martes, 15 de enero de 2013

(No) Aprender de los errores


 Dada la actual situación de confusión mental, moral y política, no puedo afirmar dónde se sitúa la izquierda y ni siquiera si existe. Lo que si que veo es que ésta, o al menos aquéllos que se han autoproclamado como sus portadores –aunque sea difícil determinar cuáles son las posturas de izquierda desde hace ya más de cincuenta años- están cometiendo los mismos errores que siempre han cometido. Esto resulta especialmente grave para su determinación como postura política porque supone, sobre todo, olvidar la Historia. Y es la historia, si es que es algo, y más específicamente la comprensión de la marcha de ésta, la que constituye la esencia intelectual de la izquierda.
 Desde esta falta de comprensión histórica es posible comparar las actuaciones y actitudes de la izquierda de este país, con las que llevaron a cabo sus homónimos en la Alemania hitleriana y prehitleriana, en una situación social que, salvando el escollo cuasifundamental de la actual carencia de conciencia de clase, puede considerarse muy parecida a la de hoy: crisis económica profunda, quiebra de empresas, paro desbocado y miseria y desestructuración social. Para no repetir demasiado lo que ya debería ser sabido, sólo apuntar que fueron éstas condiciones, unidas a la conducta de las organizaciones de izquierda, las que abrieron de par en par las puertas al fascismo nacional-socialista.
 En primer lugar la izquierda más moderada, la socialdemocracia del SPD, durante su época de gobierno en la República de Weimar reprime con dureza extrema las manifestaciones obreras, procesa a sus líderes y permite, por el contrario, que el por entonces débil Partido Nacional-Socialista tome fuerza al acaparar el descontento de las clases medias provocado por sus política económica. En Marzo de 1930, el Presidente Hindenburg, para intentar paliar el desastre económico producido por la crisis de 1929 y el gobierno socialdemócrata, nombra canciller al derechista Brüning, que aumenta los impuestos y reduce los salarios y la cobertura por desempleo. En las elecciones de septiembre de ese mismo año el partido nazi pasa de 800.000 votos a 6.400.000 y de 12 diputados a 107. Ya con Hitler en el poder -y con Thälmann, su principal líder, en manos de la Gestapo y la gran mayoría de sus cuadros detenidos o exiliados- los 60 diputados del SPD apoyan por unanimidad en el Parlamento la política exterior del gobierno (la que conduciría a la II Guerra Mundial). Eso ocurre a finales de abril de 1933; el 19 de junio el SPD decide expulsar a sus miembros judíos y el 24 de ese mismo mes es disuelto por una orden gubernamental. Un entreguismo son parangón en la Historia hasta que el PSOE del señor Rodríguez Zapatero afronta la crisis actual, apoya a los bancos y las grandes empresas y recorta los derechos de los trabajadores, hace que se disparen las cifras del paro y pierde estrepitosamente las elecciones dejando paso a un gobierno de centro-derecha que continúa, de forma más acusada, con la política de recortes sociales. Se gana, de la misma que se lo ganó el SPD, el apodo de “socialfascista”, mientras la Historia continúa.
 ¿Qué hace, entretanto, la izquierda más radical alemana representada en aquel entonces por el Partido Comunista (KPD)?. Pues seguir los dictados de Stalin, denunciar la democracia parlamentaria y sus instituciones, incluidos los sindicatos, como fascista y burguesa, negarse a una alianza con el SPD para parar los pies al triunfante nacional-socialismo por considerarle aliado del fascismo -aunque aquí, en justicia, hay que decir que lo era y que tampoco sus dirigentes aceptaron crear un frente con el Partido Comunista- y propiciar así el ascenso de Hitler bajo la propuesta ideológica, por falsa, de que la llegada de éste al poder supondría el principio de una Revolución surgida por arte de magia no se sabe muy bien de dónde, pues no reaccionaron ni siquiera cuando se les acusó de incendiar el Reichstag. La izquierda radical –o al menos eso es lo que ellos creen- de este país, surgida de movimientos como el 15-M y el 25-S, sigue el mismo camino. Denuncian la democracia parlamentaria como fascista, rodean el Congreso y acusan a todos los políticos, sin excepción, de corruptos, sin proponer un sistema alternativo, mientras se alinean con los medios de la derecha en su acoso a los sindicatos. Organizan asambleas pretendiendo convertirse en “la Voz del Pueblo”, demostrando así sus tendencias totalitarias y erigiéndose, sin mandato de nadie, en vanguardia de una Revolución ilusoria y un proletariado inexistente. Rechazan cualquier unión con la izquierda parlamentaria, aludiendo a la posibilidad de otro mundo, pero sin decir cuál. Y mientras tanto, y esto que a nadie se le olvide, propician el ascenso al poder del PP. No saben nada de la Historia y, así, se ven condenados a repetir sus errores.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Los abuelos de la crisis


No se si acordarán de Paul, aquel pulpo de Carballiño que durante el Mundial de Sudáfrica se hizo famoso por ser capaz de adivinar los equipos ganadores de los diferentes encuentros. Un fenómeno como Paul sólo puede darse en España, un país donde la Ilustración salió por la ventana antes de entrar por la puerta, donde se glorifica a un empresario por donar dinero a instituciones de caridad pero no se le condena por no pagar impuestos  y donde todavía el canon de conocimiento es la superstición y la creencia absurda. Buena prueba de ello es que debemos ser el país de Occidente con más videntes, adivinos y brujas por kilómetro cuadrado y, lo peor de todo, es que la gente cree a pies juntillas en ellos y en sus poderes. Es precisamente de videntes, adivinos y brujas de lo que quiero hablar, pero no de los tarotistas que copan los canales de la TDT –aún no entiendo, cambiando de tema, el interés público que supone implantar dicho sistema cuando los únicos contenidos de estos canales son éstos, series pasadas de moda y señoras ligeras de ropa, e Intereconomía, por supuesto- , ni de las brujas o pitonisas que a cambio de unos honorarios más o menos elevados son capaces de ponernos en contacto con nuestro difuntos. Me refiero a los dos últimos adivinos que ocuparon hace unos meses los espacios principales de la prensa hablada y escrita, esos dos simpáticos ancianetes que, parece ser, fueron capaces de predecir en el año 2007 la crisis económica que ahora disfrutamos.
 Teniendo en cuenta que el futuro no se puede predecir –como ya nos enseñó Hume- al menos con total seguridad –es tan sólo probable que un hecho determinado se produzca y la observación de los acontecimiento pasados y presentes únicamente puede hacer surgir en los sujetos una creencia de que este hecho se dará efectivamente en la realidad- y teniendo en cuenta también que el que unos abuelos de la España profunda fueran capaces de ver lo que muchos analistas económicos no fueron capaces ni de imaginar no tiene ningún merito, porque los susodichos analistas han demostrado, -sobre todo en los últimos tiempos- que su capacidad intelectual es más bien limitada, la verdad es que lo que hicieron estos dos caballeros no constituye ni mucho menos la hazaña que pretenden hacernos creer.
 Ya desde el año 2000 cualquiera que tuviera ojos en la cara era capaz de ver que la estructura económica española, fundamentada única y exclusivamente en el ladrillo, tarde o temprano había de venirse abajo. Cualquiera dotado de un mínimo de sentido común -precisamente lo que tenían los dos abuelillos protagonistas de nuestra historia- que no estuviera contaminado por la información –o desinformación- económica y que no estuviera cegado por lo que Nassim Taleb llama la “arrogancia epistémica” podía darse cuenta de que las casas se hacen para que la gente viva en ellas, y que más pronto o más tarde todos aquellos que podrían permitirse comprar o alquilar una ya lo habrían hecho, con lo cual el mercado necesariamente habría de paralizarse. Si a esto se añade que los bancos negociaron hipotecas sin ninguna garantía de poder cobrarlas en el futuro –porque, repito, el futuro no se puede predecir- con el único objetivo de dar salida a una mercancía que ellos mismos financiaban y de la que obtenían pingües beneficios que llegaban desde dos vías: los intereses de las hipotecas y el porcentaje del precio –más que sobreelevado- de los pisos, la predicción era bastante sencilla. Tan sencilla que, allá por el año 2005, varias agencias internacionales de análisis económico, cuyos miembros eran, a lo que se ve, un poco más inteligentes que los citados más arriba, ya alertaron del peligro de estallido de la burbuja inmobiliaria.
            Aquí, sin embargo, todo el mundo obvió esos avisos y, sobre todo, esas evidencias. Y ahora, a toro pasado, se nos dice que la crisis no podía preverse. Por eso, cuando dos señores de un pueblecito dicen que ellos ya la predijeron en el año 2007 se convierten inmediatamente en noticia. Noticia que sirve a muchos –y por eso, y no por otra cosa se convierten en noticia- para dos cosas: desprestigiar todo el análisis científico –ya sea económico o no- metiendo en el mismo saco a los incompetentes y a los científicos serios, dando a entender que no hacen falta “estudios” para hacer los que dos señores cargados de “sabiduría popular” –que es la que importa- son capaces de hacer, y dejar por los suelos al anterior Presidente del Gobierno -aunque para esto se bastaba el sólito- el cual, estando ya todos con el agua al cuello, dijo sin que se le moviera un pelo del bigote que la crisis no existía. Porque aquí todos somos muy listos hasta que se demuestra lo contrario.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Huelga general y método científico


 El 26 de enero de 1994 el subdirector de un colegio de élite de las afueras de Madrid reunió a la plantilla de profesores de dicho centro y les espetó lo siguiente: “El que mañana no venga a trabajar que no se moleste en venir más”. Al día siguiente, 27 de enero de 1994, había convocada una huelga general. Comento este caso por dos razones: la primera porque que yo formaba parte de aquél equipo de profesores y por tanto me resulta familiar y conocido; la segunda porque la coacción que puedan ejercer los piquetes de trabajadores durante una huelga general no es comparable, ni en el fondo ni en la forma, a la que ejercen los empresarios o ciertos empresarios. 
 El caso anterior es una demostración palpable –y, como ya he dicho, familiar para mí y supongo que para muchos más- de que no existe ningún método científico capaz de determinar el alcance de una huelga general. Aun así, hay quien se empeña en utilizar variables científicas, o más bien pseudocientíficas, para medir ese impacto. Voy a tomar tres de las mas utilizadas y a analizar por qué no sirven para nada.
 a).- El recuento de los huelguistas. Normalmente, ante una huelga general las cifras de los ciudadanos que la secundan varían en una horquilla, según quien haga el recuento, no soportable por ninguna ley estadística conocida. Y ello porque la manera de realizar el arqueo es distinta según quién lo haga: los convocantes o el gobierno de turno. Mientras que los primeros dan las cifras de aquellos que no han ido a trabajar y también de aquellos que lo han tenido que hacer obligatoriamente por estar incluidos en los servicios, mal llamados, mínimos, los segundos incluyen en sus cifras a todos aquellos que han acudido a su trabajo, independientemente de si éstos forman parte del contingente de los servicios mínimos o no. Así, hay un grupo, el de los servicios mínimos, que figura tanto en el monto de los huelguistas como de los no huelguistas. Puesto que los servicios mínimos son una imposición del gobierno en la mayoría de los casos, y las empresas no suelen tener la delicadeza de incluir en ellos a aquellos trabajadores que han manifestado su deseo de no hacer huelga, sino más bien al contrario, el recuento presumiblemente científico de éstas y de aquél resulta falseado en su base.
 b).- Los indicadores de impacto del paro. El afán por determinar de forma científica el impacto de una huelga general ha hecho que se utilicen cada vez más por parte de analistas y medios de comunicación una serie de indicadores del mismo. El más frecuentemente utilizado, por ser supuestamente el más fiable, es el aumento o disminución del consumo eléctrico. Desde mi punto de vista, sin embargo, es tan fiable como lo pueda ser contar a los visitantes de un parque. En primer lugar, el consumo eléctrico depende de la época del año, pues no es el mismo en verano, cuando hay más horas de luz natural, que en invierno, cuando hay menos, así que no parece que tenga mucho sentido utilizar este medidor para comparar entre si dos o más paros generales. En segundo lugar, nada hay que impida que un trabajador en huelga se levante al alba y encienda las luces de su casa. Y en tercer lugar, el consumo eléctrico es algo fácilmente manipulable. Cualquier empresario puede llegar a su fábrica a las tres de la mañana y poner en funcionamiento todas las máquinas. De hecho, en la ultima huelga general se han dado varios casos de ayuntamientos que han mantenido encendido el alumbrado urbano durante todo el día.
 c).- Los sectores movilizados. Es ya un lugar común afirmar que una huelga general ha fracasado porque el comercio no ha cerrado sus puertas. Utilizar el comercio como sector modelo para determinar el alcance de un paro de este tipo es una interpretación torticera de las relaciones de producción que se establecen en el seno de la sociedad. Cualquiera con unos mínimos conocimientos económicos y sociales sabe que el sector básico sobre el que se edifica la economía capitalista actual es la industria. Y que el que puede paralizar una nación es el transporte. Si estos dos sectores se paralizan una huelga general será un éxito. Aunque todas las tiendas estén abiertas y algunos empresarios sigan diciendo a sus trabajadores aquello de que “quién no venga a trabajar mañana que no se moleste en venir más”.

lunes, 12 de noviembre de 2012

De política e ideología


Existe en los últimos tiempos una misteriosa tendencia por parte del Gobierno y sus medios a descalificar cualquier acción que ponga en duda el acierto de sus decisiones y actuaciones añadiéndole el adjetivo de “político”. Así, se oye hablar de huelgas políticas, manifestaciones políticas o protestas políticas. Y el caso es que el adjetivo “político”, en lugar descalificar a la acción a la que se aplica lo que hace es, más bien, situarla en su justo lugar y medio. Todas las huelgas, todas las manifestaciones y todas las protestas son políticas, porque constituyen una reacción de la sociedad civil, -de la polis- contra los actos gubernamentales, actos que, en esencia, son también políticos. De esta forma la única respuesta que cabe ante una decisión política ha de ser precisamente una respuesta política. Cuando desde los foros afines al poder se tacha una protesta de política, pretendiendo así hacerla perder su legitimidad social es, sin embargo, el que tal hace o dice el que queda deslegitimado. Porque la impresión que deja es que, en realidad, lo que le ocurre es que tiene miedo de la política, del debate social, o más bien de que la política deje de ser una propiedad exclusiva suya para pasar a manos de aquéllos a los que legítimamente pertenece: el conjunto de la sociedad. Ahora bien, habida cuenta de que para el Gobierno y sus acólitos la política no es un fin en sí mismo, lo que como fundamentación de la sociedad debería de ser, sino un medio para obtener el poder, a lo que tienen miedo es a perder ese poder, poder que sólo pueden retener controlando el instrumento que se lo proporciona.
Es en este marco de deslegitimación de la política y afán de poder en el que se sitúa la confusión en la que, a mi juicio, caen todos aquellos que desautorizan las protestas políticas tachándolas, exactamente, de políticas. Quizás lo que quieren decir es que estas protestas, más que políticas, son ideológicas. Que la política es ideología es algo comprobable desde las dos concepciones tradicionales del término. Tanto en su sentido tradicional como conjunto de ideas, de ideas políticas, como en el sentido marxiano de conocimiento falso de la realidad. Porque uno de los objetivos de este falso conocimiento es alejar a los ciudadanos de la política. Y la política, entendida desde el marco de referencia al que nos estamos refiriendo, como instrumento de control del poder y, por lo tanto, como propiedad exclusiva de la casta gobernante, es una formación ideológica.
Pero aún hay más. Es evidente que un Gobierno democrático –y aquí por “democrático” entendemos salido de unas elecciones- tiene el derecho a legislar como le parezca oportuno, pues ese es el mandato que ha recibido de la población, tanto de aquéllos que le han votado como de aquéllos que no le han votado pero que, por el simple hecho de depositar su voto han aceptado las reglas del juego y han dotado de legitimidad al Gobierno resultante del proceso aunque, por supuesto, estos últimos –y también los primeros- puedan responder políticamente a las decisiones gubernativas con las que no estén de acuerdo. Lo que ya no está tan claro ni es tan evidente es que ese Gobierno, en vez de legislar para todo el conjunto social que es, al fin y al cabo, el que lo ha legitimado en el acto de votar, tenga derecho a hacerlo tan sólo para la facción mayoritaria que lo ha elegido. En ese caso, en vez de legislar políticamente lo está haciendo ideológicamente, poniendo sus ideas por encima de las ideas de aquéllos que no le han refrendado pero también forman parte del conjunto social. De esta forma, un Gobierno que legisla desde la ideología y no desde la política tenderá a pensar que cualquier censura política es ideológica, e intentará desprestigiarla acusándola de “política”. Que es exactamente lo que es.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Nación


La Nación es un sentimiento. Un sentimiento de pertenencia a un grupo y, por ello, de unidad y solidaridad con el resto de los miembros de ese grupo. Como sentimiento la Nación es, en primer lugar, irracional como todos los sentimientos, y, en segundo lugar, algo no natural (su fuera natural yo, por ejemplo, lo sentiría), algo fabricado culturalmente e imbuido en los sujetos por los mecanismos clásicos de socialización y culturización. Estas dos características son las que convierten a la Nación en el arma política perfecta, y ello en dos sentidos. Primero como instrumento para aunar voluntades, formar masas que seguirán ciegamente a un líder carismático  que se erige como personificación de la nación y que acaba constituyéndose, en este proceso, en la nación misma. Por eso, entre otras cosas, todo nacionalismo es excluyente. El nacionalismo no excluyente no existe, porque el sentimiento nacional y la formación de la masa convierte en el Otro a todo el que no comparte aquél ni forma parte de esta. Pero también el nacionalismo es un arma política desde el momento en que constituye la cortina de humo ideal.
Es así que la actual ofensiva nacionalista, tanto de un lado como de otro, del catalán como del español, puede analizarse desde esta doble perspectiva. Por un lado los nacionalistas catalanes, con el señor Más a la cabeza, lo único que pretenden es ganar las elecciones –un fin muy legítimo, por otro lado, aunque el medio no lo sea- y cualquiera que haya seguido el curso de los acontecimientos se habrá dado cuenta de ello: primero la calculada y prefabricada exaltación nacionalista de la “Díada”, después la convocatoria de elecciones y, por último, el amago de convocatoria de un referéndum –referéndum que no se va a convocar como ya ha dejado claro su supuesto convocante  al declarar que “no va a convocar una consulta para perderla”, así que, o hace trampas, o no la convoca, que es lo que tiene en mente desde el principio-. En resumen, el señor Mas está amenazando con la independencia para que le den más dinero  que pueda seguir sufragando sus victorias electorales. Y es que el nacionalismo, como todo sentimiento que no surge de la razón y de la dignidad humana que ésta implica, tiene un precio.
Por otro lado el nacionalismo español tiene como objeto exactamente el mismo: hacer que el PP vuelva a ganar las elecciones exaltando los ánimos anticatalanistas. En este bando quizás el acontecimiento más destacable sea  -dejando a un lado el desfile del 12 de Octubre, Fiesta Nacional, con lo cual ya queda todo dicho-  las palabras del Ministro de Educación hacer a de españolizar a los alumnos catalanes. Si bien la estulticia de este señor es harto conocida y todo lo que sale de su boca hay que tomárselo como es: una broma de mal gusto, es este caso la ocasión y el objetivo han estado bien elegidos. Ahí tenemos como muestra a los medios y los plumillas de la ultraderecha ladrando de nuevo y, lo que es peor, creando opinión pública. Lo más triste de todo es que se haya elegido como campo de batalla la educación, una de las pocas cosas que son –o deberían de ser- universales. Tanto el señor Wert, como el señor Mas, como todos aquéllos que le siguen el juego deberían de saber que la educación no sirve para catalanizar ni para españolizar, sino para humanizar, lo cual implica que un catalán o un español no son seres humanos completos si se quedan sólo en eso. Porque humanizar, entre otras cosas, es hacer que los sujetos dejen de ser unos paletos, que es lo que es aquél que no ve más allá de la barretina o la bandera rojigualda.
Y es que el auge nacionalista no tiene otro objeto que tapar la miserias de la crisis y de unos gobiernos –el catalán y el español- que la están gestionando según los intereses de la banca y las multinacionales que no entienden de naciones. Son los mismos perros con el mismo collar y mientras aparentan golpearse con una mano se hacen caricias con la otra. Lo cual no es de extrañar puesto que son dos gobiernos de derechas y el nacionalismo, como todo el mundo sabe, es siempre de derechas.

lunes, 22 de octubre de 2012

El Ministro Wert y la hermenéutica imposible


 Las últimas declaraciones del Ministro Wert son dignas de un ejercicio de hermenéutica en profundidad. Aunque es de temer que esa hermenéutica acabe resultando imposible –o sea una hermenéutica de lo imposible- porque de aquello que no tiene ningún sentido poco sentido se puede extraer. Las susodichas declaraciones –o al menos el fragmento de texto a analizar- son la siguientes “... si se mejora el rendimiento –sobre todo en matemáticas, lectura y escritura-de los estudiantes de un país aumentará su rendimiento económico, lo que es esencial, porque permite recortar inversión en educación, y al mismo tiempo que se mejore el rendimiento de los estudiantes”
 Si ustedes, después de leer estas líneas, no entienden nada no se preocupen, porque nada se ha dicho. O más bien sí: lo que se dice está fuera del texto, al margen o entre guiones, pero de esa parte nos ocuparemos más tarde. Me centraré ahora, por tanto, en la parte principal o el cuerpo del texto, el cual, exceptuada la proposición entre paréntesis, quedaría como sigue: “... Si se mejora el rendimiento de los estudiantes de un país aumentará su crecimiento económico[1] (el del país, se supone, no el de los estudiantes), lo que es esencial porque permite recortar inversión en educación y al mismo tiempo que mejore el rendimiento de los estudiantes”. Si están ustedes pensando lo que están pensando, efectivamente tienen razón: lo que viene a querer decir el texto de marras es que si se mejora el rendimiento de los estudiantes, entonces se mejorará el rendimiento de los estudiantes, eso si, no se sabe como. Se supone que el Ministro Wert leyó estas ideas en la obra de un profesor de la Universidad de Stanford. Dejando aparte que el hecho de pertenecer al elenco profesoral de la Universidad de Stanford no es, en puridad, garantía de rigor intelectual, podemos suponer que, o bien el Ministro Wert no se enteró de lo que leía, o bien se enteró perfectamente. Aun en este segundo supuesto –que vamos a dar por válido puesto que a un señor Ministro hay que presumirle, al menos, una cierta competencia en comprensión lectora- de lo que no se ha dado cuenta sin duda es de la falacia lógica que encierra el argumento. Podría este reducirse a la regla del “Modus Ponens”, puesto que de un condicional se trata,  y en este caso adoptaría la siguiente forma: “Si se mejora el rendimiento de los estudiantes entonces se podrá recortar en educación. Se mejora el rendimiento de los estudiantes, luego se puede recortar en educación”. Y de nuevo tienen ustedes razón si están pensando lo que están pensando. El Ministro Wert no ha dicho esto sino, más bien, esto otro: “Si se mejora el rendimiento de los estudiantes entonces se podrá recortar en educación. Se recorta en educación, luego se mejora el rendimiento de los estudiantes”, lo que hay que suponer ya que, si bien no dice cómo se mejora el rendimiento, si que ha aplicado estos recortes antes de producirse la mejora. Evidentemente el “Modus Ponens” del Ministro Wert es una violación de la regla lógica que elimina todo el sentido del argumento.
 Pero decíamos mas arriba que el verdadero sentido de este texto que nos ocupa no está en el texto mismo, sino en lo que se sitúa al margen, la apostilla o añadido que reza : “sobre todo en matemáticas, lectura y escritura”. Aquí si que es posible profundizar y la conclusión a la que se llega parece clara –sobre todo por el “sobre todo”-. De lo que se trata es de que los estudiantes sepan sumar, leer, escribir y nada más. Recuerdo un personaje de un poema de Pemán que “sabía leer y escribir lo justo” pero tenía el corazón inflamado de ardor patriótico, que era el modelo de individuo que pregonaba el franquismo. Si los ciudadanos saben sumar, leer y escribir, y nada más, se habrá conseguido formar una masa ignorante y no cualificada, mano de obra barata que aceptará cualquier trabajo, con cualquier sueldo y en cualquier condición, y que no tendrá la capacidad intelectual suficiente como para poner en entredicho las decisiones del gobierno o de la empresa. Esto, según el Ministro Wert y, nos tememos, el profesor de Stanford, es lo que permitirá aumentar el crecimiento económico –un trabajo en régimen de semi-esclavitud, sin derechos laborales ni sociales, como en China, sin ir más lejos-, aunque no está tan claro si del país o de las empresas –a no ser que las empresas se identifiquen con el país-. La cualificación técnica que todos los líderes mundiales pregonan como la única salida de la crisis queda para las élites que estudian en instituciones privadas. Porque, como dijo Esperanza Aguirre en su época de Ministra de Educación. “El problema de la Educación en España es que los campesinos ha querido aprender a leer”.



[1] .- Es evidente que el crecimiento siempre aumenta, mientras que el decrecimiento disminuye. Lo raro sería encontrar un crecimiento que disminuyera.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Okupación con K

 De un movimiento que se dice de izquierdas uno espera que tenga al menos un poco de visión histórica. Y si además pretende ser un movimiento político, o que pretende llevar a cabo una revolución política, tampoco estaría de más exigirles alguna noción básica de estrategia. El movimiento “Ocupa el Congreso” adolece, a mi modo de ver de las dos cosas.
 En primer lugar no es que carezcan de visión histórica, es que no saben Historia, por lo que no les vendría mal alguna lección. Quizás por eso no se han dado cuenta de que todos los Gobiernos totalitarios han suprimido las cámaras de representantes. Seguramente no saben que Hitler lo primero que hizo al llegar al poder fue quemar el Reichstag o que en España, sin ir más lejos, durante los 40 años de dictadura franquista no hubo Parlamento –había Cortes Orgánicas- y los partidos políticos estaban prohibidos, lo mismo que parecen exigir ellos ahora. Quizás no sepan que probablemente el logro político más importante de la Segunda República fue establecer un sistema electoral libre donde antes existía un sistema de alternancia entre dos partidos y formar un Congreso de los Diputados donde se debatían las leyes a aplicar, esas leyes que antes eran impuestas por la fuerza del Rey, la Iglesia y las oligarquías. Quizás no sepan nada de esto y hay que perdonárselo porque al fin y al cabo se han educado en la ESO.
 Pero aunque uno no sepa Historia, si se convoca una manifestación y por lo tanto se realiza un acto político, hay que tener una idea clara de la estrategia a seguir. Y es un error de bulto –o no, dependiendo de las intenciones de sus convocantes- reclamar democracia pretendiendo rodear, encerrar o lo que sea a los representantes del pueblo. Porque les guste a ellos o no los Diputados son los representantes del pueblo español, al menos de la gran mayoría de él, y atacarles a ellos es atacar a la soberanía popular. Por supuesto que están en su perfecto derecho y es completamente legítimo considerar que no les representan –a mi tampoco me representan- pero tal vez deberían preguntarse a quién representan ellos. Que nadie se extrañe entonces de que la señora Cospedal los compare con Tejero –Tejero era un Teniente Coronel de la Guardia Civil que entró a tiros en el Congreso de los Diputados y secuestró a sus miembros el 23 de Febrero de 1981: otra lección de Historia-. Por supuesto que nada tiene que ver una cosa con otra, pero si uno no se plantea bien la estrategia da pie a que se hagan estas comparaciones. Lo mismo que da pie a los medios de la extrema derecha para soltar todo el veneno que llevan dentro y descalificar todas las protestas sociales en su conjunto. Hay que tener muy poca visión política para no darse cuenta de que el pueblo español es conservador y amante del orden en su gran mayoría y que actos como los del día 25 lo único que hacen es alejar a la gente de la calle. Y provocan que el señor Rajoy salga alabando a la “mayoría silenciosa” –no se si la misma de Fraga u otra- que cada vez será más mayoría y más silenciosa. Yo me pregunto, y no dejaré de preguntármelo, por qué en vez de rodear el Congreso no se rodeó el Palacio de la Moncloa, o los edificios de los Ministerios, que es donde se está haciendo la política antisocial contra la que presumo que va dirigida la protesta. El Parlamento ya está rodeado desde dentro por el Gobierno y su partido, con lo que rodearlo desde fuera en el fondo no es mas que apoyar la actuación de aquéllos. Y por último, tampoco está de más conocer la ley y saber que manifestarse ante el Congreso cuando éste está reunido es ilegal –y no entro ahora a valorar si esto está bien o está mal- de tal forma que todos los medios que nos han recordado en las últimas horas que el susodicho acto era ilegal tienen, evidentemente, razón. Y cuando alguien comete algún acto ilegal, pues lo lógico es que la policía le persiga -tampoco valoro la actuación de la policía, algo que haré en otro momento, pero si adelanto que no se pueden exigir comportamientos morales a un colectivo cuando el noventa por ciento de la población no los tiene- o al menos eso es lo que queremos que se haga con los políticos corruptos.
 Sólo me queda esperar que tanto los colectivos convocantes del acto, como los que acudieron a él, como todos aquellos que de una u otra manera les apoyan, sean coherentes con sus ideas –es decir, racionales- y en las próximas elecciones no voten a nadie, que es la manera democrática de vaciar el Parlamento y forzar ese cambio en la Política que tanto predican.