Si yo
fuera un asesino en serie querría también subirme al carro de la
sostenibilidad. Querría salir por la televisión y poner mi granito de arena
para salvar el planeta, como hacen ahora todos los que quieren seguir mamando
de la teta. Si los cantantes hacen propuestas de sostenibilidad referidas a su
profesión, o los empresarios hacen lo propio, yo, como cualquier asesino en
serie que se precie, contribuiría desde mi actividad diaria a hacer el planeta
mas sano y sostenible. Y, como buen asesino en serie convencido de la necesidad
de reducir las emisiones que nos llevan a la catástrofe climática y ecológica,
incidiría en algo en lo que desde ninguna de las otras posturas al respecto se
ha incidido: en que somos muchos. En efecto, mi mentalidad de asesino en serie
-o de observador imparcial, que una cosa no ha de quitar a la otra- me llevaría
a comprender que el problema de la supercontaminación del planeta en realidad
no es más que la consecuencia de la superpoblación humana. Somos demasiados
seres humanos explotando los recursos limitados de nuestro medio ambiente.
Seres humanos que tenemos que comer, y comer a precios asequibles, de tal manera
que hemos de multiplicar la ganadería, convirtiéndola en intensiva, y la
agricultura, destruyendo en este proceso cada vez más zonas verdes productoras
de oxígeno. Somos cada vez más seres humanos, que hemos de respirar, emitiendo
cada vez más CO2 a la atmósfera porque, por si alguien no lo sabe, no solo los
motores de combustión emiten CO2. También la respiración humana lo emite. Y aproximadamente
unos 7.500 millones de seres humanos respirando a la vez suponen mucho CO2. Por
no hablar de las ventosidades y flatulencias producidas por nuestras
digestiones, exacerbadas, de hecho, por el consumo masivo de vegetales que sustituyen
a la carne, para evitar así las flatulencias de las vacas. Bonito dilema: o
morimos por nuestros vegetarianos pedos o lo hacemos por los de bueyes y
terneras. Por no hablar del consumo masivo de todos los que somos, pues no es
complicado pensar que si fuéramos menos consumiríamos menos, y al consumir
menos lograríamos ese cambio económico tan necesario, al que todos aluden pero
del que ninguno puede dar razón.
Pues bien, yo, como asesino en serie,
la daría: a menos seres humanos, menos consumo, por lo tanto menos industrias
contaminantes. Pero también menos mano de obra, con lo cual los empresarios se
verían obligados a cambiar el sistema de producción, amén de subir los salarios-.
Esto demuestra que el gran enemigo del planeta es esa obsesión tan cristiana
por la natalidad, obsesión que solo se puede explicar, o bien por razones
religiosas -aquello que creced y multiplicaos- o por razones económicas
-cuantos más infantes nazcan más más trabajadores y más consumidores potenciales.
Así, que como asesino en serie concienciado
y preocupado, me propondría eliminar a
cuantos más congéneres mejor. Claro está que esta eliminación debería de ser lo
suficientemente masiva como para que fuera eficaz. No bastaría con matar con métodos
tradicionales a dos o tres personas diarias, léase a cuchilladas, estranguladas
o tiroteadas. No. Sería necesario algo más contundente. Algo así como una
plaga. Una plaga de peste, por ejemplo, que redujera la humanidad a la mitad en
unos meses. O una guerra. Una buena guerra que eliminara al equivalente de la Primera
y la Segunda Guerras Mundiales juntas. O, si fuera posible, un meteorito que,
estratégicamente dirigido, nos extinguiera como a los dinosaurios.
Esto, claro está, es lo que yo haría
si fuera un asesino en serie. Pero como no lo soy, seguiré haciendo lo que me
mandan: consumir. Y tendré muchos hijos para mantener el sistema de pensiones.
Y cuando seamos tantos que nos caigamos al mar porque ya no quepamos entonces si:
entonces me tiraré un pedo. Lo que nos vamos a reír.
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