El
problema del mal, como cuestión metafísica, hace tiempo que ha dejado de tener
sentido dentro de la reflexión contemporánea, siendo sustituido por la
consideración de la barbarie, como ya dijimos en otro lugar. Aún así, el
tratamiento que se dio a este problema puede resultar útil para analizar
algunas cuestiones políticas actuales.
El mal
como problema metafísico y moral –y no como entidad, como la existencia de un
principio del mal en contraposición a un principio del bien, es decir la
existencia de un diablo, de un Satanás- tiene sus orígenes en el pensamiento
socrático-platónico. En efecto, Sócrates considera que todos los seres humanos
están en posesión del conocimiento del bien, del tal manera que aquél que hace
el mal lo hace por ignorancia: porque no ha investigado en su interior y no ha
alcanzado el conocimiento del bien que ya posee o, lo que es lo mismo, no ha
seguido la recomendación del Oráculo de “conócete a ti mismo”. Siguiendo a
Sócrates, Platón va a considerar el bien como la cúspide de las Ideas que
conforman el mundo inteligible. El mal, como imperfección que es, no puede
formar parte de ese mundo y, en tanto en cuanto son las Ideas o Formas las que
constituyen la auténtica realidad, el mal no sería real. Desde el momento en
que las cosas obtienen su realidad de la mayor o menor participación de las
Ideas, el mal no sería sino una no-participación de la idea de Bien o, lo que
es lo mismo, el mal no sería sino ausencia de bien.
Estas
son las ideas que van a pasar a formar parte del corpus de pensamiento
cristiano. Lógicamente. Dios no puede ser el creador del mal en el mundo, pues
eso le haría a él mismo o bien malo o bien débil. El mal, así, no es más que
una ausencia de bien justificada esta vez en la libertad humana –no en la no participación
divina, puesto que todo participa de Dios- . El ser humano es el que decide libremente
hacer el mal y no seguir a Dios. Y es para evitar esto por lo que se ofrecen
unos mandamientos que, como prototipo de código moral, deberían de codificar lo
que es el bien. Y esto es justamente lo que no ocurre. Los mandamiento de la
Ley de Dios –como todas las normativizaciones morales- regulan lo que no hay
que hacer –es decir, el mal- pero no lo que hay que hacer: no matarás, no
robarás, no mentirás, no desearás a la mujer de tu prójimo (nada se dice de no
desear al hombre de tu prójima). Es decir que, paradójicamente, parece que es
más bien el bien lo que es ausencia de mal y no al contrario; que la idea que
se tiene presente cuando se intenta normativizar el bien es la idea de mal, y
el bien sólo aparece como una negación de éste. Por ello, la teología cristiana
se vio obligada a dar una definición negativa de Dios, es decir, podemos saber
lo que Dios –el bien- no es, pero no lo que Dios es, de la misma forma que
sabemos lo que el bien no es –no es matar, robar etc.- pero no sabemos lo que
es.
Esta
consideración resulta extrapolable a ciertos movimientos políticos de los
cuales –como el dios medieval- sabemos lo que no son, pero no lo que son,
quizás porque dicen lo que no van a hacer, pero no lo que van a hacer.
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