miércoles, 16 de febrero de 2022

Regeneración

 

Un tema recurrente en la historia del pensamiento español ha sido el intento, fallido siempre, de regenerar la nación. De regenerarla no solo a nivel político, que también, sino sobre todo a nivel moral. La idea, que está presente tanto en la obra de los krausistas, como en la de los autores del 98 o los regeneracionistas del 14, es hacer que la nación española, y entiéndase por nación el conjunto de los que forman eso que llamamos España, progrese moral e intelectualmente. Este intento de progreso de la nación ha fracasado repetidamente. Los españoles seguimos siendo los mismos que en el siglo XVII y es muy posible que este país ya no tenga remedio.

            Decía Ortega, uno de los que con más denuedo buscó esa regeneración de la nación de la que hablaba más arriba, que el gran problema de España era que carecía de minorías egregias, de una elite intelectual y moral que fuera capaz de vertebrar -de ahí lo de España Invertebrada- los impulsos y anhelos de la masa del pueblo en un proyecto común. Eso, téngase muy en cuenta, lo decía Ortega a principios del siglo XX, y teniendo a la vista a los políticos y dirigentes españoles de los siglos XVIII y XIX. Imagínense ustedes lo que diría ahora a la vista de la clase política que nos ha tocado, o más bien que hemos encumbrado, que constituye todo un dechado de estulticia y mediocridad. Porque si nos ponemos a comparar a los Mauras, a los Sagastas, a los Cánovas o a los Salmerones con lo que se sienta, y además habla, en nuestro Parlamento, yo creo que el propio Ortega rescribiría su obra para alabar la política de su tiempo.

            Que los políticos españoles, desde el primero hasta el último, constituyen la prueba más palpable de lo atrevida que puede ser la ignorancia y que ser intelectualmente disminuido es la mejor recomendación para medrar en la cosa pública, es algo que para mí está fuera de toda duda. Lo que sería digno de investigar, aunque yo no voy a hacerlo ahora, es como han llegado hasta donde están, cómo han conseguido que los ciudadanos les voten porque de lo que tampoco me cabe ninguna duda es que un país entero no puede ser imbécil.

            Como un país entero no puede ser imbécil, habrá que empezar a plantearse que si estos señores y señoras y señoros están donde están es porque han conseguido agitar los sentimientos más oscuros y ocultos de los españoles, entre los que destacan la envidia y el cainismo. Ese sentimiento que nos dice que lo mejor que podemos hacer con el vecino es darle un palo y que si aquél dice sí, yo digo no, tan magistralmente reflejado por Goya, otro que intentó regenerar el país, en su pintura “Duelo a garrotazos”. De donde se desprende también que si queremos sacar a la nación de su marasmo intelectual y moral habrá que dejar de confiar en los políticos, no hacerles ni caso, y empezar a hacerlo cada uno desde la pequeña parcela de su vida.




viernes, 11 de febrero de 2022

Turismo II. Las ciudades

 

Antaño existían unas tarjetas denominadas “postales”. Consistían estas tarjetas postales en alguna fotografía de algún lugar emblemático de la ciudad, o de la comarca, de alguna curiosidad intrínseca al lugar donde uno se encontraba. Estas tarjetas llevaban por detrás un espacio para escribir un mensaje generalmente corto, del tipo “estamos bien, espero que al recibo de la presente estéis también todos bien”, y otro espacio al lado para escribir la dirección del destinatario que recibía la tarjeta por correo, de ahí la calificación de “postal”.

            Sirva lo anterior como introducción a la segunda de las cuestiones que había quedado pendiente en el escrito precedente: la referente al hecho de qué es lo que se busca cuando se visita una ciudad. Hoy ya no se venden apenas postales, excepto para algún coleccionista, porque son los propios turistas los que fabrican las suyas con las cámaras integradas en sus teléfonos móviles. Lo único que interesa del lugar que se visita es fotografiarlo, no disfrutar de él, y no se cae en la cuenta de que fotografiarlo es matarlo y que las vivencias que despierta en nosotros un paisaje o una catedral no pueden ser captadas por una cámara. A lo sumo, durante el tiempo que perdemos en hacer fotos, nos perdemos también esas vivencias. Nos hemos convertido, en realidad, en cámaras fotográficas andantes y vivientes, y si fuera verdad la creencia de algunos pueblos primitivos de que las fotografías roban el alma, hace ya mucho tiempo que se habría desalmado a toda la población, tanto divina como humana.

            El llevar la cámara fotográfica integrada supone una ventaja añadida sobre las postales, y es que se puede instantáneamente mostrar las fotografías realizadas en las redes sociales. Las instantáneas de antes se han convertido realmente en instantáneas, y cualquiera de nuestros conocidos, y de los que no lo son tanto, puede saber al segundo en qué lugar del mundo nos encontramos. Yo, personalmente, no le veo ninguna ventaja a esto, aunque supongo que los que lo hacen, entre otras cosas, generarán la envidia de los que les siguen.

            Y llegamos así al centro de la cuestión: la obligatoriedad de visitar aquellas ciudades que otros visitan y muestran en las redes sociales. Por supuesto, lo que en cada ciudad hay que visitar es lo que aparece en dichas redes o en las guías turísticas. La ciudad en sí misma resulta indiferente, da igual que se esté visitando París o Río de Janeiro. De lo que se trata es de hacerse la foto en el mismo lugar en que se la ha hecho nuestro vecino o el amigo de Facebook. Se convierten así los viajes turísticos en una especie de safaris fotográficos, donde lo único que se busca es esa foto que esperamos que sea la envidia de nuestras amistades. Da igual si en dicha foto aparecen trescientas personas que no conocemos de nada y que estaban también haciéndose la foto de rigor, mientras que al fondo se atisba la Torre Eiffel o la Puerta de Brandemburgo.

            Recuerdo que cuando visité Lisboa había un ascensor que subía a uno de los barrios más típicos de la ciudad. Había una cola kilométrica para tomar dicho ascensor, mientras que se podía perfectamente subir al mismo barrio -y tener las mismas vistas- por una escalera o callejeando por la ciudad. No se trataba, pues, para los que pacientemente esperaban su turno en el ascensor, de conocer Lisboa, sino que montar en el artilugio. Y es que las ciudades solo se conocen viviéndolas, sintiéndolas, andándolas y oliéndolas. Una ciudad es algo vivo en lo que hay que penetrar. Hay que fundirse con ella. Una ciudad es como la vida: se puede estar en ella o se puede pasar por ella. Hay gente que está de paso por la vida, como está de paso por las ciudades que visita. Y hay gente que vive las ciudades como vive su vida. Una ciudad no se vive en una tarde al bajar de un crucero, no se siente en una semana. Hace falta tiempo y una mente dispuesta para penetrar en el espíritu de una ciudad. Si no, estamos haciendo fotos de algunos sitios. Estamos comprando postales para ponerlas en el álbum como quien caza mariposas para clavarlas en un cartón. Habremos pasado por muchos sitios, pero no habremos estado en la ciudad.

miércoles, 2 de febrero de 2022

Turismo I: Las personas

Dos notas caracterizan hoy a las ciudades. Una, son algo que debe ser visitado; dos, son unas cuantas páginas en una guía turística.

            El turismo, como actividad necesaria para conocer otras culturas y otros pueblos, es casi tan antiguo como la humanidad. Los antiguos griegos ya visitaban a las culturas vecinas: persas, fenicios o egipcios, para empaparse de sus costumbres y aprender lo que estas culturas les pudieran enseñar. Y de allí sacaron los conocimientos matemáticos, científicos y filosóficos que luego constituyeron la gran cultura griega. Los romanos, dando un paso más alá, inventaron lo que más tarde se conocería como “veraneo” y construyeron villas en las orillas del Mediterráneo o del Adriático, o en islas paradisíacas, para pasar los estiajes. A partir del siglo XVII el viajar a otros países se convirtió en algo casi obligado para los hijos de las familias acomodadas como elemento fundamental para su formación, actividad que alcanzó su auge en el siglo XIX, cuando los vástagos de la alta burguesía occidental pasaba, al acabar sus estudios y antes de incorporarse a los negocios familiares, recorriendo el mundo y completando su educación.

            Nótese bien que estas originales actividades turísticas se caracterizan por dos cosas: primera, son llevadas a cabo solo por aquellos que económicamente ocupan un lugar elevado en la sociedad y, segundo, tienen como objetivo fundamental la adquisición de unos conocimientos que no podían ser adquiridos de otra forma -aunque Kant ya puso en duda que el viajar pudiera dar algún tipo de conocimiento nuevo al que no pudiera llegar por la razón y la lectura, y de hecho nunca salió de su localidad natal.

            Centremos ahora nuestra vista en el turismo actual. En primer lugar, se ha convertido en una actividad que cualquier miembro de la sociedad puede realizar. Incluso aquellos que disponen de menos recursos económicos como los jóvenes, pueden coger un avión por unos cuantos euros para viajar a cualquier parte del mundo, de tal forma que si uno visita cualquier rincón perdido del Punjab, por ejemplo, probablemente encuentre más estadounidenses, franceses, británicos, alemanes, italianos o españoles que nativos de la zona. En segundo lugar, en un mundo globalizado ya no se viaja para conocer nuevas culturas, porque ya solo existe una cultura, que es la cultura humana que impuso la Ilustración y el capitalismo. No es una cuestión de aculturación: es que ante existían múltiples mundos en este mundo y hoy solo existe uno. De hecho, este mundo se ha quedado ya tan pequeño que se está empezando a implementar el turismo espacial.

            Como decía, hoy en día ya no tiene sentido decir que uno viaja para conocer otros pueblos y el que lo diga es tonto. Las costumbres son las mismas en Zaragoza que en Tombuctú, más allá de unos cuantos caracteres secundarios como la comida o el vestido, que cada vez se van uniformizando más. Porque usted podrá comer Pollo al Chilindrón en Zaragoza y lo que sea que se coma en Tombuctú, pero seguro que en los dos sitios se puede comer una hamburguesa. Hoy en día, gracias a Internet, cualquiera puede hacer una visita virtual por París o por el Hermitage de San Petersburgo sin salir de su casa y, sobre todo, sin montar en un avión atestado de gente que a lo que más se parece es a un vagón de tercera de un ferrocarril de hace un siglo. Hoy, cualquier patán o patana que no sabe hacer la “o” con un canuto puede visitar y de hecho visita Roma, Florencia o Atenas y luego presume de ello delante de sus vecinos, aunque no se haya enterado de nada de lo que ha visto y lo único que pueda decir de ello es que es todo “muy bonito”.

            Viajar, así, se ha convertido, casi más que en una obligación, en una necesidad social, creada por la industria del Turismo que ha descubierto un filón en todos aquellos seres humanos a los que se puede convencer de que deben de hacer turismo, que es una actividad de ricos que ahora está a su alcance. Y así, esta misma industria del turismo ha descubierto que su mejor producto no es lo que venden, sino quien lo compra.

            Ahora bien, ¿qué es lo que visitan los que visitan? Eso, que es la segunda característica de la que hablaba al principio, se tratará en otra ocasión. 

miércoles, 26 de enero de 2022

Estatuas

         Siempre me he preguntado que mirarán las estatuas que habitan multitud de rincones de Madrid. Hay estatuas de reyes y generales, montadas en briosos caballos estatuarios que parecen contemplar la Historia desde sus monturas. Hay estatuas de políticos y gobernantes, que miran al horizonte como si miraran al futuro, donde tal vez pusieron sus miras cuando estaban vivos. Hay estatuas de dioses y diosas, que imitan un tiempo en el cual aún tenían algo que decir en la vida de los hombres. Y hay estatuas más pequeñas, más humildes y discretas, a veces solo un busto o una pequeña figura. Estatuas de escritores, poetas o músicos, estatuas de artistas que aún, desde su actualidad de estatuas, parece que se embeben de la belleza de la vida que pasa por su lado.

            Una de estas estatuas, no se si se habrán parado a verla o se habrán fijado en ella, es la de Pío Baroja en la entrada -o en la salida, según se mire o según se suba o se baje la cuesta- de la calle de Claudio Moyano. Aquellos que sean de Madrid -pero de Madrid, Madrid, que no solo hayan nacido aquí sino que además sientan esta ciudad como suya- sabrán que en la susodicha calle -en la cuesta de Moyano- se asientan una casetas de venta de libros antiguos y de ocasión, que son las que han dado fama a la citada vía. Se sitúan esta casetas a la izquierda según se sube la cuesta desde Atocha, a la derecha según se baja dese la calle de Alfonso XII y también a la derecha de la estatua de Pío Baroja. Uno esperaría que la estatua de un novelista como Baroja estuviera mirando las casetas de venta de libros, intención que debió ser la del prócer municipal que la colocó allí, sin embargo no es así. Tampoco extiende su mirada hacia la Glorieta de Carlos V y el comienzo del Paseo del Prado. Ya he dicho que la estatuas que contemplan el horizonte son las de los políticos, como hace la de Claudio Moyano en el otro extremo de la calle. No, la estatua de Pío Baroja mira hacia su izquierda, hacia la verja del Palacio de Fomento sede del Ministerio de Agricultura y, técnicamente, hacia ningún sitio.

Parece como, si en su plácida postura, con las manos cruzadas sobre su vientre, su sempiterna boina y un viento intangible moviendo los faldones de su abrigo, el propio escritor se hubiera girado para no ver lo que hay a su alrededor. Para permanecer para siempre en sus pensamientos y obviar la fauna humana que pulula en torno. Multitudes que parecen más un rebaño que un grupo humano, que se agolpan  ante las casetas de libros, no porque les interesen los libros, sino porque aparecen en las guías turísticas como algo que se debe visitar cuando se viene a Madrid -es curioso como las ciudades se han convertido en una guía turística-.jovencitos, y no tan jovencitos, en patinete y en bicicleta esquivando transeúntes, o multitudes que se dirigen a disfrutar de la mañana de la tarde en el Parque de El Retiro, un trozo de Naturaleza en la ciudad, y otro gran desconocido más allá del estanque y las barcas que salen en las mismas guías turísticas de más arriba. Nadie, probablemente se fija en la estatua de Pío Baroja, y es por esto por lo que es probable que el insigne haya decidido dar la espalda a todos ellos, mirar a la nada y no fijarse en las, al fin y al cabo, miles de estatuas que pasan por su lado. Estatuas que dejan pasar su vida sin vivirla, entre guías turísticas y series de televisión, entre partidos de fútbol y series de televisión, entre una existencia vacía y series de televisión. Estatuas metálicas, como la del Jardín Botánico, que, por cierto, se sitúa a la derecha de Pío Baroja, entre los puestos de venta de libros.

En línea recta con la estatua de Pío Baroja, ya dentro del Parque de El Retiro y situada en un plano superior a ésta, se encuentra la que para mí es la estatua más emblemática de Madrid, la estatua del Ángel Caído, una estatua de Lucifer. También está en las guías turísticas y todo el que pasa por allí fotografía la caída y el sufrimiento del que fue el ángel favorito de Dios. El ángel que cae a tierra y se encuentra con Pío Baroja en el centro de Madrid.

miércoles, 19 de enero de 2022

Justicia social y cochina envidia

     La ventaja de ir cumpliendo años, si además de años se tienen ojos en la cara y un par de neuronas en el cerebro, es que se gana experiencia. Y la experiencia permite juzgar desde una perspectiva distinta a cuando se es más joven. De hecho, la experiencia abre perspectivas que antaño no se creían posibles. La verdad es cosa de jóvenes y los que ya tienen una edad, quizás de tanto buscarla, saben que es demasiado escurridiza. Una de esas verdades absolutas que uno posee cuando es joven y que se va desgastando con los años es la que hace referencia a la así llamada “justicia social”.

            Creo que fue Raymond Aron el que dijo aquello de que quien no es comunista a los veinte años no tiene corazón, y quien sigue siendo comunista a los cuarenta no tiene cabeza. Yo no se si dicho adagio es cierto o no o, como decía Ortega, es una bellaquería que tiene razón una vez extirpada la previa bellaquería. Lo que sí que se es que a los veinte años, el motor de todo el mundo que orbita alrededor del veinteañero es la idea de justicia, la convicción de que el mundo es injusto, de que hay algunos que tienen mucho y muchos que tienen muy poco y que eso es culpa y responsabilidad exclusiva de los que tienen mucho y que él concreto merece algo distinto, y mejor, de lo que tiene.

            Esta perspectiva cambia, y a lo mejor es aquí donde tiene razón Aron, cuando uno se hace mayor y va obteniendo logros en su vida, se la va construyendo en vista a los proyectos, y también los sueños y las esperanzas, que tenía cuando era joven. Habrá quien realice toda su vida de acuerdo con sus proyectos y los vea cumplidos, y entonces empiece a considerar que el mundo es justo y que, aunque hay injusticia, ésta queda como algo abstracto y lejano de su vida concreta. Y no nos engañemos: nadie es malo por ello. No hay psiquis humana que soporte la idea perpetua de que el mundo es una basura y que no se puede hacer nada para arreglarlo, que es a la conclusión a la que se llega después de mucho intentarlo. Quien piensa así acaba tirándose por el balcón.

            También hay gente, la gran mayoría en realidad, que a los cuarenta no ha conseguido realizar sus sueños, a veces, no lo voy a negar, por falta de suerte o por alguna intrínseca injusticia, pero las más de las veces porque esos sueños no han sido acompañados de un proyecto de vida coherente con ellos, y de una realización vital que permitiera lograrlos. Así, vemos cajeras o reponedores de supermercado que hubieran querido ser médicas o abogados, pero que han pasado por la vida, por su vida, durmiendo la siesta. Son estas y estos los que con cuarenta años reclaman justicia social. Pero esa justicia no es una justicia meramente distributiva, dar a cada uno lo que se merece, puesto que entonces quizás tengan lo que merecen. Así que se introduce un pequeño matiz y se empieza a hablar de dar a cada uno lo que le corresponde. Y claro, lo que a uno le corresponde es lo mismo que lo que le corresponde a otro, pues al fin y al cabo todos somos seres humanos y somos iguales por ello, independientemente de que uno haya pasado su infancia, su juventud y gran parte de su madurez preparándose y trabajando para realizar su proyecto y otro haya dejado pasar la vida como quien deja pasar las horas. Y así, el segundo, que ve lo que el primero tiene, exige para sí lo mismo, reclamándolo como de justicia, Y si él no lo consigue lo que resulta de justicia es que se lo quiten al primero, porque todos somos iguales, da lo mismo que uno sea un premio nobel o un asesino en serie. Así que cuando uno crece, como decía, se empieza a plantear si es que llaman justicia social no será, en el fondo, más que envidia cochina.

miércoles, 12 de enero de 2022

Voltaire

Hace unos días vi en una serie que emite RTVE a la hora de la siesta algo que me dio que pensar. En la susodicha serie, uno de los personajes principales, una jovencita comprometida con todos los problemas sociales habidos y por haber y representante egregia del más actual pensamiento único políticamente correcto, hablando con otro de los personajes, un policía de color -de color negro, se entiende- al que una banda de neonazis había propinado una paliza, soltó las siguientes dos lindezas -no ella, lógicamente, que no es más que un personaje, sino los guionistas que escriben el libreto-. En primer lugar, y para abrir boca, expresó su convencimiento de que el problema no era que un grupo de descerebrados anduvieran propinando palizas, sino las ideas que los llevaban a hacerlo. Cuando me estaba reponiendo de lo que acababa de escuchar, los citados guionistas tuvieron a bien poner en la boca del personaje -o personaja- en cuestión lo que sigue, una vez se le ha comunicado que los responsables de la paliza han sido encarcelados: “eso les hará darse cuenta de que tener determinadas ideologías tiene sus consecuencias”. Nótese bien que lo que tiene consecuencias, según los ínclitos guionistas de la ficción, no son los actos, sino las ideologías. Y que el problema no es que un grupo de vándalos dedique su tiempo libre a dar palizas a los que no son como ellos, sino las ideas que profesan. Si el problema no son los actos, sino las ideas, entonces la policía no tiene que perseguir los primeros, sino las segundas. Lo que viene siendo una policía del pensamiento. Y si tener determinadas ideologías tiene consecuencias eso significa que hay ideologías correctas y otras incorrectas. Lógicamente, la ideología correcta es aquella que profesa el personaje y todos sus amigos -léase los guionistas- y, por extensión, los responsables de la cadena que emite dicha serie. Yo no se si estos guionistas habrán caído en la cuenta de que, si lo que tiene consecuencias son las ideas y no los actos, entonces también habría que exigir responsabilidades a aquel que piensa que hay que matar a todos los negros -o a todos los guionistas- pero no al que de forma efectiva los mata.

            Frente a semejante despropósito me vinieron a la mente las palabras de Voltaire “no estoy de acuerdo con tus ideas, pero daré mi vida para defender tu derecho a expresarlas”. Y es aquí donde está en quid de la cuestión que la nueva inquisición no termina de entender. Cada uno puede tener las ideas que le de la gana, y puede expresarlas cuando le de la gana. Eso es lo que se llama libertad de pensamiento y libertad de expresión. No son las ideas ni las palabras las que golpean o matan, sino los puños y las pistolas. Lo que más me entristeció, aunque ya está uno acostumbrado, es comprobar que la ausencia de Ilustración no es una característica propia y exclusiva de la derecha de este país, sino que también la izquierda es anti-ilustrada. Y es que al fin y al cabo salimos todos de la misma madre. 

jueves, 21 de mayo de 2020

La racionalidad del encierro

Los seres humanos son seres racionales, y por lo tanto se les supone racionalidad en todas sus decisiones y en todos sus actos. Cuando uno de esos actos es un acto absoluto, como el encerrar a toda la población durante un período indeterminado de tiempo, eliminando sus derechos más básicos, no solo civiles, sino incluso humanos, se supone que la racionalidad que guía ese acto debe ser también absoluta. Analicemos, pues, la racionalidad de un acontecimiento como el citado y veamos si es realmente racional. Vamos a realizar este análisis desde tres aspectos que cubren, si no en su totalidad si en su gran mayoría, eso que se lama racionalidad. Estos tres aspectos son la racionalidad de las acciones según deseos y creencias, la racionalidad como cálculo coste-beneficio y la racionalidad moral.

            Todos los teóricos coinciden en asegurar que la base de la racionalidad humana es actuar de acuerdo con las creencias y los deseos que se poseen. Si alguien actúa en contra de sus creencias y deseos, en principio, podemos asegurar que se comporta irracionalmente. Es decir, si alguien desea curarse de un cáncer de pulmón y se pasa el día fumando, parece que nos encontramos ante una acción irracional. Ahora bien, también puede ocurrir que la acción conforme a deseos y creencias resulte irracional, si las creencias que guían esa acción son en sí mismas irracionales. Ese es el supuesto en el que hay que situar el encierro de la ciudadanía. Pues ese encierro, que en principio podría parecer racional, se torna irracional cuando se fundamenta en el miedo, un sentimiento irracional, o en una proyección al futuro que no puede ser conocida en el presente. Mantener el encierro por miedo a un rebrote de los contagios, es irracional, pues no es posible saber si se va a dar o no ese rebrote. Solo podemos saber aquello de lo que se tienen evidencias empíricas y en este caso esas evidencias no se dan. Tampoco es posible hacer una generalización inductiva pues el número de casos a observar -en este caso China- es demasiado pequeño y por tanto irrelevante. Desde este punto de vista, por lo tanto, la creencia en el rebrote es irracional.

            Si nos paramos ahora a observar el cálculo de coste-beneficio del encierro veremos que este es el criterio que se ha seguido para mantenerlo, aunque en realidad el beneficio sea para los gobernantes y el coste para el resto de la población. Así, se nos dijo en su momento que el encierro había salvado 16.000 vidas -ahora hablan de 300.000; no sé muy bien de dónde habrán sacado ese cálculo a todas luces exagerado. Ahora bien, el coste humano no solo se debe calcular en el número de vidas que se puedan salvar en un principio. ¿Es racional, desde este punto de vista, matar a una persona para salvar a 100? Parece que sí. Pero el encierro funciona al revés, por salvar 16.000 vidas se van a perder muchas más. Muchas más porque las consecuencias del encierro son, ya empiezan a ser, terribles: terribles a nivel económico y, por lo tanto, terribles a nivel humano. No es cierto que haya que elegir entre la economía y las personas porque la economía son las personas. No tardaremos en empezar a ver -ya lo hemos visto- pobreza y miseria, hambre y todas las enfermedades, patologías y problemas sociales asociados a la falta de trabajo y de expectativas de futuro, cuando no a la falta de las condiciones básicas necesarias para sobrevivir. Veremos muertos por hambre, por enfermedades asociadas la mala alimentación, por suicidios, etc. Muertes que supondrán un coste humano que no superará el beneficio del encierro, puesto que durarán seguramente años.

            Esto nos lleva a tener en cuenta la racionalidad moral. Hay que salvar una vida hoy aunque mañana se pierdan 100, se dice. Ya hemos visto en el apartado anterior que ese cálculo no es racional. Se supone que lo moral es aquello que resulta universalizable. Y resulta universalizable porque es algo que se quiere para toda la especie humana. Esa es la consideración de Kant, y es la que se mantiene hasta ahora. Ahora bien, ¿es deseable, y por lo tanto universalizable, para toda la especie humana una situación en la que se pierde la esencia de la humanidad? Es decir, ¿alguien podría desear una situación en la que todos loe seres humanos, incluso él, dejaran de ser seres humanos? Porque esta es la situación que se da en el encierro, no lo olvidemos. El ser humano son sus relaciones sociales, esto lo han dicho todos los pensadores que en el mundo han sido desde Platón hasta Marx. Si los seres humanos viven encerrados y pierden esas relaciones sociales, dejan ser de ser seres humanos, pierden lo que les hace ser tales. De esta manera, parece que el encierro tampoco es racional desde este punto de vista moral.

            Hay que concluir pues, que el estado de alarma es irracional. Y lo es por inmoral e inhumano.