jueves, 10 de mayo de 2018

Desinformación y Fake news



Cualquier individuo del siglo XII estaba más informado que cualquier individuo de la actualidad. Y me voy a explicar, porque esta afirmación en una supuesta era de la información puede parecer osada, cuando no directamente absurda. En el siglo XII, si alguien quería obtener sobre cualquier tema de los que por entonces se conocían –que eran, eso es cierto, bastante más reducidos que los de ahora- no tenía más que ir a la biblioteca del monasterio más cercano y obtener allí, entre los clásicos griegos y latinos, la información que reclamaba. Evidentemente eran pocos los que requerían una información que se escondía en las bibliotecas de los conventos y los que la buscaban tampoco tenían que andar mucho, en general, pues es su gran mayoría eran ya habitantes de esos conventos. Hoy en día, en cambio, la información está a la mano de cualquiera que sea capaz de tocar el botón de un mando a distancia de un televisor o de mover el ratón por una interfaz de internet. Hoy en día las noticias se mueven a la misma velocidad en que se producen –a veces incluso más rápido- y cualquiera puede obtener un conocimiento instantáneo que se encuentra a miles de kilómetros de distancia. ¿Por qué, entonces la afirmación con la que da comienzo este texto?
            Si bien es cierto que hoy la información está al alcance cualquiera que se interese por ella, también es cierto que, por una parte, esa información no es tal y, por otra, que cada vez son menos los cualquieras que se interesan por la información. En estos días se están llevando a cabo, tanto en el Congreso de los Diputados como en el Parlamento Europeo varias iniciativas que tienen como objetivo combatir las conocidas como Fake News, noticias falsas en cristiano, que han prosperado en la panacea de la información que es Internet y que tienen como objetivo, unas  veces, simplemente gastar un bromazo a algún ingenuo que se cree todo lo que le cuentan y otras, la más, crear un estado de desinformación que suponga el caldo de cultivo para sus propios intereses. Ante todo este ruido informativo a veces es difícil distinguir la realidad de la ficción. Es por ello que en el siglo XII los individuos que así lo querían estaban bastante mejor informados.
            El caso es que nuestros próceres se rompen la sesera intentando desmontar, o al menos controlar, todo este asunto de las Fake News Y la verdad es que, si giraran la vista hacia el siglo XII encontrarían una fácil solución. Como ya se ha dicho en el siglo XII solo unos pocos sujetos, aquellos que estaban más preparados, tenían un interés en acceder a una información que se guardaba bajo siete llaves en las bibliotecas de los monasterios. En la actualidad todo el mundo tiene interés en acceder a la información y ésta ya no está guardada bajo siete llaves, al menos bajo siete llaves físicas, pero la desinformación es cada día mayor. Quizás el problema tanga que ver precisamente con la preparación. A mi se me ocurre que las Fake News emitirían su canto del cisne cuando los gobiernos que se preocupan por combatirlas las dejaran de lado y dedicaran sus esfuerzos a educar a la población.
Lo que hace que una noticia falsa resulte creída -que no creíble- y se haga viral es que incide directamente sobre los prejuicios ideológicos de los sujetos, en una época en que los prejuicios ideológicos –y de todo tipo- han sustituido a la verdadera formación. Así, cualquier noticia, por increíble que sea, si encaja con los preconceptos de un grupo de sujetos va a ser inmediata creída y difundida a través de los medios digitales y las redes sociales, llegando a cada vez más gente que a su vez la acepta como complemento de su ideología. Para que me entiendan: si mañana un medio digital, el que sea, publicara que Cristina Cifuentes come niños para desayunar, por ejemplo, habría un montón de gente que se lo creería a pies juntillas, lo difundiría en Facebook y Twitter, tendría un montón de likes de otros descerebrados que pensaran como los primeros y, al final, habría una campaña de firmas en Change.org para que la susodicha señora Cifuentes fuera juzgada por caníbal e infanticida. La única forma de acabar con las noticias falsas, entonces, es abrir las mentes de los ciudadanos, educarlos, erradicar su cerrazón ideológica algo que, curiosamente, suele hacer la filosofía –aunque ahora esté tan denostada desde uno y otro polos del espectro ideológico-. Mientras tanto, hablar de opinión publica cuando ésta se fundamenta en la desinformación, o en la falta de información, es directamente un sinsentido. De hecho, yo tan solo tengo opinión de aquellos asuntos de los que tengo información rigurosa, que suelen ser todos los anteriores al siglo XIX. De la actualidad más rabiosa no opino nada, porque no se lo que pasa.

martes, 8 de mayo de 2018

¿Por qué no ser mejores?


Cuando se empieza a considerar que una mejora supone un problema ha llegado la hora de plantearse algunas cosas. Me estoy refiriendo en concreto a las reticencias de todo tipo que surgen frente al mejoramiento humano que suponen los nuevos avances biotecnológicos. Y es que si todos estamos de acuerdo que lo mejor es preferible frente a lo peor y en que –a pesar del dicho de que lo mejor es enemigo de lo bueno- lo mejor es preferible a lo simplemente bueno, o a lo que no es ni bueno ni malo: cuando parece que todo el mundo está de acuerdo en mejorar su vida, su familia, sus ingresos o su bienestar, entonces, cuando alguien se atreve a postular una mejora, no de un aspecto u otro de la vida humana en particular, sino de todo lo que significa la especie humana en general, es más, cuando estamos tan cerca de crear una nueva especie que supere a lo que llamamos “humanos” –que tan denostados, por otro lado, están en ciertos círculos biempensantes- todo cambia. Lo que parece lógico deja de serlo y un miedo atávico a no se sabe muy bien qué se apodera de todos y nos hace recular ante lo que, posiblemente, ni siquiera comprendemos.
            Cualquiera que mire a su alrededor se puede dar cuenta de que la especie humana está entrando en una nueva fase evolutiva o, más bien, en una nueva fase involutiva. Ante esta situación el rechazo visceral frente a ciertos avances que pueden detener esta involución y redirigirla en una dirección totalmente distinta, que suponga una nueva definición de humano –en realidad lo que siempre, desde los griegos se ha entendido por “humano”, es decir, “animal racional”- solo puede ser entendido desde dos grandes grupos de argumentos que, en realidad, son uno solo.
            Por un lado, argumentos cristianos que se reducen todos a la idea de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Efectivamente si todo está bien, si ya estamos en lo mejor, cualquier intento de mejora no será sino un empeoramiento. El ser humano ha sido diseñado por Dios de la mejor manera posible, y por lo tanto no tiene sentido pretender cambiarlo. Es más, pretender cambiarlo es un atentado contra las leyes divinas, es jugar a ser dioses y eso, tarde o temprano, será objeto del castigo divino. Si usted, por ejemplo, no quiere morirse, es usted un soberbio y será juzgado en el final de los tiempos, que llegará igual que su muerte. Pues aunque haya sido creado libre y sea dueño de su destino, no puede evitar su destino final que es la muerte. Estamos condenados desde el momento en que nacemos y solo podemos resignarnos ante lo inevitable.
            Ahora bien, alguien podría decir –y aquí nos encontramos ante el segundo gran grupo de argumentos- que la muerte no es una cuestión teológica, sino biológica y que si nos tenemos que morir no es porque Dios lo quiera, sino porque nuestra biología así lo dicta. La falacia de este argumento, empero, es evidente: si la muerte es una cuestión biológica y existen avances científicos que pueden, a un nivel puramente biológico, si no evitar la muerte al menos si alargar la vida todo lo posible, no se ve, desde el ámbito de la biología, por qué no habría de hacerse. Si se admite –es más, se exige- que los avances médicos curen las enfermedades o detengan el cáncer, ¿Por qué no ha de admitirse también que eviten la muerte? ¿Por qué es admisible morir de viejo y no morir de un catarro o una infección si ambas muertes pudieran ser evitables? Porque la naturaleza, y aquí la respuesta se vuelve, de nuevo, teológica, es sabia. Y no debemos forzarla si no queremos que se vuelva contra nosotros. Hay que dejarla actuar y seguir su camino, quedar a merced de ella. Deus sive natura, dijo Spinoza. Y no sabía la razón que tenía.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Vieja Patria


A mí la patria me huele a naftalina,
a sangre de toros y toreros y a mierda de caballo,
me huele a blanco y negro y a brasero,
me huele a patatas hervidas y a tocino rancio,
a danzas olvidadas y a canciones imposibles.
A mi la patria me huele a lo de siempre,
me huele a lo evidente,
pero yo no tengo la culpa de que los patriotas no se modernicen.
No tengo la culpa de que la patria sea una antigualla
que solo existe en mentes carcomidas
por el polvo de los siglos y de las hazañas.
A mí la patria no me sabe a nada
por eso prefiero apartarla y comerme la vida,
la patria la dejo para los que están a dieta
de libertad y de sabiduría.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Palabras


Se habla tanto que de tanto hablar
ya nada de lo que se dice tiene sentido.
Palabras que brotan de las bocas
como torrentes de agua desbocada
que ahogan los pensamientos y anegan la semántica.
Sintaxis bastardas
de letras reducidas a la nada,
bocas que no conocen el silencio
y muestran filas de dientes prestos a morder.
Sonidos que ensordecen
a unos oídos sordos de antemano
y rebotan en los cráneos
vacíos como pulidas cajas de resonancia.
Palabras que vuelven y regresan,
palabras que ya aburren,
que hastían, que revuelven el estómago.
Palabras repetidas tantas veces
que las lenguas han tomado ya su forma.
Palabras que no callan
por más que calle el aire que las lleva.

martes, 14 de noviembre de 2017

Muertos vivientes


Solo veo cadáveres
encantados de haberse conocido.
Cadáveres encantados de ser cadáveres
que ven a otros cadáveres
en las tertulias políticas de la televisión.
Cadáveres pegados a una pantalla
como las moscas se pegan a la luz
y gritan con sus voces de cadáveres.
Cadáveres que ocupan su espacio cadavérico
decorado con muebles de diseño sueco
que se miran a través de las ventanas
y las cierran
para no reconocer sus propios epitafios.
Cadáveres que engendran cadáveres futuros
a los que cadáveres presentes
enseñarán a ser cadáveres de bien,
responsables cadáveres
orgullosos de su patria de ultratumba.
Cadáveres que ven pasar la vida
por delante de sus miradas muertas,
que giran la cabeza, despreciándola,
y le muestran su descarnada espalda.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Sexos

Los sexos no son sexos.
Son grafitis en un muro
o sellos en un papel oficial.
Sexos firmados y timbrados
húmedos de pintura roja.
Sexos que limitan con otros sexos,
sexos fronterizos
que se funden y se confunden.
Sexos convertidos en sintagmas,
adornos de una noticia del periódico.
Sexos desarticulados
como artículos de una normativa.
Sexos fríos como la teoría que los despoja de su esencia.
Sexos que olvidan el placer
y se refugian en la palabrería.
Sexos que ahuyentan su propia geografía
y se transforman en identidades.
Sexos que han dejado de ser sexos:
son ideas abstractas y objetivas.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Rostros

Los rostros
se reflejan en los espejos del asfalto.
Miradas perdidas.
Pasos perdidos.
Vidas perdidas.
Todo lo opinable ha sido ya opinado
y no hace que nos sintamos mejor.
El conocimiento de los que somos
sigue oculto bajo el velo mugriento de las ideas.
El ruido fácil e ignorante
golpea los cerebros hasta tornarlos cáscaras vacías.
Las palabras dejan de tener sentido
cuando solo hay palabras.