lunes, 16 de diciembre de 2013

Inteligencia / 1.

 En un sentido amplio se puede definir la inteligencia como la capacidad de adaptarse al medio o, más estrictamente, como la capacidad de resolver los problemas que surgen en el medio que rodea al organismo. Inteligencia es, por tanto, interactuar con el medio de tal forma que el organismo pueda sobrevivir en él, pueda adaptarse y evolucionar. Ateniéndonos a esta definición –que de momento es la única que nos interesa- observamos dos notas definitorias de la inteligencia. La primera de ellas es que, según esta caracterización, la inteligencia no es exclusiva del ser humano. En principio, cualquier organismo que sea capaz de adaptarse a su medio puede ser calificado de inteligente. Lo que diferenciaría al los humanos del resto de la especies es que en ellos la inteligencia ha evolucionado hasta convertirse en su herramienta adaptativa propia y exclusiva. En efecto, mientras que en otros seres las herramientas adaptativas están constituidas por características físicas –la velocidad, la fuerza, las garras o el tamaño de las mandíbulas-  y la inteligencia –o la capacidad de adaptación- lo que hace es poner en funcionamiento estas herramientas – una gacela “inteligente” correrá cuando huela a un león, no se quedará quieta-, en el ser humano la inteligencia es adaptativa por si misma, de tal forma que ha evolucionado hasta convertirse en pensamiento abstracto y conciencia de sí. Si el ser humano se ha extendido como especie más que ninguna otra siendo la más débil, una de las que menos descendencia engendra por camada y aquella en la cual las crías están más desprotegidas cuando nacen –es decir,  una chapuza a nivel adaptativo- es gracias al desarrollo de su pensamiento y al subsiguiente progreso de la técnica que tiene como consecuencia principal una desproblematización del medio.
 Y esta es la segunda nota característica que observamos en la definición de inteligencia con la que iniciábamos este escrito. El medio es problemático y es esta problematicidad la que propicia el desarrollo de la inteligencia. En organismos con un medio muy reducido o que se enfrentan a un número muy pequeño de problemas adaptativos, la inteligencia se desarrolla muy poco o nada: La adaptación a un medio cómodo es fácil y va de suyo. En un organismo como el ser humano, que vive en un medio global y  que –como hemos visto antes- tiene una constitución biológica escasamente adaptativa, la inteligencia se desarrolla mucho más.
 Ahora bien, como se ha señalado más arriba el pensamiento y la técnica humanas –la consecuencia del desarrollo de la inteligencia- han dado como resultado que el medio sea menos problemático, que cada vez sea más fácil adaptarse a él porque presenta menos problemas y los problemas que presenta son más fácilmente resolubles gracias a los adelantos tecnológicos. Si como se ha dicho la inteligencia progresa en su enfrentamiento constante con el medio, el hecho de que éste sea menos problemático ha de producir una involución de aquélla. De hecho, ya existen sociólogos y neurobiólogos que hablan de un descenso en la capacidad intelectual de la especie humana. La gran mayoría de los individuos viven rodeados de avances técnicos que solucionan sus problemas y no se hace cuestión ni de éstos ni de los problemas. Sin embargo, sigue habiendo sujetos que siguen intentando resolver dificultades nuevas, porque el medio sigue plateándolas –más que nunca si cabe, pues la propia tecnología es en sí misma una dificultad que hay que desentrañar- Se corre así el riesgo de que se lleguen a formar dos especies: una de técnicos que se enrentan los problemas y desarrollan cada vez más su inteligencia y otra formada por aquellos que se aprovechan de los productos de los primeros y que no se plantean ninguna complicación, y cuya inteligencia corre el serio peligro de ir involucionando cada vez más.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Existencia

 La existencia es la cualidad de lo real, o, lo que viene a ser lo mismo, todo lo que es real existe, y todo lo que existe es real. Aunque las dos afirmaciones anteriores parezcan lo mismo –y por tanto, aparentemente, se esté enunciando una tautología- la verdad es que existe un matiz que los diferencia. En la primera de ellas –“todo lo que es real existe”- la fuerza de la expresión recae sobre la realidad. Todo aquello que el sujeto considere real -ya sea el mundo material o las quimeras de su imaginación- existe, al menos para le, de la misma forma que para Iván Karamazov  el diablo que se le aparece en su locura es real y, por lo tanto, existente. Esta primera aseveración sobre la existencia tendría, por lo tanto, una amplitud prácticamente ilimitada, pues todo aquello que la fantasía o, como en el caso anterior, la mente enferma del sujeto pudiera concebir como real sería, por lo mismo, existente.
 La segunda de las aseveraciones –todo lo que existe es real- pone, al contrario que la primera, el énfasis en la existencia y hace depender a la realidad de ésta. Es una consideración de la existencia mucho más restringida que la primera y, por ello, más problemática. Según esta afirmación la existencia sería independiente del sujeto que la concibe. Por mucho que un sujeto piense que un diablo es real, este no será existente, pues, como hemos dicho es lo existente lo que determina lo real y no al contrario. Para ser real ese diablo debería de existir independientemente de la mente que lo piensa como real. Pero, por eso mismo, como decimos, es más problemático, pues habría que determinar cuál es la forma de existencia de los objetos más allá de los sujetos que los conoce. En Kant, pro ejemplo, las categorías no son modos de ser, aunque conforman el marco de existencia de los objetos del mundo, porque pertenecen al entendimiento del sujeto y son, por lo tanto, modos de pensamiento, determinaciones de la existencia que el sujeto pone en el fenómeno. Habría que remostarse a Aristóteles para encontrar unas categorías que puedan ser consideradas como modos de existencia, independientemente del sujeto. Pero, como observa el propio Kant, Aristóteles no utiliza un método racional para determinar sus categorías. Las elige, por decirlo de alguna manera, al azar, después de realizar una observación empírica de los fenómenos. De esta forma es posible pensar que son los intereses del sujeto Aristóteles –o su capacidad de observación- los que marcan la elección de las categorías. Y que aunque éstas sean categorías de la naturaleza es el sujeto el que las determina como tales, el que decide que la posición es una categoría y no lo es, por ejemplo, la unidad.
 Parece difícil escapar, pues, a la idea de que es el sujeto el que determina el modo de existencia de los objetos. Y es que, aunque éstos existan de una determinada manera, que el sujeto que los conoce no pueda aprehender –el “en si”- precisamente porque existen de esa determinada manera para el sujeto no existe –porque no puede aprehenderla- y solo lo hacen en los modos de existencia que el sujeto si aprehende y, por lo tanto, pone en ellos –el “para-mi”- Puede que una ballena tenga su propio modo de existencia, y que en ese modo de existencia no sea una ballena. Para mi, para el sujeto, existe como una ballena, como una existencia determinada, entonces, por el sujeto. En este sentido sería el sujeto el que pondría la existencia en los objetos, existencia no contenida en una esencia que, en principio, sería desconocida para nosotros, que sólo conocemos la esencia que nosotros fabricamos de ellos. “Las cosas mismas” no existirían –o al menos no existirían para el sujeto- que se vería obligado a fabricar sus propias cosas.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Verdad

 Si existe un objeto de la Filosofía por antonomasia, ese es la Verdad. Desde sus orígenes el pensamiento filosófico se ha interesado por la búsqueda de la verdad: ya sea la verdad de la Naturaleza, la Physis, o la verdad del hombre, la verdad del Ser o la verdad del Universo. De hecho, el mismo término “Filosofía” hace referencia a la búsqueda de esta verdad. La filosofía es la tendencia constante, “Phileo”, hacia la verdad, el conocimiento o la sabiduría, la “Sophia”. Y precisamente porque la filosofía es eso, búsqueda constante, tendencia, es su sino no alcanzar nunca su objeto, no conocer nunca la verdad. El “filósofo” es el que busca, a diferencia del “sofós”, el sabio, que es el que ya ha encontrado.
 Sin embargo, también desde sus orígenes parece que los filósofos renunciaron a su propia vocación de búsqueda, renunciaron por tanto a su propia profesión de filósofos, y quisieron poseer en exclusiva el secreto de la verdad. Incluso el propia Sócrates, que afirmaba no conocer nada como una verdad absoluta, en su debate con los sofistas –que defienden precisamente la relatividad de la verdad- mantenía que ésta es un concepto Universal. Idea que sólo se puede mantener si se está ya –o se cree estar- en posesión de a verdad, pues sólo desde esta posición es posible conocer la esencia de la verdad y por lo tanto su universalidad. De todas formas, quizás no sea “verdad” que Sócrates dijera nada de esto –al fin y al cabo no dejó ningún testimonio escrito- y lo que hoy creemos que es el pensamiento de Sócrates no sea más que una construcción platónico-cristiana –“Yo soy el Camino, La Verdad y la Vida”, dice Cristo en el Evangelio-. No en vano se ha considerado que en la figura de Cristo se repiten muchos elementos de la personalidad de Sócrates (y de Pitágoras, por decirlo todo).
 De esta forma, ya desde sus inicios la filosofía, o al menos la parte del león de ella, se ha considerado en posesión de la verdad –incluidos, claro está, los escépticos que consideraban como verdad la imposibilidad de conocer la verdad- Tan sólo la ciencia mantuvo y mantiene el espíritu de la filosofía y considera revisables todas y cada una de las verdades –siempre parciales- que alcanza.
 Y es que la verdad, como objetivo último del conocimiento, depende de la idea de realidad que se mantenga. Así, si se piensa que la realidad es inmutable y eterna, sagrada e independiente de la acción de los sujetos humanos, se considerará una verdad absoluta y universal, válida para todas las épocas y todos los individuos, como cenit del conocimiento de esa realidad. Si se piensa en la realidad como algo cambiante, como una construcción del intelecto humano, la verdad también será cambiante, será relativa a cada época, a cada situación, a cada realidad que se contemple. Y si se piensa en la realidad como contraria al ideal de lo que debería ser, la verdad se presenta como ese ideal al que la realidad tiende o debería tender o, más bien, como ese ideal al que los individuos han de dirigir la realidad que construyen. La verdad no sólo tiene un contenido moral –siempre lo ha tenido, de hecho: siempre nos han dicho que decir la verdad está bien y no decirla, mentir, está mal- sino que es fundamentalmente un concepto moral. Y así, la verdad se convierte en el juez de la realidad. Ésta no será siempre verdadera: algo no es verdadero por ser real, sino por ser bueno, por ser el ideal al que debe de adecuarse la realidad. Lo que nos dice la verdad así entendida es que la realidad –aunque parezca mentira- puede ser falsa.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Conocimiento / y 2

 Como quedó apuntado en el artículo anterior, si bien en líneas generales se puede considerar que el conocimiento científico hace referencia a una realidad objetiva y, por lo tanto, es posible concederle una cierta objetividad –por mucho que ésta sea objeto de debate- no ocurre lo mismo en el ámbito de la ciencia social. La realidad propiamente humana no es la Naturaleza, el ser humano no es un ser natural –al menos no más allá de lo que le constituye como animal- y todo lo que le define como tal ser humano es un producto cultural y, por lo tanto, social. Ahora bien, si hay una realidad poco objetiva esa es la realidad social, ya sea ésta histórica, económica o política. Y no nos estamos refiriendo tan sólo a que la realidad social es una construcción humana –aunque, en un sentido estricto, posiblemente esta sola característica: que la sociedad, o la historia o la política sean obra de un sujeto o de un grupo de sujetos sería suficiente para negar la objetividad de la realidad  y concederle, a lo sumo, una cierta intersubjetividad- puesto que no negamos que las construcciones humanas cobren una importancia independiente de su creador y se transformen así en objetivas. Nos estamos refiriendo al hecho de que toda realidad social, en tanto que es social, es conocida de forma diferente por los sujetos. Por ello el conocimiento de la realidad es subjetivo, o intersubjetivo cuando los diferentes conocimientos subjetivos interactúan unos con otros, pero no objetivo. Si el conocimiento de la realidad social fuera objetivo, si todos conociéramos lo mismo cuando entramos en contacto con ella, hace tiempo que viviríamos en una sociedad ideal. La objeción fácil a esta afirmación consiste en aducir que aquéllos que no tienen un determinado conocimiento de la realidad social –aquél que es conocimiento de una realidad social objetiva- están equivocados. Lo que debería explicar esta concepción es cómo es posible hablar de una realidad objetiva, independiente de los sujetos, si el único acceso que tenemos a ella es el conocimiento o, lo que viene a ser lo mismo, qué fundamentos existen para que un sujeto o un grupo de sujetos afirmen que la realidad social a la que ellos acceden  -que ellos conocen- es la realidad objetiva y, por lo tanto, son ellos los que están en lo cierto y los demás los que están equivocados. Se da por supuesto que su conocimiento es objetivo y por eso aprehende una realidad objetiva. Pero si esa realidad es objetiva es precisamente porque también se supone que es conocida por un conocimiento objetivo o no ideológico.
 Si realmente existieran unas condiciones sociales objetivas, independientes de las conciencias de los sujetos -que en este sentido siempre son ideológicas, es decir, siempre están determinadas por una concepción de la realidad-, el capitalismo no hubiera sobrevivido a esta crisis –ni a ninguna- cosa que va a hacer y posiblemente reforzado. Es posible pensar que se debe a que los individuos no tiene un conocimiento objetivo de la realidad, pero también es posible pensar que esa realidad no es la misma para todos, y cada uno conoce la realidad que conforma su entorno. El conocimiento es poder. Y lo es, entre otras cosas, porque puede dar forma a una realidad objetiva o, más bien, puede hacer pasar por objetiva una realidad que no lo es ni nunca lo será y, en este sentido, imponerla al grupo social. Un conocimiento que se hace pasar por objetivo puede descalificar cualquier posición que no coincida con él tachándola de falsa o ideológica. Y aquí radica el afán de objetividad del mismo.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Conocimiento / 1

 A diferencia de otros asuntos de los que se ocupa la filosofía, el conocimiento en sí mismo no es problemático. Es decir, el conocimiento existe, los seres humanos efectivamente conocemos  el entorno que nos rodea, más o menos profundamente, y las especulaciones del viejo escepticismo griego acerca de la validez de nuestro conocimiento fueron sustituidas por las investigaciones kantianas, que parten de la premias de que es posible hablar de un conocimiento válido, y en último término, los descubrimientos de la psicología y la neurociencia que nos muestran sin que quede lugar a dudas cuáles son los instrumentos mentales y cuáles las zonas cerebrales que los sujetos utilizan para conocer.
 Ahora bien, que el conocimiento no sea problemático en si mismo no significa que no se pueda problematizar. Si entendemos éste como una relación –privilegiada o no, fundamentadora o no: de momento no entraremos en este problema- del sujeto con la realidad, el problema del conocimiento se planteará con respecto a la realidad que se considere en cada caso y a la relación del individuo con ella.. Es decir, el problema del conocimiento se traduce en el problema de la objetividad del conocimiento. Esta cuestión de la objetividad del conocimiento tiene, por decirlo así, dos vertientes. En primer lugar determinar si existe algo así como una realidad objetiva, en principio, el fundamento de que exista un conocimiento objetivo –si queremos huir del idealismo-. Y, en segundo lugar, la cuestión de si es posible conocer objetivamente esa realidad objetiva. Cuando nos referimos al conocimiento científico parece que la primera dificultad se da por superada. En efecto, la ciencia considera como fuera de toda duda –y de todo debate- la existencia de una realidad dada, objetiva e independiente del sujeto, compuesta por los hechos de la naturaleza. El planteamiento entonces –no tanto de la ciencia experimental o teórica sino más bien de la Filosofía de la Ciencia- es determinar si es posible un conocimiento objetivo de esa realidad, es decir, si “los hechos están cargados de teoría” o no: si el científico simplemente conoce el fenómeno que investiga o, más bien, lo interpreta a través de unas teorías y unos juicios previos. Evidentemente, la única manera de afirmar que la realidad investigada por la ciencia es objetiva es la primera. En la segunda, la interpretación del hecho a partir de las ideas preconcebidas del investigador supondría en la práctica la fundamentación de la realidad de éste. Considérense si no entidades como el flogisto o el calórico, que se supusieron reales durante mucho tiempo porque servían para explicar –o interpretar- los fenómenos relacionados con la combustión de los gases y la transmisión del calor. Cualquier químico del siglo XVIII hubiera afirmado sin ninguna duda –y de hecho así lo hacían- que los fenómenos relacionados con y explicados por el flogisto se daban en la realidad, constituían una realidad objetiva que ellos se dedicaban únicamente a investigar y exponer, y no un constructo mental sin correlato mental que, a la larga, resultó ser falso. 
 Aun así, y en términos generales, es posible afirmar que el conocimiento científico hace referencia a una realidad objetiva. A unos hechos que ocurren de forma positiva en la Naturaleza y que la ciencia tan sólo trata de conocer y explicar. Si no admitimos esto –o, al menos esto- habríamos de hablar de magia, más que de ciencia y el mundo moderno –que se fundamenta en el desarrollo de ésta- resultaría inexplicable. Esta realidad objetiva que constituye el campo de estudio del conocimiento científico resulta más problemática cuando nos movemos en el ámbito del conocimiento filosófico, histórico o social. De este tipo de conocimiento y de la realidad que le es inherente nos ocuparemos en el próximo artículo.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Realidad

 Para empezar he de aclarar que en este artículo no voy a decir qué es la realidad. Más bien me limitaré a exponer qué no es o, más exactamente, a poner en duda aquello que un mal llamado “sentido común” nos dice acerca de la realidad. Y es que si hay una idea contraintuitiva en el campo del pensamiento ésa es precisamente la “realidad”. Y no sólo, como quizás se podría pensar, en el campo del pensamiento filosófico, sino también en el científico. Así, un neurobiólogo me diría que esta mesa que tengo delante no es realmente una mesa, sino tan sólo un conjunto de estímulos  que provocan reacciones electroquímicas en mi cerebro  a las que éste da el nombre de “mesa”. De la misma manera un físico me explicaría que la solidez de la mesa que yo capto en realidad no es tal, puesto que la materia que yo veo real no es más que un conjunto de partículas subatómicas en constante movimiento.
 Lo primero con lo que suele confundir la realidad es con la verdad. Así, se tiende a pensar que aquello que es real es ya inmediatamente verdadero, y que todo lo verdadero es real. Sin embargo, si profundizamos un poco, no tardaremos en caer en la cuenta  de que la idea de verdad va más allá de una simple identificación con la realidad  En efecto, ya desde pequeños se nos ha enseñado que decir la verdad está bien y mentir, en cambio, está mal. Perece pues, que el concepto de verdad incluye un contenido moral. De esta forma, si afirmamos que algo es real porque es verdadero, o que es verdadero porque es real, parece que, de alguna forma, estaríamos afirmando que ese algo, que es real y verdadero, también es bueno. Así que si un asesinato, por ejemplo, es real, y por lo tanto es verdad que ha ocurrido, parece que implícitamente habría que admitir que, puesto que es verdadero, es bueno. Y como lo bueno es a su vez deseable estaríamos afirmando que es deseable que se cometan asesinatos, lo cual no parece muy acorde con el sentido común. Habría que admitir, entonces, que es posible que existan realidades falsas.
            En segundo lugar, tiende a considerarse como real aquello que captamos por medio de los sentidos. Si podemos ver, tocar u oler un objeto es porque ese objeto está ahí delante de nosotros y, por tanto, es real. Ya hemos dicho más arriba lo que la ciencia –la psicología, la neurobiología o la física- opina de esta afirmación. Descartes ya puso en duda la validez del testimonio de nuestros sentidos. Pero incluso el empirismo moderno, con Hume a la cabeza, propuso que la realidad que nosotros creemos conocer no es la que captan nuestros sentidos, sino la que se representa en las ideas que nuestra imaginación se forma a partir de la experiencia de aquéllos. Cuentan que Ortega y Gasset, en las conferencias que en las tardes madrileñas ofrecía a las señoras de alto copete de la burguesía capitalina, mientras mostraba media manzana oculta en la palma de su mano preguntaba al auditorio que era lo que aquél veía; ante la multitudinaria respuesta :”una manzana D. José” este abría su mano y mostraba la media manzana.
 En tercer lugar, y en términos muy generales, se podría decir que la realidad es todo lo que existe. Y esta definición podría ser más o menos adecuada si nos atenemos a lo que es exclusivamente la existencia y no vamos más allá, es decir, no hacemos extrapolaciones de nuestros pensamientos a una supuesta realidad extramental. Sí yo tengo la idea de un elefante rosa en biquini –algo que, por cierto, hace mucha gracia a mis alumnos- lo que existe –y por tanto es real- es la idea de semejante ser, y no el elefante en la realidad. De la misma manera, si alguien tiene la idea de una república ideal, de que su pareja le engaña o de la solución a la crisis económica, ha de ser consciente de que lo que existe, lo real, es esa idea, y no los objetos de los que es representación. Si esto no se tiene claro se acaba en el dogmatismo, cuando no en la locura de confundir la realidad con nuestras ideas acerca de la realidad.
 ¿Qué es entonces la realidad?. En principio, creo que lo único que se podría decir es que la realidad la construye cada sujeto –sea este sujeto un individuo o una sociedad- en su relación cotidiana con aquello que no es él. La realidad es, así, una construcción humana y, precisamente por ello, hay que desconfiar siempre de ella. El ser humano necesita una realidad, una realidad que le resulte cómoda y a la que poder aferrarse. Por eso huye de la realidad que le obliga a pensar una y otra vez sobre ella y se refugia en otras realidades construidas a su medida, realidades que ponen a su alcance todo cuanto se puede esperar de una realidad que lo acoja y no se le enfrente. Por eso, hoy en día, la mejor metáfora de la realidad- incluso algo más que una simple metáfora- es un centro comercial.

martes, 19 de noviembre de 2013

Filosofía

 Todos los que de una u otra manera han pertenecido al gremio de los llamados “filósofos” a lo largo de la historia, han intentado ofrecer una, si no definición, si al menos determinación de su objeto de estudio o, lo que es lo mismo, de la Filosofía. Y aunque –como, por otra parte, podría parecer lógico- todos y cada uno de ellos han caracterizado a la filosofía de manera distinta, no es menos cierto que todas estas múltiples determinaciones comparten un elemento común: la filosofía es una relación, más o menos privilegiada, del sujeto con el entorno que le rodea o, en otras palabras, la filosofía es un intento de dilucidar qué cosa pueda ser la realidad, cuáles son sus componentes y cuál su interacción con los individuos.
 De esta manera la filosofía nace en la Grecia clásica como una necesidad de explicación de los fenómenos naturales (para los primeros filósofos griegos la realidad es fundamentalmente Physis, naturaleza), una explicación que sustituya al relato mítico que resulta insuficiente ante las nuevas exigencias de comprensión de un sociedad que económicamente está cambiando hacia un sistema comercial. Filosofía, pues, como conocimiento de la realidad y, en este sentido, como madre de todas las ciencias.
 Cuando en el siglo XVII la Filosofía Moderna, de la mano de Descartes, descubre que entre el sujeto y la realidad existe una brecha gnoseológicamente insalvable, que lo que el sujeto conoce no es la realidad en sí misma –tal y como consideraban los griegos- sino la ideas que tiene en su mente acerca de esa realidad –ya sean esas ideas producidas por la propia razón, puestas por Dios, formadas a partir de las impresiones de los sentidos o el resultado de una síntesis trascendental-, que no conocemos la realidad tal y como es, que ni siquiera podemos asegurar –tan sólo postular en el mejor de los casos- la existencia de dicha realidad –podemos dudar de ella-  y que, por tanto eso que llamamos realidad no es más que una construcción del sujeto, de sus ideas innatas, de su imaginación, de sus condiciones trascendentales o de su Razón, la filosofía cobra un nuevo impulso, toma un nuevo camino y, en este nuevo camino, determina su significación.
 Hoy en día la filosofía se entiende como una reflexión crítica acerca de esa realidad que no es tan objetiva como pudiera parecer. Reflexión que es necesaria desde el momento en que sabemos que no sabemos qué es la realidad y sólo conocemos de ella aquello que depende de las condiciones del sujeto humano. La Filosofía saca a la luz ese engaño de la realidad, o más bien, desde el momento en que nuestra realidad ya no es natural sino social, de aquellos que construyen la realidad y la hacen pasar por absoluta, sagrada y estática –ya que no estética-. La lechuza de Minerva despliega sus alas al anochecer y nos descubre aquello que permanece oculto detrás de una realidad quizás no tan real. Pero si el sujeto, los individuos o los ciudadanos están presos de la realidad, están sometidos a ella como el marco necesario en el cual se desarrollan como tales sujetos, individuos o ciudadanos, la filosofía tiene entonces como objetivo emanciparlos, liberarlos de la cárcel de “lo real”. Por eso la Filosofía es hoy más necesaria que nunca. Y lo seguirá siendo mientras no alcance sus metas.