martes, 12 de junio de 2012

Rescate a la evidencia

 Si hay algo que me indigna de verdad, más que cualquier medida política concreta, es que me tomen por tonto. Da igual el signo del gobierno de turno, ya es tradición que nos traten como a niños pequeños que no saben cuidarse solos o como a enanos mentales que se tragan cualquier patraña sin pestañear. Aunque uno esté viendo con sus propios ojos que la nieve es blanca siempre habrá alguien –un político, un periodista o un “enterao”- que se empeñe en hacerle creer que es negra. Como no podía ser menos, en todo este asunto del llamado rescate a las entidades financieras, insisten una y otra vez en que las cosas no son como son. Y eso que existen unas cuantas evidencias que resultan, como decía el amigo Alex en “La Naranja Mecánica”, claras como el sol radiante de una mañana de verano, a saber: que esto no es un rescate, que el Gobierno ha intentado evitarlo hasta el último momento, que no va servir para nada, que implica exigencias y contraprestaciones políticas y que al final vamos a pagarlo todos los españoles.
 Esto no es un rescate porque ni se trata ni de “recobrar por precio o por fuerza lo que el enemigo ha cogido, y, por ext., cualquier cosa que pasó a mano ajena” ni de “liberar de un peligro, daño, trabajo, molestia, opresión, etc.” que es como define el Diccionario de la RAE el término “rescatar”. Ni el enemigo nos había cogido nada, más bien es el enemigo el que nos ha supuestamente rescatado, ni estábamos en ningún peligro más allá del que nos pudieran causar los que nos han rescatado. Yo diría que es ahora cuando necesitamos un rescate, pero de esos de Batman o el Capitán Trueno, porque ahora si que nos han secuestrado la soberanía nacional y estamos en peligro de acabar todos como en China.
 Por mucho que digan el señor Rajoy, el señor Guindos y el señor Rey de España, el gobierno ha intentado hasta el último momento evitar la intervención de la UE, porque sabían que era una estocada mortal a su legislatura. Esto no lo digo yo, lo dice el presidente de la Comisión Europea y todos los organismos internacionales. Y lo dice el señor Rajoy, que en su discurso de investidura acusó al gobierno saliente de poner a España al borde del rescate y alardeó de que el objetivo de su Gobierno era evitarlo.
 La intervención de España no va a servir para nada. Y aquí si que las evidencias son concluyentes: la prima de riesgo sigue subiendo, la Bolsa sigue bajando, los mercados nos siguen atacando, se habla de que probablemente sea necesario otro rescate y hasta los mismos banqueros comentan la inutilidad de la medida. Preguntarnos por qué, entonces, se ha producido la intervención, es situarse en un plano que para los que nos gobiernan es poco menos que metafísico.
 Que se van a exigir contraprestaciones políticas también resulta evidente. Quizás lo más evidente porque lo han dicho los que nos han prestado el dinero. Se va a vigilar la política fiscal del país, vamos a tener interventores del FMI y del BCE paseando por nuestras calles y, como medidas más concretas, se va exigir una subida del IVA y un control del gasto de las Administraciones Públicas –otro más-. Insisto, esto lo han dicho la señora Merkel y los dirigentes de la UE, así que no hay más argumentación posible, ni a favor ni en contra.
 Y que el préstamo con sus correspondientes intereses lo vamos a pagar entre todos es algo que salta a la vista con tan sólo ver lo que ha pasado en el caso de Bankia. Ni se van a desarrollar comisiones de control para los bancos, ni se va a vigilar qué hacen éstos con el dinero ni nada de nada. Los bancos invertirán  una parte de ese capital en activos de riesgo y otra se la repartirán sus directivos. Como siempre. Y a la hora de devolverlo habrá que sacarlo de la sanidad, de la educación y del sueldo de los trabajadores públicos. Y si todavía queda alguna duda escéptica no hay más que mirar dónde han ido a parar todos los millones que, desde hace ya tiempo, el Estado español ha dado a la banca y para lo qué han servido. Y me parece que es bastante evidente quién los ha pagado.

lunes, 11 de junio de 2012

¿Y qué tal unas elecciones?

 Puesto que según el gobierno el rescate de la Unión Europea al sistema financiero español soluciona todos los problemas de este país –algo con lo que, por cierto, los mercados no parecen estar muy de acuerdo, y a estas horas la prima de riesgo española está ya por los 520 puntos- quizás sea hora de intentar solucionar también la cuestión de la democracia. Una vez arreglada la cuestión económica, habrá que arreglar, digo yo, la cuestión política y puesto que el sistema así lo exige, la única manera de hacerlo es convocar unas elecciones.
 Resulta sorprendente que nadie haya planteado aún esta alternativa. Supongo que los partidos de la oposición tienen una razón muy poderosa: a ver quién es el guapo que torea el morlaco que dejarían el señor Rajoy y sus Ministros. Aunque también podrían pensar que es probable que el partido en el Gobierno volviera a ganar las elecciones y, al menos, se habría lavado la cara al sistema político. Los sesudos analistas que acostumbran a escribir y a “tertuliar” en los medios de comunicación supongo que se inclinarán por razones más supuestamente objetivas, como que unas elecciones acabarían de desestabilizar el país y su economía acabaría de hundirse. El caso es que a mi, que ni soy un político ni un sesudo analista, lo primero que se me vino a la cabeza cuando conocí la noticia del rescate famoso es que había que convocar elecciones, así que supongo que los dos grupos citados no han lanzado esta idea porque ni siquiera se les ha ocurrido.
 A poco que se piense la convocatoria de elecciones es la salida más lógica, y más democrática, a la situación creada. En primer lugar desde un punto de vista político. Los cien mil millones que Europa va a prestar a los bancos españoles se canalizan a través del Estado, que es en última instancia el que ha de devolverlos si, finalmente, esos bancos no pueden hacerlo. Por otra parte, puesto que ese dinero se ha prestado al Estado y no, nótese bien, directamente a los bancos, los prestamistas van a exigir condiciones al Estado para asegurarse la devolución del préstamo, condiciones que no pueden ser otra cosa que políticas, puesto que del Estado hablamos. Eso hace que todo el programa electoral que el PP presentó en los pasados comicios quede en papel mojado ante las nuevas exigencias. El gobierno se ha quedado sin margen de maniobra para llevar a cabo aquello por lo cual ascendió al poder. La legislatura ha quedado suspendida y puesto que la situación es nueva todo lo anterior ya no sirve y hay que partir de cero.
 En segundo lugar el señor Rajoy debe convocar elecciones desde el punto de vista de la responsabilidad. Y debe hacerlo primero porque en todo este asunto el Gobierno ha mentido, miente y mentirá –tampoco es que sea algo nuevo para ellos-. Ha mentido cuando la señora Cospedal afirmó tajantemente que no iba a haber rescate un par de días antes de que se produjese. Miente cuando dice que no es un rescate, que no va a haber condiciones políticas que afecten a los ciudadanos –de momento, el Eurogrupo ya le exige subir el IVA-, que esto es lo mejor que le ha pasado a España o que fue el Gobierno el que pidió el rescate –cuando hoy nos enteramos de que no se trató de una jugada maestra del héroe Guindos, sino que fue el propio Eurogrupo el que presionó a España a aceptarlo-. Y mentirá cuando, llegada la hora de devolver el préstamo, los bancos no lo hagan –porque nadie los habrá controlado ni les obligará a ello- y lo tengamos que pagar todos los ciudadanos. Y en segundo lugar porque el señor Rajoy es un presidente ya dimitido de hecho. No de otra forma se puede explicar que haya desaparecido en un momento crítico para el país –aunque esto tampoco es el fin del mundo- que no haya dicho esta boca es mía, que no piense comparecer ante el Parlamento –es decir, ante todos los españoles- hasta julio y que ayer estuviera tranquilamente en Polonia viendo un partido de fútbol. Y ya de paso, también debería dimitir el Rey que ha felicitado al señor Rajoy y al señor Guindos por su nefasta gestión del problema.
 Así que mi opinión –en vista de que aquí todo es una cuestión de opinión- es que se deberían convocar elecciones. Aunque por supuesto yo ejerceré mi legítimo derecho a no votar.

jueves, 7 de junio de 2012

Cuando vinieron a por mí.

 Se suele decir que la Política es el arte de lo posible, aunque más bien, como ha demostardo el Gobierno de la Comunidad de Madrid, habría que decir que es el arte de hacer posible lo imposible. Yo siempre he dudado de la supuesta astucia, inteligencia y visión política que desde tantos medios se le atribuyen a la Presidenta Esperanza Aguirre, aunque nunca lo he hecho de las de sus asesores, que por eso son tantos y cobran el sueldo que cobran. Sueldo que, visto lo visto, tienen muy bien ganado. Porque en la puesta en escena del anuncio de los nuevos Presupuestos de la Comunidad de Madrid, han conseguido hacer posible lo que parecía imposible: liar tanto la madeja que ahora nadie sabe si aplaudir la responsabilidad política y el buen hacer de su jefa o tirarla al pilón.
 Y es que esta puesta en escena a la que me refiero ha sido una obra maestra de manipulación. En primer lugar nuestra Presidenta, con tono afligido pero muy castizo –que no se diga que no es de “Madrí”- nos dice que han “tomado” el criterio –yo lo siento mucho, pero los criterios no se “toman”: se siguen; lo que se suele tomar son las decisiones o los vinos- de que es mejor bajar el sueldo a los funcionarios que despedir a 40.000 trabajadores interinos. Y claro, aquí los funcionarios y los sindicatos que los representan se ven entre la espada de denunciar esa bajada de sueldo y la pared de aparecer como los culpables del despido de 40.000 trabajadores. Pero como no hay mal que por bien no venga, a renglón seguido –o dos o tres más abajo- nos comunica una medida aparentemente revolucionaria, pero que en realidad es una muestra del populismo más rancio, aunque hay que reconocer que como cortina de humo no tiene parangón: la rebaja a la mitad de los diputados del Parlamento Madrileño. Digo yo que un Parlamento debe tener los parlamentarios necesarios para garantizar la representatividad social y política, sean éstos 129 o dos millones. Porque si 129 diputados son muchos ahora también lo eran hace veinte años y aquí nadie ha dicho esta boca es mía al respecto. En realidad, lo de menos es si sobran o no sobran diputados. De lo que se trata es de que la tan cacareada medida sólo se llevará a cabo en el año 2015, previa modificación del Estatuto de Autonomía, modificación ésta que ha de contar con una mayoría de dos tercios de la Cámara y después ser ratificada por el Parlamento Nacional. En resumen, que la Señora Esperanza Aguirre sabe perfectamente que la reducción parlamentaria no se llevará a cabo nunca, o bien porque el parlamento madrileño no la autorice, o bien porque el nacional no la ratifique, o bien porque, llegada la hora de la verdad, se le ocurra algo para echarla atrás. En todo caso yo me apuesto lo que sea con quien sea a que en el año 2015 tendremos nuestros 129 diputados autonómicos, si no alguno más.
 ¿Y qué ha querido tapar la señora Aguirre?. Que esta vez los palos no van sólo contra los funcionarios, sino contra todos los que tengan la desgracia de vivir en Madrid. Así que se suben tasas –las que todos pagamos- como la que se abona por las escuelas infantiles dependientes de la Comunidad y se inventan otras nuevas, como imponer peajes en las autovías madrileñas, pero no se suben impuestos. Los que tanto aplaudían a la Presidenta por poner en su sitio a los trabajadores públicos, ahora se ven liados en la misma madeja que se citaba al principio. Como ya dijo Brecht, “cuando al final vinieron a por mí ya era demasiado tarde”

miércoles, 30 de mayo de 2012

Lógica y Coherencia (y 2)

 Así como la lógica hace referencia a unos criterios mínimos de racionalidad en el discurso, la coherencia tendría que ver con la racionalidad del comportamiento. Puesto que alguien puede mentir, es decir, expresar con palabras hechos que no han ocurrido ni van a ocurrir en la realidad, o engañar, decir una cosa aunque se tenga intención de hacer la contraria, la coherencia no haría referencia tanto al lenguaje o al engarce del lenguaje con la realidad –la mentira o el engaño pueden ser muy racionales- como a la relación existente entre el comportamiento y los deseos, creencias o motivaciones que lo provocan.
 Ya vimos que el discurso del PP carece de toda lógica. Pero este hecho no significa que su actuación no sea coherente. Para ello, es necesario hacerse cuenta de las motivaciones últimas que mueven este comportamiento y ver si, efectivamente, existe una concordancia entre éste y aquéllas o si el segundo es capaz de satisfacer el cumplimiento de las primeras. Como ya se ha dicho que alguien puede mentir o engañar, las causas últimas del comportamiento no pueden ser rastreables en lo que se dice, sino más bien en aquello que no se dice pero que de una u otra forma sale a la luz. Así, no hemos de creer que el objetivo último de las actuaciones –aparentemente irracionales- del PP sea el de salvaguardar la vida civil o el bienestar de los ciudadanos, como repiten una y otra vez. Si así fuera, comportamientos como no cobrar el IBI a las propiedades de la Iglesia cuando los ayuntamientos están- supuestamente- en la ruina, rebajar sueldos de trabajadores públicos mientras se gastan cantidades ingentes de dinero en promocionar eventos como unas Olimpiadas, o acusar al máximo dirigente del Banco de España de ser el responsable último de la situación de Bankia y a la vez impedirle declarar en el Congreso o evitar la creación de una comisión parlamentaria que investigue lo sucedido, mientras que el señor Rajoy y su Ministro de Economía se empeñan en negarse una y otra vez a un rescate europeo de la entidad (y de otras entidades en situaciones similares) pero no tienen ningún reparo en que sean todos los ciudadanos los que rescaten al citado banco a la vez que proponen soluciones absurdas que el Banco Central Europeo rechaza provocando que la situación económica de España sea cada vez más catastrófica, serían irracionales.
 Supongamos, entonces, por buscar una racionalidad a las acciones de unos individuos que, al fin y al cabo, no dejan de ser animales racionales, que la motivación última del comportamiento del Gobierno de España no sea la que dicen y si la de desmantelar todo el entramado económico y social del Estado, una vez que se ha asustado tanto a los ciudadanos que estos son incapaces de reaccionar, para entregarlo a la iniciativa privada, que, por otra parte, está dirigida por una gran parte de los miembros del partido en el gobierno. Es decir, pensemos, siquiera por un instante, que los intereses que mueven al Gobierno no son los generales de la ciudadanía sino los particulares de una camarilla que pretende repartirse el pastel del Estado. Entonces si que los comportamientos antes citados serían racionales. La Iglesia es –y ha sido siempre- una fiel compañera de fatigas de los afanes de rapiña de la clase que hoy gobierna España; rebajar el sueldo a los funcionarios públicos o recortar en gastos sociales es la mejor manera de degradar los servicios básicos hasta que su única salida sea la privatización. Y mantener a capa y espada la credibilidad de Bankia y de sus directivos –todos ellos del PP- es la única manera de asegurarse, por un lado, el control de una gran masa de capital y, por otro, poseer un buen refugio donde esconder sus ingresos. De esta manera, aunque la lógica del discurso del Gobierno sea inexistente la coherencia de su comportamiento, y su racionalidad, resultan impecables. Impecables y suicidas.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Lógica y Coherencia (1)

 La racionalidad, en general, hace referencia a dos ámbitos distintos –aunque relacionados- del comportamiento humano. Primero al discurso racional, puesto que el ser humano es, por encima de cualquier otra consideración, un ser que posee lenguaje, y su determinación esencial, como bien sabía Aristóteles, es que es capaz de comunicarse con los demás de una forma, justamente, racional. Y en segundo lugar la racionalidad incide en la actuación en forma de actuación racional. Desde estas premisas es posible analizar, de forma muy breve, el comportamiento de los seres humanos que componen el Gobierno de España, y ver si, efectivamente, este comportamiento resulta tan ajeno a la racionalidad como aparenta.
 En cuanto al discurso racional –salvedad hecha de las contradicciones flagrantes como decir que no se va a dar dinero público a Bankia y luego afirmar que se le inyectará todo el que necesite para sanearse- resultan muy ilustrativas las últimas declaraciones hechas por el Ministro de Educación señor Wert. Afirmó el señor Ministro no hace mucho tiempo que las medidas tomadas en materia de Educación por el Gobierno –un eufemismo para no llamarlas por su nombre: “recortes”- deberían de haberse tomado cuando existía una situación de bonanza económica. Ahora bien, esa situación de bonanza económica, según el Ministro Wert y todos los miembros del PP, sólo se produjo en este país bajo los Gobiernos del señor Aznar, y fue la etapa socialista recientemente pasada la que arruinó el país. Puesto que la bonanza económica se produjo bajo los gobiernos del PP lo que vino a decir el señor Wert, aunque seguramente no era eso lo que quería decir, es que las medidas de ajuste en educación deberían de haberse tomado bajo el Gobierno del señor Aznar. De este modo, lo que está haciendo el señor Wert, del PP, es criticar la política educativa que el PP llevó a cabo hace ocho años. Con lo cual 1) o bien el señor Wert es un crítico acérrimo de la idea de educación que su partido –y él como Ministro- representa, 2) o bien la idea de educación del PP ha cambiado de forma radical en estos ocho años, de tal manera que lo que antes era considerado necesario, útil, adecuado y lo mejor para el país hoy ya no lo es, 3) o bien el PP no tiene una política educativa, 4) o bien el señor Wert no sabe lo que dice
 Este, empero, no sea quizás el atentado más grave contra la lógica que haya cometido el señor Ministro de Educación puesto que las opciones 1) y 2) arriba citadas son perfectamente asumibles –si no estuviéramos hablando, eso sí, de un partido tan poco democrático y tan poco dado a la autocrítica como el PP-. Hace un par de días afirmó que la huelga convocada en todos los sectores de la educación para protestar contra las medidas que su Ministerio ha tomado estaba basada en afirmaciones falsas. Si repasamos lo que dijo el señor Wert en el Congreso veremos que esas afirmaciones falsas en las que supuestamente se ampara el paro citado fueron exactamente las que salieron de su boca y para remacharlas aún más añadió algo así como que era consciente de que eran dolorosas pero no tenía más remedio que tomarlas (la cantinela que todo el Gobierno se ha aprendido de memoria y suelta en cuanto tiene ocasión), precisamente porque se debían de haber tomado en tiempos de bonanza económica. Con lo que el señor Wert se está llamando a sí mismo mentiroso o se está acusando a sí mismo de realizar afirmaciones falsas. La vieja paradoja del mentiroso reactualizada: “Soy del PP y los del PP siempre mienten”

martes, 22 de mayo de 2012

Aunque todos mientan...

 “Aunque todo el mundo mintiera seguiría siendo verdad que no se debe de mentir”. Esta fue una de las argumentaciones que expuso Kant para fundamentar su ética formal. No es de esperar que la derecha española, que se rige como todas por una moral utilitaria –más que utilitarista- se tomara demasiado al pie de la letra el razonamiento kantiano. Pero tampoco estaría de más que alguna vez dejaran de mentir, o de no decir la verdad que para el caso viene a ser lo mismo. Es cierto que es difícil dejar de lado una costumbre arraigada en el ideario colectivo de un grupo durante muchos años, y el uso de echar la culpa a otros, desviar la atención, declinar las responsabilidades o sencillamente faltar a la verdad es algo que los políticos del PP y sus seguidores mamaron desde pequeñitos, aprendiéndolo de sus mentores franquistas. Pero lega un momento en que cansa tanto insulto a la inteligencia.
 Y es que no es la primera vez –dejando de lado, que no olvidando, los años de la dictadura- que los dirigentes del PP mienten al pueblo y llevan al país al borde de la catástrofe. Y no me estoy refiriendo a que cumplan o no cumplan su programa electoral, porque cualquiera que tenga un mínimo sentido de la realidad debería de haber sabido en su momento lo que estos señores iban a hacer en cuanto llegaran al poder. Estoy hablando de la sorpresiva –para algunos- noticia de que el déficit de Madrid y Valencia estaba falseado y es mucho mayor del que en un principio se dijo. Yo lo siento, pero este caso no deja de recordarme a aquél otro en el cual el señor Acebes, entonces Ministro del Interior del gobierno del Señor Aznar se empeñaba en hacernos creer –él y sus medios afines- que los autores de los atentados del 11-M eran miembros de ETA, cuando todo el mundo sospechaba –y él seguramente sabía- que eran obra de fanáticos islámicos. Y aunque en este caso no haya 193 muertos por medio, si que hay un 23% por ciento de menores que viven en la pobreza, algo tan catastrófico como lo primero. Ahora, como entonces, sólo los muy ciegos pueden creer lo que dice el Gobierno. En un principio el déficit era culpa de gobierno socialista. Después tenía que ver con las Comunidades Autónomas, pero sólo las que no estaban gobernadas por el PP (léase Cataluña o Andalucía). Más tarde se nos dice que el mayor peso en el exceso de deuda recae en las comunidades populares, pero por ese entonces se confía en que ya se hayan olvidado las afirmaciones anteriores. Ahora resulta que la Comunidad de Madrid duplica el déficit anunciado, lo que se comunica un mes después de que el Gobierno tuviera noticia de ello y con nocturnidad y alevosía. Algo que la dirección del PP debía saber hace mucho tiempo, antes incluso de esas elecciones en las que se nos pedía optar a lo malo o a lo peor, con lo que uno llega a pensar que a lo mejor el señor Zapatero nos engañaba porque le estaban engañando previamente a él. Y como boche de oro  el señor Martínez Pujalte dice en el Congreso que esa desviación no es tan grave –cuatro mil millones más de recortes no son graves para este señor, este es el jaez de estos individuos- y que más que por malicia, es producto de la ignorancia. Bonita manera de arreglar las cosas. El que actúa por malicia al menos sabe que es lo que está bien y es consciente de que lo que hace no lo está. Pero el que se mueve por ignorancia está convencido de que lleva razón, de que las cosas son como él piensa y no está dispuesto a bajarse del burro. Como nos decía Kant al principio, aunque todos mientan seguirá siendo verdad que no se debe de mentir.

martes, 8 de mayo de 2012

La crisis "Pink Floyd"

 Hace tiempo que vengo pensando que no estamos sumidos en ninguna crisis del sistema económico. Primero porque ya no existe ningún sistema económico. Una estructura así entendida supone un intercambio, ya sea de productos, de mercancías por capital o directamente de capital. Ese intercambio no existe en el sistema actual, que se limita a constituir una pura acumulación de dinero, dinero que, al no circular –al no intercambiarse- no se convierte en capital. No hay capitalismo porque no hay generación de capital, así que el dinero a acumular tiene que salir de algún sitito, en este caso de los Estados y los servicios sociales
  En segundo lugar, cada vez estoy más convencido de que ni siquiera existe una crisis. Entiéndase bien: ese más del veinte por ciento de la población española que no tiene trabajo se encuentra sumida en un problema personal muy grave y en una crisis objetiva individual. Pero estas situaciones siempre se han dado y el sistema las ha asumido. Es más, las necesita para su desarrollo. La crisis del sistema, sin embargo, es un invento. Un invento que sirve para meter el miedo en el cuerpo de los ciudadanos y que acepten sin pestañear situaciones que de otra forma ni siquiera serían planteables. No hay más que ver esas noticias tan rimbombantes con las que de vez en cuando nos regalan los medios, noticias económicas como bajadas espectaculares de ciertos valores bursátiles, o las supuestas pérdidas millonarias de determinadas empresas, noticias que a un ciudadano normal ni le van ni le vienen, porque ni invierte en Bolsa ni es directivo de ninguna empresa, pero que tienen la capacidad de crear un estado de pánico en la población. No es que se esté aprovechando la crisis para tomar medidas antisociales como dicen algunos políticos con mayor o menor buena fe. Es que se ha inventado una crisis para tomar esas medidas antisociales. Y sólo así se explica que ninguna de ellas solucione nada. No porque sean inútiles –nadie toma una decisión inútil a sabiendas-. Son muy útiles para el propósito que persiguen, que no es el de acabar con una crisis que no existe. Las medidas, más que un medio para conseguir un fin –salir de la crisis- son un fin en si mismas, que se implementan gracias a un medio: la crisis. Un medio que ha sido creado para tener una excusa que justifique esas medidas. Una situación que se solucionaría con dos o tres iniciativas legislativas, es decir, políticas.
 A pesar de todo, el hecho de que no exista una crisis del sistema económico, no significa que no exista una crisis, y muy grave, de la democracia. En una democracia que simplemente funcionase un poco bien, el señor Rato estaría procesado por un montón de delitos financieros. Pero no sólo el señor Rato, sino también quien lo puso donde estaba. Y quien lo puso donde estaba no es otra que la señora Aguirre. La señora Aguirre que tomó una decisión política y que por lo tanto debería responder políticamente –asumir sus responsabilidades- en la situación ahora planteada. Lo curioso es que ninguno de los medios que se han hecho eco de la dimisión del hasta ahora Presidente de Bankia y de su situación financiera –situación que se va a solucionar, cómo no, con una inyección de dinero público, ese dinero que no existe para sostener hospitales y escuelas- haya caído en la cuenta de este hecho, Cosas de esta crisis –¿qué crisis?- que nos toca soportar.