La moral o “lo moral”
hace referencia al comportamiento humano. En tanto en cuanto ese comportamiento
es “humano” y no animal, la característica fundamental que determina aquello
que es moral frente a lo que no lo es, es su posibilidad de universalización. Lo
moral es específicamente humano y, en cuanto tal, debe poder ser extendido al
resto de la especie, tanto presente como pasada y por venir. Es por ello que el
ámbito de lo moral no se corresponde con el ámbito de lo correcto, o lo
“bueno”: es mucho más estrecho y más reducido, pues lo correcto hace referencia
al comportamiento que se debe seguir en unas determinadas circunstancias
históricas, políticas o sociales, mientras que lo moral hace referencia al comportamiento
que se debe seguir siempre para poder caracterizar a alguien como ser humano o,
más exactamente, si alguien es humano debe adoptar determinados comportamientos
morales, siempre y en cualquier circunstancia, que le distingan como tal. Así,
mientras que la forma de lo correcto sería “X debe de hacer Y en las
circunstancia Z”, la forma de lo moral rezaría “X debe de hacer Y”
universalmente y sin restricciones.
Si la característica que define un
comportamiento moral es su posibilidad de universalización, entonces su
fundamento ha de ser una facultad definitoria de lo humano. La fundamentación
de la moral, por lo tanto, debe estar en la Razón, como aquello que define al
ser humano. El ser humano es un ser racional que, precisamente por ello, por
ser racional, es capaz de comportarse moralmente. Frente al emotivismo moral y
otras corrientes que colocan el fundamento de la moral en el sentimiento, solo
la razón es presumible de cualquier ser humano por el simple hecho de ser un
ser humano –por ello, también, es presumible que un ser humano es capaz de
comportarse moralmente por el simple hecho de ser un ser humano, cosa no
presumible de los animales, de quienes no se espera un comportamiento moral,
precisamente porque no son seres humanos-, algo que no ocurre con el
sentimiento. En efecto, mientras que un comportamiento racional es reconocible
en cualquier sujeto, puesto que el sujeto que juzga ese comportamiento también
se comportaría así para que su conducta fuera racional –es decir, la conducta
racional resulta objetivable- el sentimiento es subjetivo y exclusivo de cada
individuo. Un individuo puede sentir lástima, por ejemplo, y guiar su comportamiento
moral por este sentimiento, pero sólo él puede estar seguro de lo que él siente
al sentir lástima. Si otro sujeto le comunica que él también siente lástima
jamás podrá saber lo que siente este segundo sujeto y, a lo sumo, podrá
imaginar que tiene un sentimiento similar al suyo. Es decir, supondrá que el
otro siente lo mismo que él, con lo que medirá el sentimiento del otro a partir
del suyo propio y jamás saldrá de la subjetividad de su propio sentimiento. De
hecho, si es capaz de entender el significado del término “lástima” es porque
supone en el otro lo mismo que él siente cuando siente lástima, pero no puede
objetivar el contenido de este sentimiento, de tal forma que los dos sintieran
exactamente lo mismo cuando sienten -o dicen que sienten- “lástima”. De esta
forma, una moral sostenida en el sentimiento no puede ser universalizable, es
subjetiva y, por tanto, no puede ser calificada de moral. Sólo la razón permite
esta universalización y, por lo tanto, sólo ella puede fundamentar la moral.
Esta fundamentación racional de la
moral aparece ya en Platón, pero quizás quienes la determinaron de forma más
exacta fueron Tomás de Aquino y Kant. El primero con su concepción de la ley
moral que debe ser interpretada a través de la razón y el segundo con su
caracterización del imperativo categórico. De hecho, sus dos formulaciones :”
Haz el bien y evita el mal” en el primer caso y “no hagas a los demás lo que no
quieras que te hagan a ti” –una traducción libre de “actúa siempre de tal
manera que la máxima de tu conducta pueda convertirse en ley universal”- en el
segundo, son la expresión más clara de la universalización de la moral guiada
por la razón.
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