viernes, 20 de junio de 2014

Educación y nuevas tecnologías

Los jóvenes de hoy en día tienen su mente estructurada para obtener una satisfacción inmediata de los estímulos que reciben. Su educación, fundamentada sobre todo en la televisión y los videojuegos, los ha hecho así, de tal forma que cualquier actividad que implique un esfuerzo y cuya satisfacción se dilate en el tiempo es rechazada de forma automática. Es por ello que son ellos mismos los que exigen un sistema memorístico, ya que el esfuerzo de estudiar de memoria unos cuantos apuntes es mucho menor que el de comprenderlos y la satisfacción, cuando se trata de estudiar para un examen y obtener la calificación uno o dos días más tarde, mucho más inmediata que la que puede ofrecer una reflexión pausada de una serie de contenidos. Reflexión que, posiblemente, no de resultados sino muchos años más tarde. De esta forma, cuando los contenidos que se imparten en el aula no se corresponden con esta exigencia de satisfacción, los alumnos se aburren, y como se aburren están legitimados, parece ser, para obviar las más elementales normas de disciplina. 

 Es un mito muy extendido que los adolescentes quizás no sepan quién era Cervantes, pero tienen un conocimiento amplio de las nuevas tecnologías. Cuando en una clase tienes que decirles a los alumnos que presentan trabajos escritos en un ordenador que en los procesadores de texto existe una herramienta llamada “corrector ortográfico”, cuando son incapaces de hacer una búsqueda selectiva en Internet, cuando no pueden diseñar una página Web con cualquier programa sencillito e intuitivo, cuando son incompetentes para hacer un blog porque ni siquiera saben lo que es, cuando desconocen la forma de entrar en un foro de discusión, cuando un profesor –como es mi caso- les cuelga los apuntes en su propia página y sólo el diez por ciento de los alumnos los consultan, porque el resto no sabe navegar por ella, entonces queda claro que sus conocimientos de las nuevas tecnologías quedan reducidos al “tuenti”, los videojuegos y algunas funciones de su teléfono móvil. Mal que les pese a los mitólogos de la educación lo cierto es que la gran mayoría de los profesores están bastante más preparados para las nuevas tecnologías que sus alumnos.

lunes, 9 de junio de 2014

¿Era Marx un indignado?

Si hubiera que buscar un rasgo definitorio en el maremágnum ideológico  -en todos los sentidos del término “ideológico”-  en que se ha convertido la izquierda actual, éste habría de ser que, de una u otra manera, comparta, participe o tenga alguna reminiscencia del pensamiento de Marx. Incluso en el caso de la socialdemocracia, que ha renegado oficialmente del marxismo, no cabe duda de que sus orígenes remotos se encuentran en éste. Mucho más, entonces, cuando nos referimos a movimientos que se autocalifican como marxistas. Esta es una hipótesis que puede ser discutible –la de que la izquierda, para ser izquierda, debe de alguna manera ser marxista- pero espero que, al menos, se me permita elegir mis propias hipótesis.
            Desde esta premisa vamos a analizar los últimos movimientos aparecidos en el panorama de la izquierda española, y vamos a intentar responder a la cuestión de si la indignación en la que se sustentan cabe en un planteamiento marxista o, si los planteamientos de Marx pueden, de alguna manera, tener su origen en la indignación o en algún otro sentimiento similar, como paso previo a considerar si estos movimientos pueden ser calificados de marxistas. La respuesta al primer planteamiento es no. Y no por tres razones distintas e interconectadas. La primera de ella es metodológica e inducida a partir de los escritos económicos de Marx, aquéllos que contienen el peso específico de su pensamiento –a pesar de Althusser- y tiene que ver con la complejidad conceptual de sus nociones básicas. Las otras dos, de carácter polémico, se encuentran explícitamente formuladas en la obra marxiana y tienen que ver con su crítica al filantropismo –o filantropía- y al socialismo utópico.
            Las piedras angulares del pensamiento de Marx son los conceptos económicos. Nociones como fetichismo de la mercancía, valor, plusvalía, fuerza de rabajo o relaciones de producción, tienen su origen en la economía política clásica y en el análisis de Marx se convierten en conceptualizaciones complejas que sirven para explicar no sólo como se comporta el sistema económico, sino también cuáles son los fundamentos teóricos para poder transformarlo. Por otra parte, la consideración de la trasposición del producto en mercancía o el análisis de la prevalencia del valor de cambio sobre el valor de uso se apoyan en una concepción dialéctica heredada de Hegel y trasfigurada en materialismo histórico. En ninguna de estas concepciones que, repito, son la base del pensamiento marxiano, es posible encontrar ni un solo rastro que nos indique que tienen su origen en un sentimiento, por muy racionalizado que éste pueda estar.
            Por otro lado, en el Manifiesto Comunista, Marx y Engels caracterizan lo que ellos denominan como “socialismo burgués” como filantrópico. La filantropía se define como “el amor a la humanidad”, como sentimiento entonces y, por tanto, se activaría a partir de los sentimientos que provoca el sufrimiento de aquello que se ama, en este caso la humanidad. Para Marx, la filantropía no es más que una manera de maquillar el sistema capitalista, pues olvida cuales son las causas –susceptibles de ser estudiadas científicamente- que provocan ese sufrimiento; es el instrumento de los poderosos para seguir manteniendo intactas las estructuras sociales y, a  lo sumo, a lo más que conduce es a un reformismo superficial. La filantropía sería el trasunto laico del cristianismo.
            Por último, Marx definió su socialismo como “científico” y lo enfrentó a las corrientes anteriores del socialismo utópico. Así, el consideraba que su sistema su fundamentaba en leyes científicas –en concreto en leyes económicas e históricas que, es cierto, se podría discutir si son realmente científicas- frente al socialismo utópico que tenía su raíz en los sentimientos que provocaba la contemplación de las condiciones de vida de los trabajadores en el modo de producción capitalista y que, como en los casos de Owen o Fourier, se encauzaba a intentar paliarla en lo posible.

            Uno puede estar indignado, uno puede ser un indignado, por supuesto, incluso puede ser un marxista indignado (el propio Marx si levantara la cabeza y viera la situación de la izquierda española, con la que, por cierto, le unían lazos estrechos, se indignaría y mucho). Pero un indignado marxista mucho me temo que es una contradicción en los términos.

martes, 3 de junio de 2014

¿República?. ¿Qué República?

Qué ganas tengo de vivir en un país normal. Un país normal donde acontecimientos normales –aunque importantes- se desarrollen de forma normal. Pero no, aquí de todo tenemos que hacer una tragedia griega. No me imagino yo a los monárquicos franceses –que hay muchos- pidiendo un referendo cada vez que un presidente termina su mandato, ni los republicanos holandeses –que hay muchos, no en vano la República se inventó en Holanda- pidieron un referendo tras la abdicación de la reina Beatriz. Pero cada día estoy más convencido de que aquí tenemos un déficit racional situado a nivel genético profundo. Aún así, quiero pensar –más bien estoy seguro- que los grupos que promueven ese referendo son conscientes de que no se va a celebrar y que sólo están realizando movimientos tácticos de cara a las próximas elecciones, comportándose de forma racional en suma. Sólo así se explica que se pida ahora, y no hace diez años -pues en tanto modelo de Estado la situación es la misma- cuando, con la economía viento en popa y toda la población con su chalet, su coche nuevo y su televisor de cincuenta pulgadas, plantear una transición republicana hubiera sido un suicidio político. De la misma forma están tomando posiciones el PP y el PSOE; y atentos al PSOE: si Juan Carlos tuvo su político, que fue Suárez, Felipe tiene el suyo que es Eduardo Madina.
            Pero vamos a suponer que, a pesar de todo, dicho referendo se lleva a cabo, lo cual, en puridad, no sería sino una muestra de normalidad democrática –eso que nos falta- y no algo extraordinario. De los dos escenarios posibles –pues excluyo aquel en el cual la diferencia fuera tan irrelevante que condujera directamente al enfrentamiento civil- el que cuenta con un número mayor –mucho mayor- de probabilidades es aquél en el cual la opción republicana resulte derrotada –y hace falta no tener ni idea de cuál es la realidad sociológica de este país para pensar lo contrario-. En este caso la bofetada que se daría la izquierda –pues es la izquierda la que promueve la república: ni la derecha ni la izquierda moderada, ambas por razones estratégicas- sería de las que hacen época y los réditos electorales de la derecha serían casi ilimitados, con lo cual la situación social que provoca este referéndum, y que es sobre la que hay que actuar, saldría reforzada. Tendríamos derecha y recortes sociales por mucho tiempo. El referendo sería en este sentido una bomba que estallaría en la cara a sus promotores. Pero hay algo más. Las masas que siguen a aquellos que piden un referendo dan por hecho que éste no es más que un trámite previo a la instauración de la República. Ni siquiera consideran su resultado. En su imaginario identifican los dos acontecimientos: referendo es ya República. La conclusión necesaria de este proceso sería la aparición de grupúsculos que no aceptarían el resultado y que, por transición lógica, se constituirían en  grupos de resistencia armada y el terrorismo -con los beneficios electorales que le produce a la derecha- volvería al escenario político.
            Pero supongamos que, contra todo pronóstico, se da el segundo escenario posible y el resultado del referendo es favorable a la República. Habría entonces que determinar cuál es el modelo de República que se desea, y aquí los promotores del referendo, que con cierta razón se considerarían los vencedores del proceso, impondrían su república –porque que nadie se engañe: aquí no se pide una república en general, se pode una república muy concreta-. No quiero recordar aquí las alabanzas a los sistemas venezolano y cubano que salen constantemente de sus filas, pero sí que en estas tesituras los nacionalismos se considerarían legitimados para iniciar un proceso de descomposición del Estado –algo que no sería la primera vez que pasa-, mientras que los capitales saldrían disparados del país, y los mercados, que buscan por encima de todo la estabilidad, apretarían hasta la asfixia el dogal. La situación social se deterioraría a marchas forzadas –al menos eso he de pensar mientras no se me aclaren cuáles son los mecanismos con los que se paliarían estas circunstancias- y todo quedaría dispuesto para una intervención del Ejército –y quien piense que eso es imposible es que vive en el país de las hadas-, legitimada, además, por el cumplimiento de su misión de defensa de la Constitución. La III República, así, duraría menos que la I y acabaría peor que la II.

            Plantear un cambio en el modelo de Estado cuando la situación social es un desastre –y, sobre todo, cuando este desastre no ha sido causado por el modelo de Estado y, por lo tanto, no se va a solucionar con el cambio de modelo de Estado- es una muy mala idea. Y yo, que soy republicano, sé que es una muy mala idea. Los cambios profundos en la estructura del Estado cuando las cosas van mal sólo hacen que vayan peor –y hay innumerables ejemplos en la historia, el último el de Egipto-. Hay que hacerlos cuando las cosas van bien, pero cuando las cosas van bien no hay interés, por parte de nadie, en hacerlo. España tiene en la actualidad problemas mucho más graves que quién ocupa una jefatura del Estado que, en el fondo, no deja de ser una institución simbólica y la izquierda tiene problema mucho más graves que resolver después de la derrota en las elecciones europeas. A la persona que espera en el pasillo atestado de las urgencias de un hospital público a que le atiendan –yo también se ponerme populista- le importa un rábano si su representación internacional la asume un rey o un presidente.

viernes, 30 de mayo de 2014

Hechos

Un hecho es un suceso que ocurre en la realidad, independientemente de las interpretaciones que se realicen sobre él. Los hechos existen, aunque estén cargados de teoría. La derecha ha ganado las elecciones, en España y en Europa: esto es un hecho.
            La acción política tiene como objetivo el control del poder (político), y este objetivo se puede conseguir de muchas maneras. Una de ellas es exhibir unos ideales puros e inocentes desde una situación de superioridad moral, lo que supone que se está en posesión de una verdad absoluta que todos deben compartir si no quieren estar equivocados. Pero uno es libre de estar equivocado, de no compartir la verdad absoluta, quizás porque no cree en verdades absolutas. El primero no es el camino del fortalecimiento de la democracia sino, más bien, el del totalitarismo –Hayek dixit-.
            Esto es una premisa y, bajo esta premisa, parece ser que la acción política debe estar guiada por la razón o, al menos, debe ser una acción racional. Una acción racional en su sentido más amplio, es decir, sustentada en el cálculo racional para obtener el mayor beneficio. Es difícil comprender la efectividad política que a nivel europeo pueden tener cuatro o cinco diputados que se van a integrar en un grupo parlamentario mayor –pero que no es el mayor- en el que cualquier iniciativa puede diluirse hasta quedar reducida a la nada: porque, a veces, de tanto apoyar uno se acaba cayendo (con todo el equipo), aunque aquel a quien se apoya sea el nuevo Platón o la gran esperanza roja.
            Tal y como están las cosas no es difícil de entender que el único beneficio que cabe buscar en la acción política concreta es defender un sistema de libertades y derechos sociales básicos que está en peligro (y, con él, la democracia). Yo no dudo que este sea el objetivo de todos los grupos izquierda que se han presentado a –y han perdido- las recientes elecciones europeas y no el futurible político de acabar con el capitalismo, algo que implica la existencia previa de ese sistema de libertades que se trata de defender (sistema que, no lo olvidemos, es una consecuencia del propio capitalismo). Cuando estamos regresando a estados sociales propios de etapas anteriores al desarrollo del capitalismo industrial avanzado no hay que pensar en salir de euro, sino en defender la libertad de pensamiento y expresión. Hasta Lenin fue consciente de que era necesario contar con los mencheviques en un momento determinado: El cálculo racional exige unir fuerzas para proteger aquello que, programáticamente, todos defienden, y no dividirlas. Ya dije en su momento que el 15-M sólo beneficiaba a la derecha y los hechos me siguen dando la razón.

            Uno de los motivos de euforia –y objeto de la gran mayoría de los finos y sesudos análisis post electorales- es el final del bipartidismo. Esto no es un hecho o no es un hecho cierto, que viene a ser lo mismo. Sigue habiendo dos grandes formaciones políticas preponderantes y un montón de formaciones pequeñas que tendrán que tomar alguna decisión si quieren ser efectivas. Y esa decisión pasa necesariamente por apostar por alguna de las dos grandes formaciones. Pero, además, tampoco está tan claro que el bipartidismo sea tan nefasto. Al menos no lo es en Estados Unidos y Gran Bretaña, las dos democracias más antiguas del planeta. Y no creo que se pueda poner en duda esto, como tampoco creo que se pueda pensar que España, o Alemania, pueden dar lecciones de democracia a estas dos naciones. Se dice que el bipartidismo no recoge todas las opciones políticas de la sociedad civil, que no representa a todos. Pero lo mismo se podría decir del tripartidismo, de tetrapartidismo o del pentapartidismo (y, hablando de pentapartidismo, piénsese en Italia y las dificultades de gobernar un Estado con multitud de formaciones políticas distintas). Todo el mundo tiene una opinión, así que, teniéndolo en cuenta todo, y reduciendo al absurdo, el sistema debería de tender a un n-partidismo, siendo n el número total de habitantes del país, de tal forma que cada uno se represente a sí mismo a través de un partido político del que él sería el único miembro. Esto no es un hecho, pero podría llegar a serlo.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Ley

 El concepto de Ley remite de forma inmediata, en el imaginario colectivo, a aquella o a aquellas normas sociales institucionalizadas en un sistema de derecho, que son objeto de control judicial y cuyo incumplimiento supone una sanción penal o administrativa. Sin embargo, la idea de ley es anterior, si no histórica, si al menos ontológica y metodológicamente a esta concepción social, en tanto en cuanto la ley es, también y sobre todo, ley natural. En efecto, la característica definitoria de la ley social –que debe ser cumplida siempre y en todas las circunstancias-no es más que una trasposición de la ley natural, que siempre y necesariamente se cumple en la Naturaleza. La ley social no es así más que un trasunto de la ley natural, con la diferencia fundamental de que mientras que el cumplimiento de la ley natural viene dado por la propia existencia de la ley –como se decía una ley natural siempre se cumple, y si no se cumple entonces no es una ley- las leyes sociales no siempre necesariamente se cumplen –aunque su aspiración como leyes es que así sea- y de ahí la necesidad de una sanción que asegure, de forma externa a la propia ley, su cumplimiento.. las leyes sociales aspiran a ser leyes naturales, pero el campo de su aplicación es distinto: mientras que la ley natural rige la naturaleza, y por lo tanto todos los organismos están sometidos a ella, la ley social es la que ha de regir la sociedad, y en este sentido todos los organismos sociales estarían sometidos a ella. Ahora bien, mientras que un organismo humano, en tanto que natural, no puede decidir no cumplir una ley natural, ese mismo organismo, en tanto que social, puede decidir no cumplir una ley social: es libre de cumplirla o no cumplirla asumiendo la responsabilidad de la sanción correspondiente.
 Los sofistas –los grandes perdedores de la Historia de la Filosofía- fueron los primeros y principales sintetizadores de esta idea. Se dieron perfecta cuenta de la diferencia entre ley natural y ley social y, así, afirmaron que el ser humano tan sólo está necesariamente sometido a las leyes naturales –que son las únicas necesarias y universales- mientras que las leyes de la polis eran relativas, estaban edificadas sobre intereses tanto personales como sociales y, en principio, los individuos no estaban necesariamente obligados a cumplirlas y, si lo hacían, era más bien por evitar las sanciones derivadas de su no cumplimiento –como se muestra en la historia del anillo de Giges que el sofista Glaucón expone en La República platónica- que por una auténtica necesidad, si no ontológica, si social. Es decir, a ley social es relativa, tanto en su formulación como en su cumplimiento, y las únicas leyes universales son las leyes naturales. Ahora bien, el hecho de que las leyes naturales sean universales y necesarias hace inútil cualquier intento de manipularlas en el propio beneficio, lo que las separa así de las leyes sociales que si que pueden ser manipuladas y modificadas según la voluntad o el interés. Esta es la idea que recogen los estoicos: el estudio de las leyes de la Naturaleza es necesario para comprender su inevitabilidad y la inutilidad de pretender cambiarlas. El sabio, así, es aquél que conoce la Naturaleza y, gracias a este conocimiento comprende aquella inevitabilidad y se libera de preocupaciones con respecto a aquello que es inamovible. En palabras de Spinoza, la libertad está en comprender la necesidad.
 Quizás esta diferenciación entre ley natural y ley social sea la que se confunde en la actualidad y, así, mientras que se pretende una y otra vez luchar contra leyes naturales, y no se termina de comprender la inevitabilidad de hechos como la muerte, se aceptan como universales y necesarias las leyes sociales, se asumen y se renuncia a modificar aquellas que se muestran como manifiestamente injustas.

martes, 20 de mayo de 2014

Libertad / y 3


La libertad positiva supone la existencia de la libertad negativa (no al contrario) pero no es la única condición para su efectividad. La libertad positiva, entendida como la posibilidad real de actuación pública, como la libertad para poder intervenir en los asuntos relativos al gobierno del Estado, ya sea mediante la participación directa en éste a través del sufragio universal (recordemos que el sufragio universal consiste no sólo en que cualquier ciudadano pueda elegir a sus representantes, sino también que cualquiera pueda ser elegido) o bien a través de las libertades de reunión, manifestación, etc., necesita que previamente se reconozcan las libertades básicas de pensamiento, expresión y conciencia (y de ahí la importancia social del liberalismo, aunque a veces se olvide). Sin éstas, la libertad positiva sería una pura quimera, pues no es posible participar en la toma de decisiones políticas si antes no se salvaguarda la capacidad de los individuos para poder hacerlo, es decir, si no pueden pensar libremente y expresar libremente sus ideas. La libertad pública, por lo tanto, debe fundamentarse en la libertad privada, por ello los ataques a ésta suponen un menoscabo mucho mayor a la libertad del individuo en lo que respecta a su vida pública que los ataques contra aquélla. O, lo que viene a ser lo mismo, es mucho más grave la represión cuando va dirigida contra las libertades negativas que cuando lo hace contra las libertades positivas, aunque parezca paradójico. Y ello –el parecer paradójico- porque la represión de las libertades positivas siempre resulta mucho más llamativa –por ser más fácil de ver- que la represión de las libertades negativas, la cual la gran mayoría de las veces se oculta tras apelaciones interesadas al bien común. La libertad negativa, como libertad privada e individual se va a enfrentar, en este respecto, a la tendencia del grupo social a fagocitarla, a convertir a todos los individuos en una masa que se mueve por impulsos y sentimientos comunes, es decir, a supeditar el bien individual al bien común que se constituye como independiente de y trascendente a los distintos bienes individuales. 
Decía al principio que la libertad negativa constituye una condición necesaria pero no suficiente para la existencia de la libertad positiva. La segunda condición para que sea posible hablar de una existencia real de la libertad positiva es el conocimiento o la información. El conocimiento es poder y la libertad política y social no es otra cosa que libertad de poder: de poder hacer aquello que libremente se ha pensado y decidido. Si el acceso al conocimiento y la información es restringido o simplemente imposibilitado la libertad de actuación en el ámbito público desaparece, aunque formalmente sea reconocida. Se estructuran de esta manera dos estratos sociales: una elite que tiene acceso al conocimiento y por lo tanto al poder –y que es depositaria exclusiva de una libertad que sobre el papel corresponde a toda la sociedad-; no sólo al poder político y efectivo, sino al fundamental de poder hacer: a la libertad de poder. Y otro grupo social que sólo teóricamente goza de esa libertad, pero que no puede llevarla a cabo por carecer de las bases de conocimiento e información imprescindibles para ello. Una sociedad libre, por lo tanto, necesariamente ha de ser una sociedad ilustrada. Cobra fuerza la postura kantiana –frente a otras como la existencialista que coloca la libertad en la base de la esencia humana y la da casi por hecha- de que la libertad se fundamenta en la autonomía del individuo. Será libre aquél que sea autónomo y se atreva a pensar por sí mismo o, lo que es lo mismo, aquel que acceda al conocimiento y exija, en caso de que éste se pretenda ocultar o escamotear, su derecho efectivo de acceso a él.

viernes, 9 de mayo de 2014

Libertad / 2

 Si la libertad interna o libertad de la voluntad era problemática en su análisis, mucho más lo es la libertad externa o libertad de acción –la libertad política o civil-, desde el momento en que se encuentra sujeta a determinaciones que no dependen exclusivamente del sujeto, sino que tienen lugar en la relación de éste con los demás individuos o, lo que viene a ser  lo mismo, en el propio entorno social.
 La libertad de acción suele tomar dos caracterizaciones distintas: la llamada libertad negativa, o “libertad de” y la libertad positiva o “libertad para”. La libertad negativa se define como la ausencia de constricciones para la acción, mientras que la libertad positiva es la posibilidad efectiva de poder actuar. La libertad negativa, así, es la base o el fundamento de la libertad positiva, aunque puede considerarse que la auténtica libertad política es la libertad positiva.
 Como ya se ha dicho, la libertad negativa es la ausencia de factores que impidan llevar a cabo libremente una acción. Esta conceptualización de la libertad no supone que la acción se lleve a cabo, sino tan sólo que esté permitida o que exista la posibilidad de su realización. No se trata de hacer, sino de poder hacer o, más bien, de que no existan obstáculos para poder hacer. En principio, y como parece obvio, el hecho de poder hacer no implica necesariamente hacer. La libertad negativa supone no obligar –de ahí su adjetivación “negativa”- a un individuo a hacer algo, pero no supone necesariamente que éste haga lo contrario.
 Este tipo de libertad ha sido el que tradicionalmente ha defendido el liberalismo político y también el que, con más o menos matices adoptó el liberalismo económico clásico. La libertad negativa surge como una defensa frente al absolutismo político en los siglos XVIII y XIX. Los liberales de esta época exigen al Estado que no intervenga en sus decisiones personales, es decir, que no se les obligue a hacer cosas que no desean o que no quieren hacer, sin que esto suponga un intento de intervención directa en la dirección de dicho Estado -esto supondría ya una libertad positiva, una libertad de acción. Es esta concepción la que recoge el liberalismo económico y de esta manera exige a la organización estatal que no intervenga, no ya en la acción individual, sino en el desarrollo del mercado, entendido este como una relación entre sujetos particulares. Es la idea del laissez faire, del dejar hacer, aplicada al desarrollo económico. El mercado se regula gracias a una “mano invisible” –según la conocida aserción de Adam Smith- y cualquier intento d intervención en éste supondría un freno, una traba para su desarrollo y, consecuentemente un retraso económico y la consiguiente ruina, no sólo de los sujetos que participan en el mercado, sino de la propia nación.
 Curiosamente, el llamado neoliberalismo no asume, en la práctica, ninguna de estas concepciones. No asume la concepción económica –al menos no en su totalidad- cuando exige al Estado que intervenga, bien para defender al mercado local frente al comercio foráneo, bien para defender a las grandes corporaciones frente a sus competidores, bien subvencionando las pérdidas de las estructuras financieras. De la misma forma, no asume la concepción civil cuando interviene en la vida de los individuos diciéndoles lo que deben o  no hacer o cuando pretende oponer una determinada moral o unas determinadas creencias a toda la población. En cualquier caso, la libertad negativa, entendida como libertad de expresión, de pensamiento y de conciencia, es la base de cualquier sistema de libertades y la ausencia de ésta es el fundamento de cualquier sistema totalitario.