La
religión –en general- se puede definir como la creencia en una entidad superior,
o en varias. En realidad las religiones
politeístas constituyen el origen del concepto de religión, mientras que la
monoteístas no son más que una evolución posterior, cuando a las creencias
religiosas se le añaden elementos ajenos a éstas, elementos que constituyen una
teología una ciencia de lo divino que solo tiene cabida en aquellas religiones
que consideran una sola divinidad, como el cristianismo o el Islam, mientras
que en las religiones politeístas el lugar que luego va a ocupar la teología
está constituido por las teogonías o los panteones de dioses. La segunda
característica que define a la religión es que esa creencia en una entidad
superior va a acompañada de la creencia en que, a través de determinados ritos
o ceremonias, esa entidad o entidades van a favorecer al creyente o a aquél que
practica los ritos indicados. De hecho, es por esto por lo que las religiones
son en su origen politeístas: existe una divinidad para cada uno de los
aspectos de la vida en los que los individuos pueden buscar el favor de los
dioses, como el ciclo de las cosechas, la caza, las actividades de la casa o el
tiempo atmosférico. Y es también por ello que aquellos pueblos que no realizan
estas actividades de forma cotidiana, por ser poblaciones nómadas, como los
judíos o los árabes, generan religiones monoteístas, donde la divinidad es una
divinidad guerrera que ha elegido a ese pueblo, y sólo a él. Es también esa
divinidad la que impone las leyes que deben seguir, leyes necesarias en tanto
en cuanto son poblaciones nómadas y, por lo mismo, no sujetas en principio a
las leyes de ningún Estado. Y es a partir de ella cuando estos pueblos,
posteriormente, desarrollan una compleja teología que justifique no sólo la
existencia de ese dios –algo que en las primitivas religiones estaba
justificado ya por la función que esta divinidad cumplía- sino también las
leyes impuestas y la elección de ese pueblo y no de otro.
Así entendida, la religión surge de
la magia –o más bien de su fracaso- o, como dice Frazer, la religión sería un
estadio superior al de la magia en el desarrollo de las culturas humanas. La
magia tiene como objetivo conseguir que la naturaleza favorezca –o al menos no perjudique-
al grupo social o que los fenómenos naturales obedezcan el mandato del mago,
del brujo o del chamán. La magia –ya sea la magia simpática, basada en el
principio de que “de lo semejante surge lo semejante” o la magia de
contigüidad, fundamentada en la idea de que dos objetos que hayan estado en
contacto siguen estándolo aunque se los separe- suele siempre dar resultado,
pues los efectos esperados por un ritual mágico, por ejemplo que llueva, tarde
o temprano se van a producir. Ahora bien, cuando estos no se producen, o cuando
el efecto se dilata demasiado en el tiempo, los individuos empiezan a
desconfiar de ella. Es así como surge la religión, como un intento de que esos
efectos se lleven a cabo, esta vez no por efecto de alguno de los dos
principios enumerados, sino por la intervención directa de la divinidad.
Mientras que la magia puede no surtir el efecto esperado, el ritual religioso
siempre conseguirá su propósito, pues es la intervención directa del dios lo
que lo asegura. Las leyes naturales no son inmutables y pueden ser cambiadas a
voluntad del ser supremo, y, por tanto, a voluntad de los creyentes que
influyen en él para que las cambie. En realidad, la magia y la ciencia se basan
en los mismos principios: la inmutabilidad
de unas leyes de la naturaleza, mientras que la religión se fundamenta en el
contrario: la mutabilidad de esas mismas leyes. Pero sobre eso hablaremos en el
próximo artículo.
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