lunes, 25 de noviembre de 2013

Conocimiento / 1

 A diferencia de otros asuntos de los que se ocupa la filosofía, el conocimiento en sí mismo no es problemático. Es decir, el conocimiento existe, los seres humanos efectivamente conocemos  el entorno que nos rodea, más o menos profundamente, y las especulaciones del viejo escepticismo griego acerca de la validez de nuestro conocimiento fueron sustituidas por las investigaciones kantianas, que parten de la premias de que es posible hablar de un conocimiento válido, y en último término, los descubrimientos de la psicología y la neurociencia que nos muestran sin que quede lugar a dudas cuáles son los instrumentos mentales y cuáles las zonas cerebrales que los sujetos utilizan para conocer.
 Ahora bien, que el conocimiento no sea problemático en si mismo no significa que no se pueda problematizar. Si entendemos éste como una relación –privilegiada o no, fundamentadora o no: de momento no entraremos en este problema- del sujeto con la realidad, el problema del conocimiento se planteará con respecto a la realidad que se considere en cada caso y a la relación del individuo con ella.. Es decir, el problema del conocimiento se traduce en el problema de la objetividad del conocimiento. Esta cuestión de la objetividad del conocimiento tiene, por decirlo así, dos vertientes. En primer lugar determinar si existe algo así como una realidad objetiva, en principio, el fundamento de que exista un conocimiento objetivo –si queremos huir del idealismo-. Y, en segundo lugar, la cuestión de si es posible conocer objetivamente esa realidad objetiva. Cuando nos referimos al conocimiento científico parece que la primera dificultad se da por superada. En efecto, la ciencia considera como fuera de toda duda –y de todo debate- la existencia de una realidad dada, objetiva e independiente del sujeto, compuesta por los hechos de la naturaleza. El planteamiento entonces –no tanto de la ciencia experimental o teórica sino más bien de la Filosofía de la Ciencia- es determinar si es posible un conocimiento objetivo de esa realidad, es decir, si “los hechos están cargados de teoría” o no: si el científico simplemente conoce el fenómeno que investiga o, más bien, lo interpreta a través de unas teorías y unos juicios previos. Evidentemente, la única manera de afirmar que la realidad investigada por la ciencia es objetiva es la primera. En la segunda, la interpretación del hecho a partir de las ideas preconcebidas del investigador supondría en la práctica la fundamentación de la realidad de éste. Considérense si no entidades como el flogisto o el calórico, que se supusieron reales durante mucho tiempo porque servían para explicar –o interpretar- los fenómenos relacionados con la combustión de los gases y la transmisión del calor. Cualquier químico del siglo XVIII hubiera afirmado sin ninguna duda –y de hecho así lo hacían- que los fenómenos relacionados con y explicados por el flogisto se daban en la realidad, constituían una realidad objetiva que ellos se dedicaban únicamente a investigar y exponer, y no un constructo mental sin correlato mental que, a la larga, resultó ser falso. 
 Aun así, y en términos generales, es posible afirmar que el conocimiento científico hace referencia a una realidad objetiva. A unos hechos que ocurren de forma positiva en la Naturaleza y que la ciencia tan sólo trata de conocer y explicar. Si no admitimos esto –o, al menos esto- habríamos de hablar de magia, más que de ciencia y el mundo moderno –que se fundamenta en el desarrollo de ésta- resultaría inexplicable. Esta realidad objetiva que constituye el campo de estudio del conocimiento científico resulta más problemática cuando nos movemos en el ámbito del conocimiento filosófico, histórico o social. De este tipo de conocimiento y de la realidad que le es inherente nos ocuparemos en el próximo artículo.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Realidad

 Para empezar he de aclarar que en este artículo no voy a decir qué es la realidad. Más bien me limitaré a exponer qué no es o, más exactamente, a poner en duda aquello que un mal llamado “sentido común” nos dice acerca de la realidad. Y es que si hay una idea contraintuitiva en el campo del pensamiento ésa es precisamente la “realidad”. Y no sólo, como quizás se podría pensar, en el campo del pensamiento filosófico, sino también en el científico. Así, un neurobiólogo me diría que esta mesa que tengo delante no es realmente una mesa, sino tan sólo un conjunto de estímulos  que provocan reacciones electroquímicas en mi cerebro  a las que éste da el nombre de “mesa”. De la misma manera un físico me explicaría que la solidez de la mesa que yo capto en realidad no es tal, puesto que la materia que yo veo real no es más que un conjunto de partículas subatómicas en constante movimiento.
 Lo primero con lo que suele confundir la realidad es con la verdad. Así, se tiende a pensar que aquello que es real es ya inmediatamente verdadero, y que todo lo verdadero es real. Sin embargo, si profundizamos un poco, no tardaremos en caer en la cuenta  de que la idea de verdad va más allá de una simple identificación con la realidad  En efecto, ya desde pequeños se nos ha enseñado que decir la verdad está bien y mentir, en cambio, está mal. Perece pues, que el concepto de verdad incluye un contenido moral. De esta forma, si afirmamos que algo es real porque es verdadero, o que es verdadero porque es real, parece que, de alguna forma, estaríamos afirmando que ese algo, que es real y verdadero, también es bueno. Así que si un asesinato, por ejemplo, es real, y por lo tanto es verdad que ha ocurrido, parece que implícitamente habría que admitir que, puesto que es verdadero, es bueno. Y como lo bueno es a su vez deseable estaríamos afirmando que es deseable que se cometan asesinatos, lo cual no parece muy acorde con el sentido común. Habría que admitir, entonces, que es posible que existan realidades falsas.
            En segundo lugar, tiende a considerarse como real aquello que captamos por medio de los sentidos. Si podemos ver, tocar u oler un objeto es porque ese objeto está ahí delante de nosotros y, por tanto, es real. Ya hemos dicho más arriba lo que la ciencia –la psicología, la neurobiología o la física- opina de esta afirmación. Descartes ya puso en duda la validez del testimonio de nuestros sentidos. Pero incluso el empirismo moderno, con Hume a la cabeza, propuso que la realidad que nosotros creemos conocer no es la que captan nuestros sentidos, sino la que se representa en las ideas que nuestra imaginación se forma a partir de la experiencia de aquéllos. Cuentan que Ortega y Gasset, en las conferencias que en las tardes madrileñas ofrecía a las señoras de alto copete de la burguesía capitalina, mientras mostraba media manzana oculta en la palma de su mano preguntaba al auditorio que era lo que aquél veía; ante la multitudinaria respuesta :”una manzana D. José” este abría su mano y mostraba la media manzana.
 En tercer lugar, y en términos muy generales, se podría decir que la realidad es todo lo que existe. Y esta definición podría ser más o menos adecuada si nos atenemos a lo que es exclusivamente la existencia y no vamos más allá, es decir, no hacemos extrapolaciones de nuestros pensamientos a una supuesta realidad extramental. Sí yo tengo la idea de un elefante rosa en biquini –algo que, por cierto, hace mucha gracia a mis alumnos- lo que existe –y por tanto es real- es la idea de semejante ser, y no el elefante en la realidad. De la misma manera, si alguien tiene la idea de una república ideal, de que su pareja le engaña o de la solución a la crisis económica, ha de ser consciente de que lo que existe, lo real, es esa idea, y no los objetos de los que es representación. Si esto no se tiene claro se acaba en el dogmatismo, cuando no en la locura de confundir la realidad con nuestras ideas acerca de la realidad.
 ¿Qué es entonces la realidad?. En principio, creo que lo único que se podría decir es que la realidad la construye cada sujeto –sea este sujeto un individuo o una sociedad- en su relación cotidiana con aquello que no es él. La realidad es, así, una construcción humana y, precisamente por ello, hay que desconfiar siempre de ella. El ser humano necesita una realidad, una realidad que le resulte cómoda y a la que poder aferrarse. Por eso huye de la realidad que le obliga a pensar una y otra vez sobre ella y se refugia en otras realidades construidas a su medida, realidades que ponen a su alcance todo cuanto se puede esperar de una realidad que lo acoja y no se le enfrente. Por eso, hoy en día, la mejor metáfora de la realidad- incluso algo más que una simple metáfora- es un centro comercial.

martes, 19 de noviembre de 2013

Filosofía

 Todos los que de una u otra manera han pertenecido al gremio de los llamados “filósofos” a lo largo de la historia, han intentado ofrecer una, si no definición, si al menos determinación de su objeto de estudio o, lo que es lo mismo, de la Filosofía. Y aunque –como, por otra parte, podría parecer lógico- todos y cada uno de ellos han caracterizado a la filosofía de manera distinta, no es menos cierto que todas estas múltiples determinaciones comparten un elemento común: la filosofía es una relación, más o menos privilegiada, del sujeto con el entorno que le rodea o, en otras palabras, la filosofía es un intento de dilucidar qué cosa pueda ser la realidad, cuáles son sus componentes y cuál su interacción con los individuos.
 De esta manera la filosofía nace en la Grecia clásica como una necesidad de explicación de los fenómenos naturales (para los primeros filósofos griegos la realidad es fundamentalmente Physis, naturaleza), una explicación que sustituya al relato mítico que resulta insuficiente ante las nuevas exigencias de comprensión de un sociedad que económicamente está cambiando hacia un sistema comercial. Filosofía, pues, como conocimiento de la realidad y, en este sentido, como madre de todas las ciencias.
 Cuando en el siglo XVII la Filosofía Moderna, de la mano de Descartes, descubre que entre el sujeto y la realidad existe una brecha gnoseológicamente insalvable, que lo que el sujeto conoce no es la realidad en sí misma –tal y como consideraban los griegos- sino la ideas que tiene en su mente acerca de esa realidad –ya sean esas ideas producidas por la propia razón, puestas por Dios, formadas a partir de las impresiones de los sentidos o el resultado de una síntesis trascendental-, que no conocemos la realidad tal y como es, que ni siquiera podemos asegurar –tan sólo postular en el mejor de los casos- la existencia de dicha realidad –podemos dudar de ella-  y que, por tanto eso que llamamos realidad no es más que una construcción del sujeto, de sus ideas innatas, de su imaginación, de sus condiciones trascendentales o de su Razón, la filosofía cobra un nuevo impulso, toma un nuevo camino y, en este nuevo camino, determina su significación.
 Hoy en día la filosofía se entiende como una reflexión crítica acerca de esa realidad que no es tan objetiva como pudiera parecer. Reflexión que es necesaria desde el momento en que sabemos que no sabemos qué es la realidad y sólo conocemos de ella aquello que depende de las condiciones del sujeto humano. La Filosofía saca a la luz ese engaño de la realidad, o más bien, desde el momento en que nuestra realidad ya no es natural sino social, de aquellos que construyen la realidad y la hacen pasar por absoluta, sagrada y estática –ya que no estética-. La lechuza de Minerva despliega sus alas al anochecer y nos descubre aquello que permanece oculto detrás de una realidad quizás no tan real. Pero si el sujeto, los individuos o los ciudadanos están presos de la realidad, están sometidos a ella como el marco necesario en el cual se desarrollan como tales sujetos, individuos o ciudadanos, la filosofía tiene entonces como objetivo emanciparlos, liberarlos de la cárcel de “lo real”. Por eso la Filosofía es hoy más necesaria que nunca. Y lo seguirá siendo mientras no alcance sus metas.

viernes, 20 de septiembre de 2013

En el país de las hadas (Apuntes sobre una Cataluña independiente)

Vivir en el limbo de los justos tiene la ventaja de que ninguna crítica puede alcanzar al que en esa dimensión se sitúa, pues su alejamiento de la realidad es tal que responderá a cualquier comentario desfavorable acusando a quien lo enuncie de hacerlo, precisamente, desde la realidad. Es por ello que no me propongo desarrollar una argumentación elaborada contra lo que me parece, no ya un despropósito, sino una estafa al pueblo catalán y al español –algo, que, por otro lado, ya he realizado en otro lugar- sino tan solo dar algunos apuntes a vuela pluma de la “realidad” del caso catalán.
1.- CIU[1] es un partido de derechas, con lo cual no se explica el interés de la izquierda, no ya sólo catalana sino nacional, por seguirle el juego. O estamos ante una izquierda que todavía se sitúa en los parámetros del pensamiento anticolonial de los años 60 y 70 del siglo XX –y mucho de eso hay- o estamos ante una izquierda estúpida que equivoca el camino para desgastar al gobierno y en vez de hacerlo desde donde todo el mundo le apoyaría, desde la política económica, lo hace desde el caso catalán. Muchos votantes del PP estarían dispuestos a retirarle su voto con respecto a lo primero, pero, con un fuerte sentimiento de nacionalismo español en la mayoría de ellos, muy pocos con respecto a lo segundo. Así que andar ahora hablando de una reforma constitucional de corte federal o defendiendo un etéreo “derecho a decidir” no es más que tirar con una mano lo que se coge con la otra.
2.- Cataluña es la comunidad más endeudada y con más recortes sociales de España, situación que se agravaría con una posible independencia, con el territorio fuera de la UE y del euro y, por tanto, de los mercados internacionales. Esto son datos, por mucho que el señor Mas diga que no van a salir de la UE, por mucho que la izquierda desnortada afirme que es mejor estar fuera del euro y por mucho que la señora Aguirre opine que el caso catalán no se puede tratar desde la economía. Precisamente que ella opine eso es la mejor muestra que esa es la postura correcta de entenderlo
3.- El nacionalismo en el siglo XXI es un anacronismo que oculta otros intereses, sobre todo económicos. Lo que quiere el señor Mas es tapar el fracaso de su gestión de gobierno avivando el sentimiento nacionalista catalán. Esto es tan evidente que no entiendo como puede haber todavía nadie que lo niegue, a no ser que esté ideológicamente narcotizado. Lo que viene a querer decir que en realidad el caso catalán no existe: no es más que un invento, un bluff, una cortina de humo para mantener a la gente mirando el dedo y no la luna. Si a una población se la machaca intelectualmente día tras día, si se le promete vivir en el país de las hadas donde se atan los perros con longanizas, al final acaba firmando, pidiendo o votando lo que sea.
4.- Acudir a los argumentos históricos es muy peligroso, porque siempre en la Historia se podrá encontrar un contraargumento más o menos adecuado.  Si los “paisos catalans” existen desde el siglo XIII, entonces Granada debería ser un Estado independiente, por ejemplo. La Historia es historia y no se puede usar para justificar la política del presente.
7.- El derecho a decidir se da por supuesto. Es algo intrínseco al ser humano, que sólo lo es en tanto en cuanto tiene la capacidad de decidir o de elegir por sí mismo. Así que argumentar que los catalanes tiene derecho a decidir es lo mismo que argumentar que tienen derecho a vivir: por supuesto que lo tienen, igual que el resto de los ciudadanos del Estado.  Ahora bien, eso no quiere decir que toda decisión sea buena o que se deba permitir tomar cualquier decisión. Precisamente para eso está el pensamiento racional y, cuando este falla –como en este caso-, las leyes. Porque aquél que mata a otro también decide matar y no por ello hay que permitírselo. Vamos, digo yo.




[1]  Que a nadie se le olvide que quién empezó todo este asunto fue precisamente CIU, es decir, Artur Mas. Esquerra tan solo se subió al carro, como de costumbre: oyó campanas y no supo dónde. Aunque ahora esté obteniendo beneficios, al final, cuando todo acabe, con una negociaicón entre el señor Mas y el señor Rajoy en la cual el primero obtendrá lo que siempre ha buscado: más dinero, aparecerán como los malos de la película y CIU, como siempre, como los buenos que supieron salvar la estabilidad y gobernabilidad del Estado

lunes, 19 de agosto de 2013

Nacionalismo y absurdo

 En el panorama político y social de este país existen una serie de asuntos recurrentes que, de vez en cuando, vuelven a la palestra mediática y pública, para regocijo de unos y pasmo de otros. Uno de esos temas –junto al aborto o el terrorismo de ETA, por ejemplo- es el de Gibraltar –así, sustantivado, dotado de esencia propia-. Cualquiera que tenga dos dedos de frente y, sobre todo, no esté cegado por los mitos nacionalistas, que en el fondo no son sino una transfiguración simbólica de intereses económicos, se dará cuenta de que  el contencioso que el actual gobierno mantiene, una vez más, con la colonia británica, no es más que un intento, bastante torpe por otra parte, de desviar la atención de los problemas que le acucian –que son muchos y muy variados-, intentando agitar un sentimiento nacionalista en las capas más ignorantes y ultramontanas de la población, lo cual le permite ganar ante estas masas el prestigio y sobre todo la legitimidad que ha perdido en su acción política. Es la forma prototípica de actuar de las dictaduras totalitarias. Lo más curioso del caso es que, de momento, al único al que está beneficiando este embrollo es al gobierno británico, al que tampoco le iban demasiado bien las cosas y que ha aprovechado la inepcia de los gobernantes españoles para crear su propia ola de nacionalismo fanático –de esto los ingleses también saben mucho- con despedida multitudinaria y patriótica de los barcos de la Armada de Su majestad que partían hacia el Estrecho, cual de si un nuevo Trafalgar se tratara.

 Y es que los excesos nacionalistas acaban conduciendo a situaciones totalmente carentes de sentido, como el que se haya plantado en algunos foros la oportunidad de crear un equipo de juristas internacionales que examinen la validez de las cláusulas del tratado de Utrecht –en el mismo sentido se podría intentar solucionar el problema de Oriente Medio examinando la validez jurídica del relato bíblico de Moisés-. Con ser éste uno de los más llamativos de los absurdos a los que conduce está situación, no es, sin embargo, el único, y así hemos podido escuchar al ministro de Asuntos Exteriores amenazar con aliarse con Argentina frente al Reino Unido en la ONU, esa misma Argentina a la que hace unos meses el mismo ministro acusaba de querer provocar un conflicto internacional por expropiar la filial de Repsol, YPF. O en la misma línea, proponer una reunión cuatripartita entre España, Gran Bretaña, Gibraltar y ¡Andalucía!, que uno piensa, que, ya puestos, por qué no Mondoñedo, -los ingleses que, si no más listos si que son más serios saben que se trata de un asunto entre estados soberanos, cosa que no son ni Gibraltar ni Andalucía-. Y de la misma forma vemos y oímos a los amigos de ERC solidarizándose con el pobre pueblo gibraltareño –el mismo que vive del blanqueo de capitales y el contrabando- frente a la extorsión y la agresión españolas, olvidando que el pueblo gibraltareño es una colonia del Reino nido, y que es el imperialismo británico  -o sus restos- lo que está en juego. Y que, de momento, los únicos que anulan las ansias de libertad y de independencia de los gibraltareños –si es que existen- son los británicos. El sueño del nacionalismo –y el olvido de la razón- produce monstruos deformes e irreconocibles. Y así como el nacionalismo franquista utilizaba los grupos de coros y danzas regionales y los trajes típicos de cada territorio para ensalzar la variedad y al mismo tiempo la unidad (la unión de destino en lo Universal) de España, ahora los distintos nacionalismos periféricos utilizan los mismos grupos de coros y danzas regionales y los mismos trajes típicos para resaltar su identidad nacional. Cosas veredes.

martes, 21 de mayo de 2013

Rezar o pensar I: La religión como ciencia


 Un nuevo argumento se ha añadido al ideario de la curia católica española para justificar la inclusión de la religión en el currículo escolar. La idea de que la religión es un saber científico que, por lo tanto, debe ocupar un lugar en los contenidos a enseñar, al mismo nivel que el resto de los saberes científicos. Esto es nuevo. Tradicionalmente lo que ha hecho el cristianismo ha sido precisamente lo contrario: intentar desligar la ciencia de la religión. Es lo que hizo, quizás con mayor éxito que ningún otro, Guillermo de Ockham, que, aunque diera el pie forzado al desarrollo científico de la Modernidad al separar tajantemente la razón de la fe, la ciencia de la religión, su objetivo era más bien despejar el campo de la religión de las interferencias de la razón. Se podrá decir que Ockham, al fin y al cabo, es el predecesor más inmediato de Lutero (el de la “ramera razón”) y que el catolicismo –a partir de la Contrarreforma tridentina- no ha seguido sus pasos. Se podrá decir, es cierto, si no se tiene en cuenta que Ockham era un fraile franciscano que seguía las doctrinas de San Agustín a este respecto. Y San Agustín si que es un santo católico.
 Aún así, supongamos que la religión es, efectivamente, un saber científico –pasando por encima de Popper que ya dijo que la religión no puede ser una ciencia porque no se puede falsar-. En este caso debería de poder utilizar alguno de los dos instrumentos que utilizan el resto de los saberes científicos para llegar a establecer sus conclusiones: o bien la inducción, o bien la deducción. La inducción, utilizada por la ciencia empírica –como la física o la biología- se fundamenta en la observación de los hechos de la realidad. Parece ser que los hechos que estudia la religión, y sobre todo su fundamentación: la existencia de Dios, son difícilmente observables, con lo cual habría que descartar a la inducción como la base de las teorías científicas que pueda ofrecernos la religión. Pasemos a la deducción, la herramienta usada por las ciencias formales como la matemática o la lógica. La deducción siempre parte de una o varias premisas o verdades evidentes a la razón. Aquí la religión si que podría reivindicarse y decir que el discurso religioso parte de una verdad evidente a la razón: la existencia de Dios. Bien, si la existencia de Dios fuera evidente, no se podría negar. Y el caso es que yo puedo negar la existencia de Dios –sin embargo, no puedo negar la existencia de Rouco Varela, por ejemplo, porque le veo-. Se podría contraargumentar, con Tomás de Aquino, que la afirmación de la existencia de Dios es evidente en si misma, puesto que el predicado “existencia” está incluido en la esencia del sujeto “Dios”. Si esto fuera así, el enunciado “Dios no existe” tendría el mismo sentido que el enunciado “el círculo es cuadrado”, puesto que en las dos el predicado no constituiría la esencia del sujeto, de la divinidad en un caso y de la circularidad en otro. Empero, el enunciado “Dios no existe” no es un enunciado absurdo y puede ser comprendido por cualquiera que lo escuche, cosa que no ocurre con el enunciado”el circulo es cuadrado” que constituye en si mismo un absurdo que no tiene significado.
 En fin, parece que la supuesta cientificidad de la religión no resiste la prueba: no extrae sus supuestas verdades ni de la inducción ni de la deducción y, por lo tanto, constituye un discurso ajeno a la razón científica. No se fundamenta en ésta y de esta forma no ofrece unos saberes objetivos, que puedan enseñados en tanto en cuanto pueden ser comprobados y comprendidos, sino que se fundamenta en la fe, se refiere al ámbito de lo privado y lo subjetivo, de lo que no puede ser comprobado ni comprendido -pues la experiencia de la fe se siente, no se comprende, y cada creyente la siente a su modo: es inefable y por lo tanto intransferible-. Las verdades de la fe, por lo tanto, no se pueden enseñar: se aceptan o no se aceptan, se cree en ellas o no se cree en ellas, pero no pueden ser objetivadas. En estas tesituras lo único que puede enseñar la religión como materia escolar es la doctrina católica, es decir, que su papel se vería reducido a adoctrinar. No enseña a pensar, sino a rezar.  Así que si el gobierno quiere acabar con el adoctrinamiento en la escuela la primera materia que tiene que eliminar es la religión. Quod erat demostrandum

viernes, 26 de abril de 2013

Con su permiso


 Con su permiso, quisiera expresar mi opinión sobre unos cuantos asuntos que últimamente están en el candelero mediático. Y que parecen ser a los que ha quedado reducido no sólo el debate entre la derecha y la izquierda, o entre el liberalismo y el socialismo o –porque a final en la estrecha y maniquea, y cristiana, mente de la mayoría de la población todo se reduce a esto- entre los buenos y los malos. O también a lo que en el ideario de la autoproclamada izquierda, ha quedado reducida la lucha de clases. Estos asuntos tienen como protagonista fundamental a la Junta de Andalucía, o más bien a la izquierda andaluza. Y quisiera aclararlos, aunque resulte aburrido, al menos para mí, porque parece ser que hoy en día, si eres de izquierda, tienes que comulgar con las ruedas de molino que suponen las medidas anunciadas por los “socialistas” y los “comunistas” andaluces y, si no lo haces, entonces eres un “facha” neoliberal –aunque quien así te espete sea un votante del PP-.. Así, que, o bien eres de los malos que siguen las consignas de los medios de la derecha, o bien eres de los buenos que siguen las consignas de los medios de la supuesta izquierda: o te alineas con “El Gato al Agua” o te alineas con “Más vale Tarde” o “Te vas a enterar”. Y el caso es que los dos modelos son el mismo y tienen los mismos objetivos: exportar demagogia y anular el pensamiento libre y crítico.
 Pero me estoy saliendo del asunto. Me quiero referir, una vez más, a la supuesta expropiación de pisos vacíos que va a realizar la Junta de Andalucía y a su nuevo anuncio de dar tres comidas al día a los niños más desfavorecidos de la región. La primera ya la comenté hace poco y expliqué porqué no era de izquierda. Me voy a extender un poco más en analizar la justificación que se ofrece para defenderla, justificación que, a lo que parece, si que la encuadraría dentro del pensamiento de izquierda y que tiene que ver con el “interés social” de la vivienda. Para empezar, si la sociedad es algo son las relaciones que se establecen entre sus miembros. Efectivamente, los individuos no pueden ser considerados como entes aislados –que es lo que hace el liberalismo radical- ni se puede considerar a la sociedad como un hipostatización que trasciende a los propios individuos –que es lo que haría el totalitarismo-. Es en estas relaciones donde hay que enmarcar el proclamado “interés social”. Al ser la sociedad las relaciones sociales, el interés social tiene que hacer referencia a ellas. El hecho de tener o no una vivienda no supone una relación, a no ser la que se da entre el comprador y el vendedor, o entre el fabricante y el ocupante, que es precisamente la que se está poniendo en duda. Los bienes, en sí mismos, no tienen interés social, porque la relación social que implican no se establece en ellos, sino en su proceso de producción, es decir, en el trabajo necesario para realizarlos. Por eso en el sistema capitalista el producto terminado se convierte en mercancía, en un fetiche, porque se olvida la relación social que ha supuesto su producción y se le considera algo absoluto en sí mismo: se le cosifica. Esto es marxismo de manual. De esta manera, el interés social no estaría en las viviendas, sino en el proceso necesario para fabricarlas, y eso es lo que habría que nacionalizar o expropiar: los medios de producción de las viviendas, porque es en ellos donde está el “interés social”. Como ya se ha dicho tantas otras veces, una empresa cumple una función social y un empresario tienen un papel social, más allá de la obtención de beneficios.
 Por otro lado el hecho de repartir tres comidas al día a los escolares más desfavorecidos está muy bien, es una manera de ayudar a los que peor lo pasan –aunque tengo mis dudas de que Kant lo considerara moral- pero no es la función de un gobierno, ni es una medida de izquierdas. No es la función de un gobierno porque es lo mismo que puede hacer Cáritas o cualquier ONG y la función del gobierno sería precisamente evitar que hubiera que repartir esas comidas, haciendo políticas sociales que impidieran que los ciudadanos llegaran a esa situación, que en el caso que nos ocupa tienen que ver con la creación de empleo o, al menos, con evitar que este se destruya. Y no es una medida de izquierdas por lo anterior: dar de comer al hambriento puede ser filantropía, o caridad cristiana, pero no socialismo. El socialismo consiste precisamente en evitar que se den las condiciones que lleven a tener que dar de comer al hambriento, es decir, en evitar que haya hambrientos. La medida tomada por la Junta de Andalucía, así, es una medida cristiana, pero no marxista ni socialista. Y el marxismo y el cristianismo no tienen nada que ver.