jueves, 27 de mayo de 2010

El final de la política

La significación última de lo que está actualmente ocurriendo en Europa y en el mundo globalizado, no ya sólo en España o en Grecia, es mucho más profunda y más grave de lo que pueden dar a entender unas cuantas medidas de ajuste económico. De lo que se trata, y eso es lo que está en juego en estos momentos, es de la destrucción de la política y su sustitución, no ya por la economía, sino por los intereses particulares de las corporaciones que rigen el mercado.
 Lo que se ha venido abajo, y no por una evolución más o menos natural de la sociedad, sino de forma consciente y premeditada, es la vieja concepción, que aparece en la Grecia clásica, de la política como instrumento de organización social dentro de la Polis –de ahí que los seres humanos sean, ante todo, animales sociales o políticos-, el instrumento para establecer las reglas que rigen las relaciones entre los ciudadanos. La Política, así, es una forma de la moral que tiene como objetivo la Justicia y que se constituye, por lo tanto y con el pasar de los años, en la única defensa del débil frente al fuerte. La política, en fin, como el marco en el cual se establecen las leyes que tienen como objetivo mantener ese equilibrio social que, desde siempre, se ha llamado precisamente Justicia.
 A lo que estamos asistiendo es a la sustitución de la política y los políticos como reglamentadores sociales por los mercados. Marx ya vio que la actividad política, como parte de la superestructura, estaba determinada por la infraestructura económica. De esta forma la economía, y por consiguiente la política, constituye la base del ordenamiento civil. La actividad económica, sin embargo, hasta ahora había estado dirigida –y por lo tanto organizada- por lo Adam Smith llamó “la mano invisible”del mercado. Ahora esa mano invisible es más invisible que nunca: tanto, que ya ni existe. Se da así la paradoja de que la base social, la encargada de poner las reglas, en sí misma no tiene reglas. Es en este contexto en el que cobra de nuevo –o debería cobrar- fuerza la política. Y es en este contexto, cuando la política es más necesaria que nunca, cuando descubrimos que no existe, que está secuestrada por los mercados. Cuando vemos que los políticos, no ya europeos sino mundiales, actúan al dictado de los comerciantes, y han dejado por tanto de ser políticos para convertirse en sirvientes tanto de las compañías supranacionales como de los organismos financieros –FMI, OCDE etc.,-. Esta es la Europa que está amenazada: no una Europa política, y por lo tanto civil y ciudadana, sino una Europa que no es más que una gran empresa. Así, los ciudadanos europeos, que ya no cuentan para nada porque para nada cuenta ya la política, no son más que las víctimas propiciatorias de un mercado global sin reglas y sin nadie que sea capaz de imponérselas.
 La solución a esta situación, por lo tanto, no pasa por recortes sociales ni rebajas de salarios, pero tampoco por subidas de impuestos o reformas sociales. La solución no puede ser económica, sino precisamente política. Se trata de que los políticos –y la Política- recuperen de nuevo su antiguo papel, de que dejen de ser directivos de una empresa y se pongan al servicio de la Polis, de que impongan reglas a los mercados. Reglas que, lógicamente, han de ser políticas, encaminadas a salvaguardar las relaciones de los ciudadanos, supeditadas a la sociedad civil, y no económicas. Se trata de revolucionar la base del sistema desde la política y subordinar a ésta la economía, y no al contrario. De lo que se trata, en suma, es de hacer política, o en los Parlamentos o a pedradas.

jueves, 20 de mayo de 2010

Medios, mentiras y planes de ajuste

Ningún gobierno toma unas medidas de ajuste económico como las que ha tomado el Gobierno español – regresivas, antisociales y dictadas por los especuladores del mercado- sin contar con el apoyo incondicional de al menos una parte de los medios de comunicación, que se encarguen de mantener a la población engañada, desinformada o simplemente anestesiada -bien intentando justificar lo injustificable, bien negando la evidencia o bien directamente ocultando la información (véanse como muestra las portadas de El País de los días 13 y 14 de mayo)-. Así que no está de más recordar ciertas cosas que, pese a todo, deberían ser obvias para cualquiera que tuviera ojos.
 Es falso que las medidas de ajuste tomadas por el Gobierno español sean valientes. Valiente es quien se enfrenta a los poderosos. El que se enfrenta a los débiles o a los que no pueden defenderse es un cobarde, y si además lo hace apoyado y arropado por esos mismos poderosos, además de cobarde es un miserable.
 Es falso que sean necesarias. Es necesario –quizás- reducir el déficit público. Pero existen dos formas de hacerlo: o bien aumentando los ingresos o bien reduciendo los gastos. Por la vía del aumento de ingresos el déficit se puede reducir eliminando las SICAV de las grandes fortunas, que tributan al Estado el 1% mientras que las rentas del trabajo lo hacen el 43%; aumentando la fiscalidad sobre los beneficios de las empresas, beneficios que han aumentado en un 25% en los primeros cuatro meses del año o recuperando el Impuesto sobre el Patrimonio. Por su parte, por la vía de la reducción del gasto es posible reducir el déficit eliminando ministerios que no sirven para nada, como el de Igualdad o el de Cultura; reduciendo el número de asesores y altos cargos; dejando de dar subvenciones para las cosas más peregrinas, como películas que ya de antemano se sabe que nadie va a ir a ver –está bien pagar los favores, pero no tanto- o suprimiendo de una vez las ayudas a la Iglesia Católica, que no tienen sentido en un Estado aconfesional y laico. Pero sobre todo se pueden hacer dos cosas para reducir el gasto. En primer lugar una profunda reforma del la estructura de un Estado que tiene 18 Administraciones distintas, con 18 gobiernos distintos y sus correspondientes asesores y altos cargos, todos ellos mantenidos a costa de las arcas públicas, y en segundo lugar colocando ministros competentes. Esas si serían medidas valientes. De todas formas la pregunta de fondo es por qué es necesario reducir el déficit, ¿porque lo necesita el país o porque lo exigen el FMI y los mercados que mantienen secuestrados a Europa y a sus políticos?.
 Es falso que las medidas tomadas sean progresivas. Si los ministros se rebajan el sueldo un 15% y la media del descuento salarial es del 5%, para que fueran realmente progresivas un ministro debería ganar un 10% que la media de los funcionarios (de todos los ciudadanos, en realidad, como se verá a continuación). Y aquí ya sobran los comentarios.
 Es falso que sólo afecten a los funcionarios. Rebajando el salario a sus trabajadores el Gobierno ha dado carta blanca para que las empresas privadas hagan lo propio. No se puede argumentar contra una rebaja general de los salarios si el Estado es el primero que lo hace. Pero es que además esta medida, aunque sea la más espectacular, no es la de mayor calado. La rebaja de seis mil millones en inversión pública va a suponer, para que todo el mundo lo entienda, menos y peores carreteras, menos y peores hospitales, menos y peores escuelas, etc., etc.
 Es falso que nada de esto vaya a reactivar la economía. Menos inversión pública significa menos proyectos, menos trabajo y más paro. Las industrias farmacéuticas ya han anunciado que el recorte del gasto en medicamentos va a suponer la pérdida de veinte mil puestos de trabajo. Y una rebaja de los salarios supone menos consumo, más dificultad para obtener hipotecas, un parón en la economía y por lo tanto más paro. Esto es lo que hay, independientemente de lo que digan los periódicos, los tertulianos, los analistas de toda laya y los voceros del Gobierno. No es de extrañar que el señor Blanco vaya a explicar el plan de ajuste en La Noria: es el único sitio dónde se puede hacer.
Y por supuesto es falso que el Gobierno le vaya a subir los impuestos a “los ricos”.


jueves, 13 de mayo de 2010

Grecia

Dicen que se puede engañar a todas las personas durante algún tiempo o a algunas personas durante todo el tiempo pero que no se puede engañar a todas las personas durante todo el tiempo. Mientras la clase política sigue mirando a Italia como el modelo a seguir -y los medios de comunicación continúan, como siempre, mirándose el ombligo- quizás la clase trabajadora debería volver la vista hacia Grecia como único contramodelo posible. Parece que, como antaño, los griegos han conseguido descubrir la verdad oculta tras los velos de Maya de una crisis financiera de los ricos y para los ricos y han decidido no dejarse engañar más. La violencia de la respuesta de la clase trabajadora griega no es más que un pálido reflejo de la violencia que se está ejerciendo, no ya sólo sobre ellos, sino sobre los ciudadanos de todo el mundo por parte de los mercados financieros, corregida y aumentada por los dirigentes políticos de todo signo (no se olvide que en Grecia es la socialdemocracia la que impone los recortes salvajes de los derechos sociales). Cuando ya no hablamos de una crisis industrial, ni siquiera de una crisis financiera, sino de una crisis de deuda provocada por las políticas económicas dictadas por el FMI (por cierto, que su presidente también es socialdemócrata) y exacerbada (y facilitada) por la avaricia personal de unos cuantos especuladores bursátiles, la respuesta griega, aun violenta, es la única posible.
 Porque en el fondo de lo que se trata aquí –y es lo que hay que decir, aunque sea a pedradas- es de un robo puro y simple, ya ni siquiera explotación capitalista. Se trata directamente de quitar dinero a los trabajadores –de sus sueldos, de sus seguros sociales, de sus jubilaciones, de donde sea- para dárselo a los brokers, a los banqueros y a los empresarios, sin molestarse ya en disimularlo. Es mentira que los recortes en salarios y en prestaciones sociales sean la única salida a la crisis de la deuda griega –y la española (1), la portuguesa y la italiana dentro de poco- . Y es mentira porque los trabajadores no han provocado el problema y no tiene por qué pagarlo. La solución es tan fácil como recortar los beneficios astronómicos de las empresas, dejar de pagar intereses que rozan la usura y que sólo van a engrosar los bolsillos de los especuladores y, por qué no, meter a unos cuantos ejecutivos en la cárcel. Esto, al fin y al cabo, ya se ha hecho, y no en Cuba o en Venezuela, sino en los Estados Unidos, la cuna del capitalismo. Pero es que a lo mejor los americanos son más listos y se han dado cuenta de que, o se hace así, o el sistema revienta por abajo: no se puede engañar a todo el mundo durante todo el tiempo…
 En Grecia se han dado cuenta ya de que el emperador está desnudo. Y se han dado cuenta a través de la única salida que les queda a los ciudadanos de a pie en momentos como estos: la violencia. Violencia que contrarresta la de este Robin Hood invertido que roba a los pobres para dárselo a los ricos. La violencia utlizada como autodefensa es inteligencia, dijo Malcolm X.
 La señora Merkel dice que la crisis de la deuda griega y sus consecuencias pueden destruir Europa. Si, la Europa que ellos han construido sin contar con los europeos. La Europa del Tratado de Lisboa, la Europa de los mercaderes. Si esta es la Europa que se viene abajo entonces quizás haya que acelerar su destrucción. A lo mejor el espíritu de Nietzsche revolotea sobre las piedras de los manifestantes griegos. Y a lo mejor es a eso a lo que temen los filisteos del poder


(1).- A la hora de escribir este artículo el Gobierno español acaba de anunciar unas medidas de ajuste tan draconianas o más que las griegas, medidas que serán objeto de comentario en este blog en las próximas semanas

viernes, 7 de mayo de 2010

Y dale con el pañuelito

 A decir verdad todo este asunto del velo, o del pañuelo, o del yihab, o como quiera que se llame ya está resultando un poquito pesado. Como de costumbre, aquí todo el mundo se acuerda de Santa Bárbara cuando truena y resulta sintomático observar cómo un asunto que en circunstancias normales no habría ocupado más que unas pocas líneas en la sección local del periódico del día y un comentario breve en alguna televisión se ha convertido en tema de cabecera de todos los diarios, tertulias y conciliábulos más o menos mediáticos. Y es que todo el mundo se pone de acuerdo –independientemente de creencias, ideologías o servidumbres- cuando se trata de tapar cosas como las Gürtels, las cifras del paro o la pedofilia sacerdotal. Así que todos de la manita a ver hasta qué punto se puede manipular la realidad y tergiversar el sentido común. Leire Pajín y monseñor Martínez Camino asociados con Esperanza Aguirre para defender el derecho de una niña a taparse la cabeza porque lo ordena su religión, que uno de verdad ya no sabe dónde está el problema si resulta que todos están de acuerdo en lo mismo. La política y los intereses hacen extraños compañeros de cama, aunque resulte conveniente no andar cerca de una cama con un sacerdote al acecho.
 Lo que resulta más, no se si impactante o desesperante, es la facilidad que tienen todos estos individuos –políticos, periodistas, opinadores profesionales o curas- para retorcer la semántica y corromper el lenguaje, para tergiversar las palabras y conseguir no sólo que ya no signifiquen lo que significan, sino incluso que siempre hayan significado lo que ellos quieren que signifiquen. Me explico.
 Ahora resulta que todo este asunto es una cuestión de libertad. De momento no sabemos muy bien si de libertad religiosa o de libertad individual –que es mucho más amplia que la primera y la abarca, eso, cuando no la contradice, pues la religión tiene por norma dirigir la vida de los individuos, esto es, atentar contra su libertad individual-. Hasta donde yo se la libertad religiosa consiste en permitir que cada uno profese la fe que le de la gana: musulmana, católica, rastafari (por cierto, me pregunto qué pasaría si alguien aludiendo a su libertad de profesar la religión rasta se dedicara a fumar marihuana en un aula) e incluso ninguna. Y como la libertad religiosa es eso no entiendo qué tiene que ver que a una niña le prohíban taparse la cabeza con que le prohíban profesar la fe islámica, porque me parece que una cosa no quita a la otra y aquí nadie ha obligado a nadie a abjurar de sus creencias.
 La libertad individual tiene más que ver con que cada uno puede hacer con su vida lo que quiera –incluso fumar-. Pero nótese bien que se trata de hacer lo que uno quiera, no lo que los demás le digan. Aunque uno piense que es libre obedeciendo la voluntad de los demás, en realidad no lo es, porque no vive su vida, sino la que otros le imponen. Considerando que el velo es, en el mejor de los casos una imposición religiosa y, en el peor, una imposición de los padres, los hermanos, los esposos o los novios de las veladas, su uso es algo que tiene muy poco que ver con la libertad individual. Y en todo caso, ambas libertades tanto la religiosa como la individual hacen referencia exclusiva al individuo, al ámbito privado de la persona y deben, por lo tanto, ser reguladas en el ámbito público.
 Al final me estoy temiendo que todo esto va a terminar como la sociedad del Gran Hermano (la de la novela de Orwell, no la otra) y al final va a resultar que las tropas occidentales desencadenaron una guerra en Afganistán para imponer el uso del burka a las mujeres, mujeres que antes de la invasión eran libres para hacer, decir, pensar y vestir como quisieran (porque el Corán no dice que las mujeres no tienen alma, ni las compara con los animales, ni constituyen el premio para los que mueren en la yihad, que va). Sólo es cuestión de tiempo en toda esta ceremonia de la confusión con tantos concelebrantes.

lunes, 3 de mayo de 2010

El milagro educativo

 No hace mucho me llamó la atención un hecho que, pensándolo bien, no debería de sorprender tanto. En un importante periódico de información general la sección de educación ocupaba una triste columna en un rincón perdido de una página interior, mientras que la sección deportiva –con amplios análisis y comentarios de los partidos del fin de semana y la carrera de Fernando Alonso- abarcaba sus buenas veinte páginas. No es de extrañar, a la vista de tal reparto de la información, que vivamos en uno de los territorios más analfabetos del mundo conocido. Porque no se nos olvide que son los medios de comunicación los que deciden qué es y qué no es informativamente relevante: qué es y qué no es noticia. Son los medios, en definitiva, los que crean opinión pública y dicen a los ciudadanos qué deben saber o qué les debe interesar.
 Claro está que los medios de comunicación no tienen un interés especial por mantener o crear esta situación, y tampoco lo hacen por capricho o entretenimiento. Lo cierto es que nuestros gobernantes, desde tiempos inmemoriales, no han sido precisamente unas lumbreras. Desde la usurpadora Isabel I, que, eso si, rezar sabía, pero poco más –aunque hay que reconocer que su marido Fernando, si no culto, al menos era astuto- pasando por toda su descendencia austriaca –con la excepción de Felipe II: el tuerto en el país de los ciegos- y los primeros Borbones –salvedad hecha de Carlos III- hasta llegar a los tumultuosos, políticamente hablando, siglos XIX y XX, donde se siguen sin solución de continuidad monarcas rematadamente estultos – Carlos IV, Fernando VII, Isabel II y los Alfonsos- y militarotes tabernarios –salvemos también a los Cánovas, Sagastas, Salmerones o Azañas-, culminado todo ellos con la guinda del ínclito Generalísimo, la preparación intelectual de nuestros dirigentes ha sido un erial baldío
 Así que esta es la historia de nuestros gobernantes durante los últimos seis siglos. ¿Y ahora?. Pues más de lo mismo, como no podía ser de otra forma. Llevamos quince años padeciendo gobiernos de analfabetos uno detrás de otro. Presidentes que no saben hablar inglés (bueno, ni castellano), Ministros y Ministras sin estudios superiores, que ni siquiera conocen los datos más básicos de la cultura contemporánea (recuerden aquello de Sara Mago), dirigentes políticos que no tienen ni la más remota idea de la Historia de España y confunden dinastías, padres con hijos, nietos con abuelos y tíos con sobrinos o portavoces parlamentarios y Secretarios Generales con cerebros de mosquito que carecen de la más mínima noción de ciencia política, de historia política, de filosofía política ni de nada de nada.
 Estamos gobernados por una caterva de analfabetos y de ignorantes, así que a nadie debe extrañar que la sociedad sea cada vez más analfabeta e ignorante, que por cada página de cultura en un diario de información general haya veinte de deportes. Que la masa social sólo se informe a través de los periódicos deportivos o los panfletuchos que reparten en la entrada del Metro y que los programas más vistos sean, no ya los del corazón, sino los de la trifulca pura y simple. Así que lo mejor es que nos desengañemos. El que nuestros estudiantes sean los más tontos de Europa después de los de Portugal y Malta no es un fracaso: es un auténtico milagro.

viernes, 23 de abril de 2010

Pañuelo islámico y cuentos infantiles

Antes de entrar a opinar subjetivamente sobre la conveniencia o no de permitir la entrada en las aulas a alumnas tocadas con el pañuelo islámico (islámico, de Islam, que hasta donde yo se es una religión) habría que tener en cuenta unos cuantos hechos objetivos. El primero es que nadie obliga a nadie a emigrar y mucho menos a permanecer en un país en el que no está a gusto. Cuando uno emigra sabe que debe respetar las normas, las leyes y las costumbres del Estado que le acoge y no intentar imponer las suyas. Insisto: en un país democrático occidental nadie está obligado a permanecer si no quiere. El segundo es que los yihabs, chadores, burkas o lo que sea, son símbolos religiosos, no culturales, o al menos no primordialmente culturales, de la misma forma que un crucifijo es un símbolo religioso y no cultural (y esto lo saben muy bien los imanes). Y son símbolos religiosos que además materializan la discriminación de la mujer típica en el Islam. A ver si ahora resulta que hemos hecho una guerra para liberar a las mujeres afganas del uso del burka (que, por cierto, no ha servido para nada) y vamos a permitir que se use en nuestras aulas.  El tercero es que no se pueden establecer agravios comparativos tomando como fundamento un supuesto respeto a las creencias religiosas. Si una alumna puede estar en un aula con la cabeza cubierta entonces cualquier otra u otro puede reivindicar su derecho a llevar una gorra, un pasamontañas, un sombrero de copa, una túnica de hare-krishna o ir directamente en pelotas si le parece oportuno.
 Pasemos ahora a las opiniones subjetivas. La más extendida es la que afirma que el pañuelo de marras es una costumbre y un signo de identificación cultural. Yo creo que ya ha quedado bastante claro que no lo es: es un símbolo religioso que no se debe admitir en las aulas públicas de un Estado laico, como tampoco se deben permitir los crucifijos. Y aun en el supuesto caso de que realmente fuera una costumbre es una costumbre que tiene como objeto discriminar y humillar a la mujer, como la ablación de clítoris o los matrimonios forzados de niñas de doce años. Y a nadie se le ocurrirá que estas barbaridades deban ser respetadas tomando como fundamento su valor cultural.
 Se dice también que prohibir el uso del velo islámico es crear un problema donde no lo hay y que en todo caso es un mal menor si se obtiene a cambio la escolarización de sus portadoras. Quizás sea crear un problema donde no lo hay (yo creo que si que existe el problema) pero lo que es cierto es que permitir su uso a la larga puede crear otros problemas más graves, como la radicalización de la sociedad. En todo caso los problemas se solucionan cogiendo el toro por los cuernos y no abandonándolos en el rincón de la ambigüedad legislativa. Las organizaciones islámicas anuncian manifestaciones y todo el mundo se echa a temblar. Supongo que tendrán el mismo derecho a manifestarse que los obispos, pero en todo caso –y en lo tocante a su dignidad personal- más valdría que lo hicieran en Rabat. En cuanto a lo de la escolarización, pues bueno, viene a ser lo mismo que se hace con los alumnos no musulmanes: el caso es que estén escolarizados, da igual lo que hagan o lo que aprendan en la escuela.
 Por si alguien piensa que esto puede agitar a la derecha racista y xenófoba le recomiendo que lea los textos de Marx sobre el papel de los ingleses en la India y la religión hindú. A lo mejor el problema está en el discurso de una izquierda progre que hace mucho que ha perdido el norte. Resulta curioso escuchar a los mismos que cada día recortan un poco más la libertad individual de los ciudadanos apelar a esa misma libertad a la hora de usar el velo: no hay ninguna libertad individual en una imposición religiosa. Y hay que reconocer que, en este caso, el cristianismo es superior al Islam. Al menos los cristianos son conscientes de que son un rebaño dirigido por un pastor. Esto es algo que el cristianismo nunca ha escondido.
 En cualquier caso resulta cómico que por un lado se pretendan cambiar los cuentos infantiles de toda la vida porque –oh sorpresa- resultan machistas y por otro se ponga el grito en el cielo cuando se intenta poner coto al uso de una prenda que, en su concepción y en su imposición es el prototipo de ese mismo machismo.

domingo, 18 de abril de 2010

Cuestión de precio

A estas alturas ya no creemos en las casualidades. Las supuestas casualidades no son más que la conexión natural y lógica de hechos que, si bien han podido permanecer ocultos durante un tiempo –y eso es lo que lleva a pensar en una casualidad- tarde o temprano acaban saliendo a la luz. Si se analiza desde esta perspectiva el procesamiento -no por esperado menos sorprendente- del juez Garzón, quizás nos topemos con el objetivo último que desde el primer momento puso en marcha todo este despropósito. Porque no es ninguna casualidad que el auto de procesamiento de dicho juez haya coincidido en el tiempo y en el espacio con la apertura del sumario de la trama de corrupción política y, sobre todo, empresarial, conocida como “caso Gürtel”. Y no es ninguna casualidad por dos motivos. El primero porque sirve como cortina de humo para tapar el asunto verdaderamente importante, que no es otro que la apertura de dicho sumario –cortina de humo robustecida por el interés bastardo de determinados medios de comunicación-. El segundo, y seguramente el que más peso ha tenido en la decisión del magistrado Luciano Varela, porque desactiva y deja fuera de juego de manera casi definitiva al instructor de dicho sumario. Y lo hace, y esta es la clave de todo este asunto, de forma retroactiva. El procesamiento y más que previsible condena del juez Garzón le inhabilita no sólo para ejercer sus funciones en un futuro, sino, sobre todo, lanza un velo de sospecha sobre las investigaciones que ha llevado a cabo en un pasado reciente, especialmente las relacionadas con la trama corrupta mencionada. Si se acaba demostrando que el juez Garzón es un delincuente, eso significaría que todos aquellos a los que haya podido imputar han de ser necesariamente inocentes. Eso, al menos, en la mente del magistrado Varela y de todos los que han movido los hilos (y el bolsillo) hasta llegar a tan estrambótica situación.
No nos engañemos. El magistrado Varela no es ningún camisa vieja nostálgico del viejo régimen. La motivación última de su decisión de procesar al juez Garzón es desmontar el caso Gürtel. Las querellas de Falange y Manos Limpias han sido tan sólo la excusa perfecta para hacer algo que, de todas maneras, con denuncias o sin ellas, ya se había decidido hacer. De hecho, no es descartable que las propias denuncias no estén movidas por los mismos intereses que pretenden que la justicia se olvide del asunto Gürtel. Y tampoco hay intereses políticos en la decisión de la Sala Segunda del Tribunal Supremo. El hecho de que los imputados por Garzón sean en su gran mayoría miembros del PP poco o nada ha pesado en su decisión. Lo que ha puesto en marcha todos los resortes de la desvergüenza han sido los intereses económicos. No se trata de que el juez haya imputado a Presidentes autonómicos, Consejeros, Alcaldes o Concejales. Se trata ni más ni menos de que ha imputado a empresarios. Los mismos que manipularon unas elecciones para conseguir que ganara su candidata sobornando a los parlamentarios autonómicos Tamayo y Sáez. Los mismos empresarios que ven como la actuación del juez Garzón puede hacer peligrar ese negocio tan bien montado durante todos estos años. Al fin y al cabo el dinero mueve montañas y compra voluntades. Y hay que ser muy ingenuo para no darse cuenta de que si se pueden comprar políticos, al fin y al cabo, también se pueden comprar jueces, aunque sean del Tribunal Supremo. En último término tan sólo es cuestión de precio.