miércoles, 12 de febrero de 2020

Lo heredado y lo elegido


Estar orgulloso de las raíces, del origen, de donde venimos. Parece que es lo menos que se puede pedir a un ser humano. Estar orgulloso de donde se procede y llevarlo a gala, demostrarlo a cada momento, incluso en los gestos más nimios o en la forma de vestir. Es más, demostrarlo en nuestra forma de ser. Porque lo que somos es de donde venimos, eso es al menos lo que consideran aquellos que se enorgullecen de sus orígenes, aquellos que no olvidan de donde vienen y lo van pregonando a los cuatro vientos. Exponemos a la luz pública de donde venimos pero, curiosamente, no exponemos lo que somos, o al menos no tanto. Ese orgullo que profesamos por los orígenes no lo profesamos tanto por lo que hemos llegado a ser. A poca gente se le escucha presumir de lo que es, por vergüenza o humildad -se dice que el que lo hace no tiene abuela. Y el caso es que es de lo único que deberíamos presumir o, al menos, de lo único que deberíamos estar orgullosos.
            Y es que lo que somos es lo que hemos elegido ser. Lo que somos es lo que hemos construido en nuestra vida, lo que henos hecho con nuestra vida, teniendo como fundamento, claro está, de donde venimos, pero superándolo. El que presume de donde viene pero no de lo que es se queda al principio del camino, no lo anda.  La vida consiste justamente en superar los orígenes. La vida es un quehacer, como decía Ortega. Y un trabajo. Quedarnos en el origen, en lo heredado, en aquello que hemos recibido y no ir más allá, no construir nada sobre eso heredado es lo fácil y lo cómodo, pero también lo inauténtico y lo cobarde. Porque no se elige el origen, no se eligen las raíces, no se elige la herencia y por lo mismo no se elige la familia, la nación y la cultura, pero si se elige qué hacer con ellas. ¿Qué sentido tiene estar orgulloso de un apellido, de una raza, de un país si es algo que nos ha venido dado, si no lo hemos elegido -ni siquiera nos lo hemos ganado- si es un puro azar? De lo que deberíamos estar orgullosos es de lo que hemos hecho con esa herencia, de lo que hemos hecho con nuestra vida, de lo que hemos decidido ser.
            Lo que somos, por mucho que a veces nos cueste creerlo -porque lo fácil es no creerlo- nos lo hacemos nosotros mismos. Y si, en general, la gente no está orgullosa de lo que es y tiene que acudir a unas raíces que ya no son nada, es porque lo que ha hecho con su vida es nada. Porque no han sabido elegir, no han sabido andar un camino. Entonces empiezan las excusas, la dejación de responsabilidades, el echar balones fuera: la culpa nunca es de uno, sino de los demás y de lo demás. Incluso de esas raíces de las que estamos tan orgullosos. Y cuando no llega a nada en la vida, cuando lo que es no es lo que hubiera querido ser, en vez de culparse a él mismo, culpa a su nacimiento, a su país o a su familia.
            Lo que somos es lo que decidimos ser y es de eso de lo que deberíamos sentirnos orgullosos. Sin embargo lo que prima es lo originario. Lo originario incluso como sinónimo de lo natural. Así, no solo se está orgulloso de las raíces sino que incluso se predica una vuelta a ellas: lo originario es lo bueno y hay que retornar a lo originario-natural para ser auténtico. Originario, así, es lo contrario de original. Porque original es lo que no es una copia, lo que es nuevo y siempre es nuevo, lo que es producto del quehacer, del qué hacer con nuestra vida en cada caso. Si nos quedamos en lo originario olvidamos lo original. Repetimos clichés ya gastados una y otra vez y hacemos de ellos nuestra vida en lugar de emprender la labor de convertirla en una obra exclusivamente nuestra. En una obra original.

martes, 11 de febrero de 2020

El rostro en la ventana


El cuerpo chocó contra el suelo y se elevó un metro sobre el asfalto antes de volver a caer. Las esquirlas de hueso se incrustaron en los neumáticos de los coches que había alrededor y la sangre manchó los escaparates de las tiendas de lujo. Si alguien hubiera levantado la vista hacia la fachada del edificio, cosa que nadie hizo porque la masa encefálica desparramada era más cautivadora, hubiera visto la ventana abierta en la planta treinta. La ventana, cuyas cortinas se mecían con el viento, daba paso a un salón con un sofá, un par de sillones de piel, una mesa baja y una televisión último modelo, testigos de lo que había ocurrido.
            La policía cerró el caso como un suicidio y nadie investigó las horas previas a la defenestración del cuerpo. De haberlo hecho así, habrían comprobado como el inquilino de aquella estancia, que en realidad contaba con dos habitaciones más, un dormitorio y un despacho, amén de una cocina y un cuarto de baño, había llegado a vivir allí el mes anterior. Su empleo como contable en una empresa de conservas no era precisamente apasionante y repartía el tiempo libre que le quedaba después del trabajo -salía a las cinco y media de la oficina- entre esporádicas visitas a los bares de la zona -una de las más céntricas y exclusivas de la ciudad, por cierto- y las películas y los partidos de fútbol del canal por cable que veía en la televisión de sesenta pulgadas sentado en el sofá, mientras esperaba la llamada de teléfono que todas las noches a la misma hora le preguntaba si había visto ya el rostro en la ventana.
            Cualquiera que haya seguido este relato hasta este punto, se estará preguntando cómo un contable de una empresa de conservas podía permitirse un apartamento como aquél en una de las mejores zonas de la ciudad. En realidad no podía. Si estaba allí era porque una tarde había recibido una carta en su piso de la periferia en la que se le citaba al día siguiente en un despacho de abogados del centro. Allí, uno de los socios del bufete le comunicó que alguien que no deseaba ser reconocido había escogido al azar a una serie de personas para que ocuparan algunos de los inmuebles que poseía en varios edificios de lujo de la localidad. Podía vivir allí todo el tiempo que quisiera y lo único que tenía que hacer era responder a una pregunta que se le haría por teléfono todas las noches a la misma hora. Si él no aceptaba le sería ofrecido el piso a otra de las personas elegidas. Pensó que no era algo que pareciera excesivamente complicado y, en todo caso, aunque siempre había sido escéptico ante los regalos caídos del cielo, si a la larga no le convenía el asunto siempre podía marcharse.
            La primera noche que recibió la llamada y escuchó la pregunta: ¿has visto el rostro en la ventana? no entendió muy bien a lo que se refería, pero como no había visto ningún rostro, ni en la ventana ni en ningún sitio, contentó que no. Durante las tres semanas siguientes se repitió el mismo ritual. Al comienzo de la cuarta semana, unos minutos antes de la hora en la que siempre recibía la llamada telefónica creyó percibir algo en la ventana abierta, algo así como una perturbación del aire  acompañada de un breve reflejo, aunque su respuesta a la pregunta seguía siendo no. La noche siguiente las líneas del rostro se hicieron más nítidas. La tercera noche pudo observar claramente un rostro de rasgos finos que flotaba en el aire y le contemplaba desde la ventana. La cuarta noche -ya había dejado de contestar a las llamadas telefónicas- el rostro le habló o pareció hablarle. Había algo en aquella cara que se movía por el espacio de la ventana que le atraía de forma insana. No sabía si era el negro intenso de los ojos o la carne de los labios. La última noche el rostro había acabado ya con su razón, el deseo le consumía las entrañas y se lanzó a abrazar, a  besar, a comer aquel rostro que había desterrado su sueño. Pero en su abrazo no alcanzó el rostro, solo abrazó aire, solo abrazó noche mientras caía y por encima de él un rostro que flotaba en el negro del cielo esbozaba una leve sonrisa.

lunes, 10 de febrero de 2020

Virtudes humanas


Nos encontramos, al empezar esta reflexión, con que no hay dos martillos iguales y, por lo tanto, no podemos decir que exista una única virtud para todos los martillos o para todos los caballos. Sin embargo, cuando empezamos a preguntarnos acerca de la virtud lo hacíamos desde el punto de partida de que todo el mundo quiere llevar una vida buena, de tal forma que no parece que los martillos o los caballos sean el objetivo último de nuestra investigación, sino que más bien lo son los seres humanos, que, en realidad, son los únicos que pueden llevar una vida buena.
            De la misma forma que nos pasó con el martillo, nos toca ahora preguntarnos qué es el ser humano, para poder discurrir cuál es su virtud propia que le permitirá llevar una vida buena. Decir que todos los martillos son distintos, que no existe una esencia universal de martillo y que a lo más que podemos llegar es a una definición más o menos general basada en la observación empírica es aceptable -más o menos- para los martillos, pero es difícil de encajar en la concepción que tenemos de los seres humanos. A pesar de las diferencias observables, el caso es que los seres humanos tendemos a identificarnos unos con otros, a tener sentimientos y afectos hacia los demás miembros de nuestra especie fundados en esa similitud o conciencia de similitud -a no ser que uno sea un sociópata o un misántropo- y, en general tendemos a considerar que todos formamos de un todo al que llamamos humanidad.
            Podría parecer, por tanto, que no existen las esencias de los objetos no humanos, o incluso de los animales, pero siíexiste la esencia de los seres humanos, pues eso y no otra cosa es la humanidad. Así, todos los seres humanos tendríamos algo en común, algo que nos haría seres humanos por encima o más allá de nuestras diferencias especificas. De esta manera, si existe algo que nos hace ser seres humanos, determinando en qué consiste ese algo podríamos encontrar cuál es nuestra virtud propia. Sin embargo, todos los filósofos y pensadores que han tratado de este tema han llegado a conclusiones muy distintas acerca de lo que es el ser humano y, por consiguiente, han dado definiciones muy distintas de lo que es la virtud: conocimiento del bien, término medio, amor al prójimo, cumplimiento del deber, sentimientos hacia el otro, utilidad, etc.
            Parece, pues, que no está tan claro que haya algo que nos haga a todos seres humanos, que no existe una esencia del ser humano de la misma manera que no existe la esencia del martillo. Es más, la idea de la humanidad, en el fondo, es una idea cristiana. Una idea cristiana derivada de la idea de que todos hemos sido creados por Dios a su imagen y semejanza, que es lo mismo que decir que todos compartimos una parte de la esencia divina (el alma). Dios nos ha dado la existencia y la ha puesto en nuestra esencia, pero como Dios es la misma existencia, esa es la parte de divinidad que todos tenemos. Así, la virtud es una y la misma para todos. Aquello que hace que seamos buenos es lo que conviene a nuestra esencia humana y, en última instancia, lo que nos acerca a Dios.
            No hay, entonces, una esencia humana. Somos todos distintos, somos cada uno de nosotros un sujeto particular que nada tiene que ver con el que tiene al lado. Si tenemos algo en común todos los seres humanos es precisamente eso, que somos individuos con una vida que tenemos que hacernos, que tenemos capacidad de decisión para elegir lo que queremos ser y que no somos más, ni menos, que aquello que hemos decidido ser. ¿Qué sería la virtud, entonces? Lo que nos hace mejores, lo que nos acerca a aquello que queremos ser, lo que hace que nuestra vida -nuestra vida buena- se complete y sea lo que queremos que sea.
            La virtud no es ser bueno, la virtud es ser nosotros mismos. Por eso Sócrates tenía razón -aunque él no supiera por qué- cuando decía que la virtud no se enseña, de la misma forma que tenía razón cuando decía que debemos conocernos a nosotros mismos. Porque ese conocernos a nosotros mismos, conocer lo que somos y lo que queremos, es el único camino hacia la virtud.