sea, supone que se aceptan las reglas del juego, y que si el partido gobernante no gobierna como debería no es posible desbancarle de ninguna manera, porque ha sido elegido por la mayoría. El no votar significa que no se aceptan las reglas del juego, que la actuación de gobierno debe ser siempre vigilada por los ciudadanos y que un gobernante que no cumple con éstos debe de dejar el cargo inmediatamente. No votar significa que no se está de acuerdo con el sistema, ese sistema que excluye a los ciudadanos de la toma de decisiones y deja las manos libres al partido en el Gobierno para hacer lo que le venga en gana, incluso desmantelar el Estado o la propia democracia. No votar en estas próximas elecciones, en concreto, significa que no se quiere entregar el poder soberano a los mercados financieros, que no se acepta que lo privado se sitúe por encima de lo público o, simplemente, que no se consiente que unos delincuentes se hagan con el mando del país. La urnas no absuelven a nadie y un político corrupto lo seguirá siendo por muchos votos que saque. Votar, en el caso concreto de las próximas elecciones, supone legitimar ese latrocinio –que no legalizarlo- y aprobar socialmente una conducta que legalmente está penada. Significa dar carta blanca al delito, así de sencillo.
 En estas tesituras da igual quien gane las elecciones, porque gane quien gane siempre ganarán los mismos: los especuladores, los banqueros y el FMI. Aún así, y por si a alguien le queda alguna duda, ganará el PP. Lo único que podemos esperar es que lo haga con la contundencia suficiente como para que Pablo Iglesias resucite y el PSOE vuelva a convertirse en la alternativa de izquierda que hace más de 80 años que no es. Por mucho que diga el señor Blanco los votantes de izquierda no se van a abstener por “perezosos”, sino porque ahora mismo es la única postura coherente con un pensamiento de izquierda –no con el suyo, que ni es de izquierda ni es pensamiento-. Ganará el PP, repito, porque han sacado su arma secreta, la que les hizo ganar en el 96 y en el 2000, y la que intentaron utilizar sin éxito en 2004: ETA. Sólo esto sería razón suficiente para no votar y legitimar así un nuevo sistema.

miércoles, 18 de mayo de 2011

En campaña

 Hay campañas electorales que parecen diseñadas por el peor enemigo de los candidatos, o por algún simpatizante del partido contrario. Véase a este respecto el lema de la campaña del señor Tomás Gómez para la Presidencia de la Comunidad de Madrid: “un presidente para la gente común”. Yo desde luego no pensaba votarle (ni a él ni a nadie) pero después de leer y escuchar dicho slogan me temo que ni yo ni nadie. En castellano el adjetivo “común” puede tener dos acepciones: puede hacer referencia a lo que es de todos, lo comunitario –como las zonas comunes de una comunidad de vecinos- y entonces o bien significa el hecho de que todos somos de todos, y en última instancia todos somos del partido, o bien significa una grosería que prefiero no citar, pero que tendría que ver con aquellas mujeres y hombres que son de todos a cambio de un estipendio. La segunda acepción de “común” equivale a “vulgar” y aquí sobran los comentarios, porque nadie nos consideramos vulgares –aunque lo seamos- y en todo caso es de muy mal gusto recordárnoslo. Hubiera sido mejor dejar la frase en un simple “un presidente para la gente” que además rima o, lo que yo creo que querían decir aunque no han sabido hacerlo, “un presidente para la gente normal”.
 Si nos vamos al otro extremo del espectro político, al PP, su lema no es tan disparatado como el de sus contrincantes. “Centrados en ti” nos recuerda que se van a preocupar por todos y cada uno de nosotros. Individualmente, eso sí, puesto que si no hubieran dicho “centrados en los ciudadanos” o algo así y no “en ti” que supone individualidad y singularidad. Y además “centrados”, es decir, desde el centro político -que por estas épocas siempre parece el camarote de los Hermanos Marx, de tanta gente que hay en él- y no desde la derecha más recalcitrante. En el caso del PP en la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid el enemigo debía de ser el fotógrafo. Para probarlo están esas fotografías de campaña de doña Esperanza Aguirre y don Alberto Ruiz Gallardón, sobre un fondo blanco, pálidos como muertos, con los ojos oscuros y, en el caso del candidato a la alcaldía, con el aditamento de sus sienes blancas destacadas. Se podría pensar que pertenecen a esa tribu urbana denonimada “góticos” si no fuera porque entonces resultarían colegas de las hijas de Zapatero. Como no parece ser este el caso el segundo parecido razonable es con un par de vampiros. Un par de vampiros que parecen decirnos, con esa media sonrisa que lucen, “votadnos, votadnos, que os vamos a chupar la sangre”.
 Y es que esta campaña electoral es una de tantas, llena de insultos a la inteligencia de los ciudadanos y de sofismas. Insultos a la inteligencia de los ciudadanos como el del señor Zapatero cuando afirma que “miente como un bellaco el que diga que se han hecho recortes sociales”. Pues si bajar los sueldos a los funcionarios, elaborar una reforma laboral que se carga de un plumazo todos los derechos de los trabajadores, recortar las partidas presupuestarias en sanidad, educación e investigación o reducir las pensiones –pues trabajar más para cobrar lo mismo es reducir las pensiones- no son recortes sociales ya me explicará el señor Presidente del Gobierno lo que son.
 Y sofismas porque estas son unas elecciones locales y aquí parece que lo único que le preocupa a todo el mundo es Bildu, y la falta de lógica con la que se está tratando este tema es proverbial. Para empezar es un sofisma darle toda la publicidad del mundo a los votos particulares de los magistrados del Tribunal Constitucional que votaron en contra de la legalización de la organización vasca y no dársela a los de los jueces del Supremo que votaron en contra de su ilegalización. De la misma forma que es una falacia considerar que el hecho de que un ex preso de ETA enarbole una pancarta a favor de Bildu supone que ETA está detrás de Bildu. Primero porque este señor es sólo eso, un señor particular -en concreto un señor particular que ha cumplido su condena y tiene derecho a opinar lo que le de la gana- y segundo porque en el supuesto caso de que ETA apoyara a Bildu eso no significaría que Bildu apoya a ETA y mucho menos que sea la mano negra que la dirige. O al menos yo no consideraría que si se diera el caso de algún grupúsculo ultrafascista apoyara y pidiera el voto para el PP, eso significara automáticamente que el PP apoyara a dicho grupúsculo. Y por si esto no fuera bastante, que unos señores con cargos políticos ataquen a la más alta institución judicial del país es un atentado gravísimo contra la democracia y el estado de derecho. Lo puedo hacer yo, que soy un don nadie, pero no alguien que tienen una responsabilidad publica. Y es que, como ya sabrán, estamos en campaña.

lunes, 16 de mayo de 2011

Cara de cemento, pies de barro

 Una vez más, como las golondrinas y las madreselvas, vuelve una campaña electoral a recordarnos que nos toca ser ciudadanos por un día, unas horas o unos minutos, los necesarios para depositar la papeleta en la urna. Tiene esta campaña, sin embargo, un matiz diferente todas las anteriores que hemos vivido. Tan sólo el señor Ruiz Gallardón, candidato a la alcaldía de Madrid, ha decidido mantener esa tradición tan democrática de contar mentiras en estos casos, algo a lo que ya estábamos acostumbrados y que resulta incluso entrañable por lo ingenuo de pensar que todavía pueda existir alguien que se las crea, y ha prometido crear ciento cincuenta mil puestos de trabajo. Los demás han decidido, en un salto cualitativo sin precedentes, pasar a ofender la inteligencia de los ciudadanos y mostrar su cara de cemento más despampanante.
 Así que hay tenemos a los líderes del PP echando pestes del Tribunal Constitucional, acusando al Gobierno de permitir a ETA estar en las instituciones y diciendo que cuando ellos gobiernen van a mandar a Bildu al sitio que le corresponde, que debe ser el pelotón de fusilamiento, pasándose por el forro una sentencia del más alto Tribunal del Estado y olvidando que sus listas están cuajaditas de Camps, Fabras y demás ralea de corruptos, imputados todos ellos en varios sumarios y con la intención de seguir robando mientras les dejen, lo que en términos que todos puedan entender significa que para ellos la democracia consiste en llevarse todo lo que puedan del erario público. O la señora Cospedal, que no tiene reparos en afirmar que si cobra tanto es porque trabaja el doble que las demás personas. Lo cual me lleva a pensar que para ella sólo son personas los políticos y que albañiles, mineros, funcionarios, médicos, etc., etc. no son personas, porque cualquiera de ellos trabaja cien veces más que la citada señora, que no ha dado golpe en su vida. Eso, o es que su cara más que de cemento es de hormigón armado. O doña Esperanza Aguirre, que se queda tan ancha después de declarar que primero hay que ir a por el PSOE y después elegir alcalde. Y fíjense bien que ha dicho “alcalde” y no “Presidenta de la Comunidad”, con lo cual, aparte de tirar un dardo envenenado a su compañero de partido y sin embargo enemigo don Alberto Ruiz Gallardón, demuestra que no tiene ni idea de lo que está en juego (ni de nada, en realidad) y que si estas elecciones son municipales es porque se trata precisamente de elegir alcaldes. O el señor Rodríguez Zapatero, según el cual si gana el PP desmontará el estado del bienestar. Se debe referir a lo poco que todavía no ha desmantelado el propio señor Zapatero, al que ya no le preocupa ni siquiera nuestra salud (por muchas leyes anti-tabaco que se invente) y si no que se lo pregunten al doctor Barbacid, que se vino de los Estados Unidos a España porque le prometieron el oro y el moro y ahora se encuentra con investigaciones cruciales contra el cáncer paralizadas porque el Ministerio de la señora Garmendia ni le permite cobrar cincuenta millones de euros de fundaciones privadas que sufraguen su trabajo -porque resulta que en España los institutos públicos de investigación no pueden recibir subvenciones privadas (tampoco los partidos políticos que igualmente las perciben aunque sea ilegal) y así nos va- ni le da un duro de los fondos públicos porque se han recortado las partidas presupuestarias para investigación. Eso si, luego las señoronas enjoyadas de siempre –con las damas de la familia real a la cabeza- presidirán las mesas petitorias en el día de la lucha contra el cáncer, como si eso solucionase algo.
 Claro que para cara de cemento la del señor Sócrates (el de Portugal, no el de Atenas), y la del enviado del FMI que ha investigado las condiciones del rescate financiero luso, que han condenado de un plumazo a la miseria a toda la población del país y al propio Estado sin que se les haya movido ni una ceja. Viendo lo que pasa en Portugal la reflexión más inmediata que viene a la mente es para qué nos sirve votar. Mejor sería que el FMI presentara a sus propios técnicos como candidatos y así al menos sabríamos a qué atenernos. Y eso que la solución es fácil, y si no miren a Grecia, a la que le ha bastado amenazar con salirse del euro para que se suavicen las condiciones de su rescate. Y es que cualquier gesto, por pequeño que sea, que vaya en contra de las directrices marcadas por los mercados financieros demuestra una y otra vez que el sistema económico es un gigante con pies de barro. Y a mi no me cabe duda que cualquier político que tuviera la valentía de hacer ese gesto arrasaría en cualquier consulta electoral sin necesidad de sacar la cara de cemento.

viernes, 13 de mayo de 2011

(Supongamos que) Nada es real

 Vamos a jugar a elucubrar conspiraciones. Supongamos que nada es real. Supongamos que nadie ha matado a Osama Bin Laden. Supongamos que existe alguna razón para que hayamos visto fotografiado el cadáver de Sadam Hussein, como se vio el del Che Guevara, el de Mussolini y muchos otros, y no veamos el del enemigo público número uno, ese cadáver que ha sido supuestamente arrojado al mar después de ser trasladado a Afganistán, a un mar que no sabemos dónde está, pero desde luego no en ese país, que no tiene, quizás en el mar Arábigo, en la costa paquistaní, muy lejos de la frontera afgana, lo que me lleva a pensar que los helicópteros de las fuerzas especiales de los Estados Unidos son realmente especiales, para recorrer una distancia que es casi el doble de California sin repostar, o quizás, por qué no, en la aguas del río Hudson. Aunque también podríamos suponer que no hay fotos del cadáver porque la última foto que elaboró el FBI del personaje era la del señor Gaspar Llamazares retocada. Supongamos que Osama, un ex agente de la CIA, ha hecho un pacto con sus antiguos jefes. Supongamos que ese pacto existe desde hace siete u ocho años. Supongamos que mientras a un país le daban la vuelta las bombas de la OTAN –con su población incluida- porque el señor Bin Laden estaba supuestamente escondido en alguna cueva, éste vivía tranquilamente en un barrio residencial de Islamabad, a pocas manzanas de la Academia del Ejército de Pakistán y rodeado de militares, que a la sazón eran sus vecinos, porque alguien le había puesto allí. Supongamos que el Ejército paquistaní cumplió a la perfección la misión que le habían encomendado, que era protegerle. Todo el mundo sabe que el Ejército pakistaní no mueve un dedo sin que se lo ordenen desde Washington. Supongamos que por eso el Gobierno de Pakistán no ha elevado una protesta internacional al enterarse que unos militares extranjeros han entrado ilegalmente en su territorio y han llevado a cabo una misión militar. Supongamos que la supuesta búsqueda de Bin Laden les vino muy bien a los comerciantes mundiales de armamento. Supongamos que la muerte del supuestamente terrorista más buscado del globo le ha venido muy bien a Barack Obama para elevar una popularidad que estaba por los suelos y asegurarse la reelección. Supongamos que las olas de patriotismo desenfrenado, como el que hemos contemplado en Nueva York, les vienen muy bien a los gobiernos en tiempos de crisis. Y supongamos que la muerte del saudí constituye la oportunidad perfecta para meter una dosis más de miedo en el cuerpo de los ciudadanos y que así acepten más recortes en sus ya recortadas libertades. Porque a la vez que todos los dirigentes mundiales se han apresurado a declarar que sin el finado el mundo es más seguro, también han corrido a aumentar las alertas antiterroristas, con la excusa de una supuesta venganza de Al Qaeda. ¿En qué quedamos, sin Bin Laden el mundo es más seguro o no?. El miedo es un arma muy poderosa como para desaprovechar la más mínima oportunidad de usarla. Si resulta que matando a Bin Laden existe más riesgo de un ataque terrorista, podían haberle dejado vivo, y así hubiéramos estado todos más seguros. Y supongamos por último que Bin Laden y Al Qaeda ya habían perdido todo su ascendiente sobre el mundo árabe después de las revoluciones en el Magreb y Oriente Próximo, que era un individuo perdido que no sabía cuál era su papel en la nueva partida que se está desarrollando.
 Pero estábamos jugando. Todo es real. No estamos dentro de ninguna Matrix y el sentido común rechaza ideas tan retorcidas. Es cierto, entonces, que Bin Laden ha muerto. Nada cambia este hecho las consecuencias anteriormente citadas: Barack Obama se ha asegurado la reelección, el patriotismo hace olvidar la crisis y, aunque el mundo sea un lugar más seguro, el temor a las posibles represalias supone un poco más de miedo para los ciudadanos, miedo que les llevará a aceptar cualquier medida, por coercitiva que sea, que asegure su protección. Sin embargo, la realidad de la muerte de Bin Laden nos conduce a consecuencias nuevas. La Guerra de Afganistán que tenía como objetivo su eliminación, ya no tiene sentido, con lo que es de esperar que en pocas semanas se retiren todas las tropas extranjeras de territorio afgano. De la misma forma, el campo de Guantánamo debería ser cerrado inmediatamente, puesto que su función era obtener información de los allí internados que propiciaran la captura del jefe terrorista. La realidad nos dice que estos dos hechos deberían producirse. Pero supongamos que esto no ocurre.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Impugna, que algo queda

 Una de las cosas que jamás entenderé es la justicia por mayoría. Por mucho que me intenten convencer de lo contrario, me parece obvio que una cosa es justa o no lo es, y la carga de justicia de un hecho o de una acción no depende del número de personas que se manifiesten a favor o en contra. La Justicia es un valor objetivo, y debe de serlo si quiere ser realmente justa y no una mera cuestión de opinión. En la ilegalización por parte del Tribunal Supremo –luego rectificada por el Tribunal Constitucional por el mismo sistema- de las listas electorales de Bildu ha operado esta noción de justicia por mayoría. Resulta que de dieciséis jueces que tenían que decidir, nueve opinaron que esas listas deberían ser ilegalizadas y siete que no. Conclusión, las listas electorales de la plataforma política vasca fueron consideradas ilegales por el exiguo margen de dos votos ( no tienen entonces mucho qué decir aquellos que ahora se quejan de que el Tribunal Constitucional las declara legales por un solo voto). Para eso, hubiera resultado igual y seguramente más barato que dicha ilegalización se hubiera levado a cabo por sorteo –lanzamos una moneda al aire; si sale cara Bildu es ilegal y si sale cruz es legal-. En lo que a carga de Justicia se refiere el resultado hubiera sido el mismo. A esto se suma el hecho de que, no ya la Justicia, sino el sentido común, parece ser que apunta en la dirección de que la Ley de Partidos sólo inhiere en la legalización o ilegalización de partidos políticos, y no de plataformas electorales que no dejan de ser opciones cívicas que concurren a unas elecciones. Una lista electoral podrá ser impugnada si en ella figuran personas que han cometido algún delito o están fuera de la ley, -lo que nos conduce a la conclusión evidente de que la mayoría de las listas del PP y del PSOE contienen elementos más que suficientes para ser impugnadas-, pero no en grupo. Estas dudas sobre la supuesta legalidad de la ilegalización de las listas electorales de Bildu no sólo las tengo yo –o cualquiera que tenga dos dedos de frente- sino los siete magistrados del Tribunal Supremo que votaron en contra de dicha ilegalización y el mismo Tribunal Constitucional que se ha pronunciado en contra de la sentencia de aquél. Lo que está claro es que cuando el Gobierno y el PP decidieron impugnar dichas listas, parece que tenían claro que algo acabarían sacando en limpio. Impugna, que algo queda.
 A mi lo que me queda claro es que por mucho que PP y PSOE se tiren los trastos a la cabeza de cara a la galería, no hay duda de que están de acuerdo en lo fundamental: de lo que se trata es de repartirse el poder entre los dos. El paripé al que nos tienen acostumbrados en los medios y en el Parlamento no es más que una cortina de humo que esconde lo que de verdad pretenden: una alternancia en el poder al estilo del Antiguo Régimen que elimine al resto de las opciones políticas o, como mal menor, las convierta en marginales. No se si este pacto estará escrito, será tácito o simplemente inconsciente, pero su actitud con la izquierda abertzale demuestra que no están dispuestos a dejarle ninguna salida para aumentar su cuota de poder y que les da igual la normalización política del País Vasco, el mantenimiento de una anomalía democrática como la ilegalización de una opción política, o el peligro de radicalización de la izquierda vasca moderada, no sólo a nivel político, sino ciudadano.
 Y es que parece que la ilegalización de Bildu vino dada por un supuesto informe elaborado por la Ertzantza, la Policía y la Guardia Civil (todos a una, parece) cuyo fundamento último son unas conversaciones grabadas en prisión entre el señor Otegi y su esposa –y por lo tanto privadas-. Para empezar, el señor Otegi no está en prisión por delitos de sangre, no ha matado a nadie ni ha puesto ninguna bomba ni nada por el estilo. Está encarcelado por un delito de “enaltecimiento del terrorismo”, es decir, por dar su opinión. El señor Otegi es un preso político, y ya va siendo hora de que se diga, por mucho que el señor Lissavetzky se empeñe en que un Estado de Derecho no cabe la disidencia, supongo que por decreto. En segundo lugar alguien tendría que explicar por qué unas conversaciones grabadas en prisión, como las del caso Gürtel, no sólo no sirven como prueba inculpatoria –han sido anuladas la mayoría de ellas- sino que incluso han provocado el encausamiento del juez que las ordenó, y otras como las citadas entre el señor Otegi y su esposa resultan la piedra angular para excluir a una plataforma política. Seguro que existe algún intrincado vericueto legal que lo justifica así que pido, por favor, que alguien ilumine mi pobre inteligencia.

lunes, 9 de mayo de 2011

Lo sabíamos

 Las últimas revelaciones que han aparecido en el sitio Web del ya condenado Julian Assange no nos han descubierto nada que no supiéramos ya. Que los periódicos internacionales que las han sacado a la luz las traten como si fueran una novedad insospechada e incluso sorprendente sólo se explica desde su cerrazón a aceptar que, si bien no todo lo que procede de los EE.UU. es malo, tampoco todo es bueno, y que la CIA y los servicios secretos del país no son esos héroes sacrificados, esos luchadores por la libertad que nos pintaban las antiguas películas de Hollywood.
 Ni siquiera nos ha sorprendido que el presidente Obama siga manteniendo abierto Guantánamo a pesar de todo. Resulta repetitivo volver a insistir en que si existe hoy en día una vergüenza mundial, un lugar donde se violan los derechos humanos con más impunidad, un territorio ajeno a toda legalidad, ese es Guantánamo. Todo esto ya lo sabíamos, sin necesidad de las filtraciones de Wikileaks. Como también sabíamos que Obama no iba a cerrar el campo, ni iba a terminar con la Guerra de Afganistán. Cada Presidente de los Estados Unidos ha tenido su guerra y la afgana es la de Obama.
 Por conocer, conocíamos hasta una de las revelaciones estrella –o, al menos, una de las que más ha sorprendido a los medios- de la última hornada de papeles de Assange: la existencia de manuales de tortura, de interrogatorios o de clasificación de presos. El caso es que esos manuales son muy antiguos. Son los mismos que se usaron en Indonesia, en Chile, en Argentina, en Guatemala, en Honduras, en El Salvador y en una infinidad más de sitios durante los años setenta y ochenta. La única diferencia es que ahora esos mismos medios que se escandalizan por la existencia de dichas enciclopedias de tortura en aquella época, cuando el “comunismo internacional” era el enemigo a batir y el coco con el que asustaban a los ciudadanos, acusaban de “antiamericanismo infantil” a aquellos que se atrevían a denunciarlo. Como acusaban de antiamericanismo infantil a los que sacaban a la luz los secuestros de la CIA y los vuelos nocturnos hacia las cárceles secretas que la organización de inteligencia norteamericana tiene repartidas por todo el mundo. Eso es hoy algo sabido, así que es de esperar que nadie se sorprenda cuando esas prisiones salgan de las cloacas del terrorismo de Estado.
 Y por último, tampoco resulta sorprendente la reacción de la Administración norteamericana. En vez de aprovechar la situación para clausurar definitivamente el campo, que es lo que prometieron y lo que deberían haber hecho hace mucho tiempo si es que de verdad alguna vez han tenido intención de hacerlo –que ahora está claro que ni la tienen ni nunca la han tenido- se salen por peteneras diciendo que esos informes son antiguos y que existen informes nuevos que no han sido filtrados por intereses políticos. En primer lugar es evidente que todas las filtraciones de Wikileaks se han producido por intereses políticos, lo mismo que las guerras de Irak o Afganistán o la misma creación de Guantánamo obedecen a intereses económicos y políticos, así que no se entiende muy bien qué tipo de descalificación es esa. En segundo lugar no se qué dirán los informes no filtrados, pero la respuesta del Estado norteamericano induce a pensar que en ellos se detalla como los prisioneros son tratados a cuerpo de rey, se les aloja en suites de lujo y se les permiten todo tipo de distracciones. Si no, no se entiende muy bien a qué viene una réplica de este jaez.
 He de reconocer que si que hay algo sorprendente en todo este asunto, y son las declaraciones de las autoridades estadounidenses acerca de que las filtraciones sobre Guantánamo ponen en peligro la seguridad nacional. No se muy bien qué clase de peligro representan un montón de ancianos y dementes que el mismo ejército norteamericano califica como de peligrosidad baja, y mucho menos qué peligro puede haber en contarlo. Lo que si sé es que si un Estado tiene que mantener un centro de tortura como Guantánamo para preservar su seguridad nacional, entonces es ese Estado el que constituye un peligro para el resto del mundo. Y es que uno se esfuerza de verdad por no ser un antiamericano infantil, pero se lo ponen muy difícil.