miércoles, 30 de marzo de 2022

El yo y los demás

 

Dicen los que entienden que la característica definitoria del pensamiento posmoderno es la fragmentación del yo, signifique esto lo que signifique. Yo no se si será por esa fragmentación del yo, pero sí que me he dado cuenta de que la gente -ese término que tan de moda está últimamente- tiene la tendencia a renunciar a su vida por las de los demás. Tendencia suicida, por otra parte, que supone renunciar a lo que se es o a lo que se puede llegar a ser por lo que los demás dicen que uno es o puede llegar a ser. Renuncia a la individualidad, y por tanto al desarrollo personal y a la propia libertad, en aras del grupo o la opinión ajena.

            Como se acaba de apuntar, uno puede renunciar a su vida por dos razones. Bien por propia cobardía o comodidad, bien por seguir lo que otros consideran que debe ser la vida de uno. Nos encontramos ante dos opciones vitales diferentes, aunque las dos con el mismo resultado: el abandono del propio proyecto vital. Estas dos opciones serían la disolución del yo en el grupo o el seguidismo de aquél que se considera superior. Como digo, las dos suponen los mismo: que uno no tiene vida, que renuncia a ella para vivir la vida de los demás, o para que los demás vivan por uno.

            La primera de las opciones es la predominante en el pensamiento -y el sentimiento- totalitarios. El sujeto solo es lo que su identidad de grupo dice que es. Así, alguien se define por su pertenencia a uno o varios grupos, ya sea el de la nacionalidad, el género o el equipo de fútbol. En todo caso, si lo que define es la pertenencia al grupo, la identidad con el grupo no define la propia individualidad como persona. Esto de la identidad está muy en boga últimamente. De hecho, el totalitarismo y el pensamiento único están muy en boga últimamente. La identificación con el grupo, eso sí, supone una actitud cobarde ante la vida. Significa que uno renuncia a lo que es para refugiarse en la manada, donde se siente seguro y arropado. Y si algo ofende a la manada también le ofende a él, aunque él como individuo esté libre de la ofensa. Así, vemos como cualquier comentario acerca de un grupo determinado automáticamente es contestado por un coro de ofendidos, aunque el comentario no tenga nada que ver con su subjetividad ni vaya dirigido a ellos como particulares. Es el que se identifica con el grupo el que tiene el problema, no el que hace el comentario jocoso o piensa de manera distinta. En todo caso, como decía, el que tiene miedo de vivir su vida, vive la vida del grupo.

            La segunda de las opciones tenía que ver con el hecho de seguir las opiniones de los demás. De vivir lo mismo que otros quieren que se viva. De renunciar al control de la propia vida y dejar que sean los otros los que decidan por uno. Téngase muy en cuenta que uno de los síntomas de multitud de trastornos mentales es la sensación de falta de control sobre la propia vida, con lo cual ya nos podemos imaginar el porqué del aumento de esos trastornos mentales. Antiguamente los individuos seguían las opiniones de algún líder carismático, con lo cual se podía suponer que, en mayor o menor medida, se ponían del lado de alguien al que se le podía suponer al menos cierta inteligencia. Hoy, pro el contrario, la gente sigue las opiniones y consejos de esa nueva profesión que es la de “influencer”, que supongo que se traducirá como “influenciador” o algo así, y que no tengo muy claro en que Universidad se estudia y si existe algún tipo de carnet profesional que habilite para ejercer como tal -más o menos lo mismo que a profesión de famoso-. Sea lo que sea un “influencer” son los que dictan actualmente lo que hay que vestir, que escuchar, que ver, que leer o que comer, de tal manera que mucha gente, con solo seguir al o la “influencer” de turno, tiene ya su vida hecha. No tiene que tomar ninguna decisión, porque ya la toman otros por él y solo tiene que sentarse en el sofá a dejar pasar una vida que no es la suya.

            Como decía al principio, yo no sé lo que es la fragmentación del yo, pero sí que sé que estas reflexiones pueden explicar las miradas muertas de los pasajeros del metro.

jueves, 17 de marzo de 2022

De rebaños y ovejas

 

Decía Aristóteles que el ser humano es un animal social, que lleva inscrita dentro de su naturaleza la tendencia a unirse con otros, porque solo así puede desarrollar plenamente sus facultades humanas. Ahora bien, ser un animal social no es ser un animal gregario, como las hormigas o las abejas, que agotan su realidad individual en la única realidad del hormiguero o la colmena. Viene esto al caso de una costumbre muy extendida entre los seres humanos, al menos los de este país, que me llama bastante la atención, y me molesta también bastante, que consiste en arrogarse la representación de todo el grupo humano que no es uno mismo, en pretender que lo que uno opina o lo que a uno le gusta es lo que opina o le gusta a todos los demás y así, a fuerza de metonimia, afirmar que él son todos y todos son él.

            Escuchamos decir, “todos los españoles” para hacer referencia a los votantes de un determinado partido, o “todos los madrileños” cuando en realidad se trata de los vecinos de un determinado barrio, o “todos los vecinos” cuando se quiere decir “aquí mi amigo y yo”. De una manera u otra se tiende siempre a englobar a todo el grupo dentro de la opinión propia, sin preguntar a nadie y sin saber si los demás opinan realmente lo que el que habla supone que opinan.

            Dos razones se me ocurren para este comportamiento, dos razones que resultan en realidad contrarias. Una es que el sujeto o los sujetos en cuestión se consideren en posesión de la verdad absoluta y, desde esa dogmática postura, engloben, lógicamente, a todo el mundo en esa verdad. Es la idea de que no se puede pensar de forma distinta, porque pensar algo distinto sería un error. Sólo existe una forma correcta de pensar, que es la que el sujeto profesa, así que se da por hecho que nadie puede pensar distinto. La otra razón que se me ocurre es la contraria a esta. Que el sujeto no esté seguro de que lo que opina es cierto, y la única manera de asegurarse en su propia opinión es que los demás opinen lo mismo que él. Si la primera razón tenía que ver con la superioridad de la verdad absoluta, esta tiene que ver con la inferioridad de la falta de confianza en uno mismo y en el propio criterio. Como un millón de moscas no pueden equivocarse, si los demás opinan como uno, eso demuestra que ese uno no está equivocado. La poca consistencia de la opinión propia se sustituye por una supuesta extensión de la misma. Todos opinan igual, así que se tiene la razón.

            Esta segunda postura es la que más me llama la atención, y la que quiero tratar en estas líneas. Yo la relaciono con otras actitudes, como apiñarse todos en el mismo vagón del metro, o entrar todos por la misma puerta. De la misma manera que se busca el refugio en la opinión de los demás ante la inseguridad de la propia, se busca el refugio físico en los demás ante la misma inseguridad física. Yo creo que eso es lo que peor hemos llevado de la pandemia, que no nos hemos podido apelotonar. Si no se lo creen les propongo que hagan la prueba. Váyanse a una playa desierta y coloquen la toalla en cualquier punto de la arena. Ya verán como el próximo que llegue se pone a su lado.

            Creo que era Einstein quien decía que para ser un miembro irreprochable de un rebaño de ovejas uno debe de ser, por encima de todo, una oveja. Es por esta mentalidad de rebaño por la que hemos sustituido la sociabilidad aristotélica. Para el propio cristianismo no somos más que ovejas que necesitan un pastor. Incluso cuando uno no quiere formar parte del rebaño sigue siendo una oveja: una oveja negra. Negra si, pero oveja. Llegados a este punto es casi mejor ser un acontecimiento cualquiera antes que un ser humano. Cuando un acontecimiento se sale de la normalidad esperada se dice que estamos ante un cisne negro. Y entre ser una oveja y ser un cisne cualquiera querría ser un cisne. O eso opino yo.

viernes, 11 de marzo de 2022

Disuasión y Perogrullo

 

Al día siguiente de leer en el periódico progresista-reaccionario el artículo que fue objeto de mi escrito anterior, leí otro, supongo que de la misma colección que, si bien no demostraba que su autora fuera una imbécil peligrosa, si que venía a mostrar que cualquiera puede tener un cargo rimbombante y escribir obviedades en un periódico, seguramente cobrando por ello. Esta vez si que apunté el nombre de la autora del artículo, Shannon Bugos, y su profesión, Analista Política de la Asociación por el Control de Armas, con sede en Washington (D.C.). Aunque intenté leer dicho escrito hasta el final, más o menos a la mitad decidí que tenía muchas cosas que hacer y que no podía seguir perdiendo el tiempo con aquella sarta de perogrulladas, aunque, al igual que la vez anterior, la entradilla del mismo era más suficiente para poder saber lo que venía detrás. Decía ésta que: “El presidente ruso ha demostrado que tener armas atómicas no impide a los países que las poseen empezar guerras importantes”. Les prometo que leí dicha entradilla varias veces, convencido de que había leído mal, y si me lancé a leer el resto del artículo fue por comprobar si en dicha entradilla existía algún error de traducción, de tal forma que el cuerpo del texto desmintiera lo dicho en ella. Pero, lejos de ello, comprobé desolado que más bien lo ratificaba.

            En España solemos hablar de verdades de Perogrullo, que son verdades como puños. A lo mejor si la señora o señorita Bugos hubiera sido española habría pensado en ello antes de escribir lo que escribió. O a lo mejor es que el oficio de analista político implica confundir las cosas y no enterarse de nada. No lo se. Lo que si que se es que, no es que poseer armas atómicas impida empezar guerras sino, más bien al contrario, es el hecho de poseer armas atómicas lo que permite empezar esas guerras. Es decir, el hecho de poseer armas atómicas lleva a los países que las poseen a poder permitirse empezar guerras importantes, estando seguros de que la posesión de esas armas va a limitar la respuesta de todos aquellos que podrían responder a una agresión. Eso es lo que ha demostrado el presidente ruso, aunque en realidad no había nada que demostrar porque es de Perogrullo que el que tiene mejor armamento está más capacitado para empezar una guerra que el que no lo tiene, ya sea esta armamento ojivas nucleares o piedras y palos. Desconozco la edad de la autora del texto, pero esto es lo que en la Guerra Fría se llamaba disuasión. El hecho de poseer armas atómicas disuadía a los potenciales enemigos de un país de lanzar un ataque contra éste, y si Ucrania hubiera poseído este tipo de armas, seguramente el presidente ruso se lo habría pensado dos veces antes de atacar. Así que el presidente ruso, a pesar de Bugos, no ha demostrado nada sino lo que ya se sabía y que desde luego no es lo que Bugos pretende.

            Enlazo esto dicho hasta ahora con un cartel que vi el otro día en la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid, en el cual una asociación estudiantil, supongo que de izquierda por la estética del cartel, pedía de salida de Ucrania de las tropas de Moscú y de la OTAN. A mi me hubiera gustado preguntarles a estos muchachos dónde hay tropas de la OTAN en Ucrania. Porque, volviendo a hilo conductor de este escrito, la prueba de que no las hay es que hay tropas de Moscú, y si hubiera tropas de la OTAN no habría tropas de Moscú. Otra vez el viejo concepto de disuasión. Si Putin ha atacado Ucrania es porque sabía que la OTAN no iba a responder, y si la OTAN se hubiera adelantado y hubiera estacionado tropas en Ucrania, seguramente Rusia no hubiera atacado.

            Termino este escrito como terminé el anterior. Es desesperante ver como no aprendemos nada de la Historia. Que Europa aún no haya aprendido que la única manera de detener a un matón es usar sus mismas armas. Y espero que, como la otra vez, cuando Europa se quiera dar cuenta de ello no sea demasiado tarde.

jueves, 3 de marzo de 2022

Imbéciles peligrosos

 

Andaba yo ayer buscando algo que decir acerca de la guerra que fuera más allá de las obviedades y las ñoñerías, cuando acerté a fijarme en un artículo que aparecía en el que fuera uno de los periódicos progresistas más significativos de esta país, y que como todo lo progresista en esta época, emite hoy un tufillo más bien reaccionario. Este artículo, que supongo escrito por alguna analista, o articulista o periodista -no me fijé bien en el nombre- o simplemente experta en algunos de los múltiples campos en los que se divide hoy en día la realidad mediática -o, por qué no, en todos- decía en su entradilla más o menos lo siguiente. “Esta es una guerra de hombres blancos por sus intereses patriarcales”. He de reconocer que no leí el resto del artículo, aunque dudo mucho que contradijera a dicha entradilla y, más bien sería una reafirmación y justificación de lo dicho.

            Vamos a ver. Uno o una puede ser un imbécil, y no pasa nada por serlo. El problema es que ser un imbécil en determinadas circunstancias puede ser peligroso, además de inmoral. Está muy bien, y es muy bonito, y hasta divertido, inventarse palabras o cambiar el lenguaje incluso, cuando se está calentito y calentita en casa y se tiene el riñón bien cubierto. A mi todo esto me trae al pairo, porque, total, yo voy a seguir hablando, y pensando, como me salga de las narices, que es lo que hecho siempre. Ahora bien, cuando hay gente por medio que está muriendo estas sandeces lo único que hacen es beneficiar al que los está matando y hacerle el juego al agresor, así que, como tales sandeces, deberían permanecer escondiditas en el caletre de quien las piensa o malpiensa.

            Sinceramente, no creo yo que a las mujeres ucranianas -ni a los niños, ni a los ancianos ni a los hombres- que está huyendo de su país o muriendo en sus ciudades les interesen un carajo los valores patriarcales. Y mucho menos creo que estén dispuestos a aceptar que esta en una guerra de hombres blancos. Esta es una agresión de una nación contra otra y todas las demás consideraciones están muy bien para el café del domingo, pero poco más. Como decía, andar hablando de valores patriarcales en estas circunstancias es ocultar lo que está pasando, es hacerle el juego al agresor, y el imbécil que lo escriba se convierte en un imbécil peligroso. Dígale usted desde su cómodo sillón a una familia de Kiev que ha perdido todo lo que tiene que esta es una guerra de hombres blancos, y que por lo tanto ellos son tan responsables como los rusos y verá lo que le contestan. Lo dicho, uno tiene todo el derecho de mundo a ser un imbécil, pero cuando hay muertos de por medio decir determinadas imbecilidades resulta inmoral.

            En realidad, esta crítica es extensible a toda la izquierda, o al menos a aquella parte de la izquierda que se considera a sí misma más de izquierda y que, como antes decía, es cada vez más reaccionaria. Está muy bien ser pacifista y cantar por la paz y llevar flores en el pelo y cosas así. Pero cuando las cosas se ponen serias hay también que ponerse serio. Y cuando, como es el caso, nos encontramos ante una agresión directa, ilegal e injustificada de una potencia a una nación más pequeña, independientemente de las razones, reales o ficticias, que el agresor pueda supuestamente tener, lo progresista -y lo moral y lo decente- es defender al agredido. El ”No a la guerra” está muy bien cuando la guerra es una entelequia, pero no cuando es real. No toda guerra es injusta y cuando se trata de defender a personas inocentes que están siendo asesinadas en masa, las dudas o las disquisiciones morales resultan inmorales. A la postura que está tomando determinada izquierda en mi me pueblo se la llama “cogérsela con papel de fumar”. Y a estos señores y señoras a los que tanto les gusta la historia -aunque solo sea la suya- yo les recomendaría que repasaran la historia del último siglo en Europa. A ver si de una vez se enteran de algo.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Regeneración

 

Un tema recurrente en la historia del pensamiento español ha sido el intento, fallido siempre, de regenerar la nación. De regenerarla no solo a nivel político, que también, sino sobre todo a nivel moral. La idea, que está presente tanto en la obra de los krausistas, como en la de los autores del 98 o los regeneracionistas del 14, es hacer que la nación española, y entiéndase por nación el conjunto de los que forman eso que llamamos España, progrese moral e intelectualmente. Este intento de progreso de la nación ha fracasado repetidamente. Los españoles seguimos siendo los mismos que en el siglo XVII y es muy posible que este país ya no tenga remedio.

            Decía Ortega, uno de los que con más denuedo buscó esa regeneración de la nación de la que hablaba más arriba, que el gran problema de España era que carecía de minorías egregias, de una elite intelectual y moral que fuera capaz de vertebrar -de ahí lo de España Invertebrada- los impulsos y anhelos de la masa del pueblo en un proyecto común. Eso, téngase muy en cuenta, lo decía Ortega a principios del siglo XX, y teniendo a la vista a los políticos y dirigentes españoles de los siglos XVIII y XIX. Imagínense ustedes lo que diría ahora a la vista de la clase política que nos ha tocado, o más bien que hemos encumbrado, que constituye todo un dechado de estulticia y mediocridad. Porque si nos ponemos a comparar a los Mauras, a los Sagastas, a los Cánovas o a los Salmerones con lo que se sienta, y además habla, en nuestro Parlamento, yo creo que el propio Ortega rescribiría su obra para alabar la política de su tiempo.

            Que los políticos españoles, desde el primero hasta el último, constituyen la prueba más palpable de lo atrevida que puede ser la ignorancia y que ser intelectualmente disminuido es la mejor recomendación para medrar en la cosa pública, es algo que para mí está fuera de toda duda. Lo que sería digno de investigar, aunque yo no voy a hacerlo ahora, es como han llegado hasta donde están, cómo han conseguido que los ciudadanos les voten porque de lo que tampoco me cabe ninguna duda es que un país entero no puede ser imbécil.

            Como un país entero no puede ser imbécil, habrá que empezar a plantearse que si estos señores y señoras y señoros están donde están es porque han conseguido agitar los sentimientos más oscuros y ocultos de los españoles, entre los que destacan la envidia y el cainismo. Ese sentimiento que nos dice que lo mejor que podemos hacer con el vecino es darle un palo y que si aquél dice sí, yo digo no, tan magistralmente reflejado por Goya, otro que intentó regenerar el país, en su pintura “Duelo a garrotazos”. De donde se desprende también que si queremos sacar a la nación de su marasmo intelectual y moral habrá que dejar de confiar en los políticos, no hacerles ni caso, y empezar a hacerlo cada uno desde la pequeña parcela de su vida.




viernes, 11 de febrero de 2022

Turismo II. Las ciudades

 

Antaño existían unas tarjetas denominadas “postales”. Consistían estas tarjetas postales en alguna fotografía de algún lugar emblemático de la ciudad, o de la comarca, de alguna curiosidad intrínseca al lugar donde uno se encontraba. Estas tarjetas llevaban por detrás un espacio para escribir un mensaje generalmente corto, del tipo “estamos bien, espero que al recibo de la presente estéis también todos bien”, y otro espacio al lado para escribir la dirección del destinatario que recibía la tarjeta por correo, de ahí la calificación de “postal”.

            Sirva lo anterior como introducción a la segunda de las cuestiones que había quedado pendiente en el escrito precedente: la referente al hecho de qué es lo que se busca cuando se visita una ciudad. Hoy ya no se venden apenas postales, excepto para algún coleccionista, porque son los propios turistas los que fabrican las suyas con las cámaras integradas en sus teléfonos móviles. Lo único que interesa del lugar que se visita es fotografiarlo, no disfrutar de él, y no se cae en la cuenta de que fotografiarlo es matarlo y que las vivencias que despierta en nosotros un paisaje o una catedral no pueden ser captadas por una cámara. A lo sumo, durante el tiempo que perdemos en hacer fotos, nos perdemos también esas vivencias. Nos hemos convertido, en realidad, en cámaras fotográficas andantes y vivientes, y si fuera verdad la creencia de algunos pueblos primitivos de que las fotografías roban el alma, hace ya mucho tiempo que se habría desalmado a toda la población, tanto divina como humana.

            El llevar la cámara fotográfica integrada supone una ventaja añadida sobre las postales, y es que se puede instantáneamente mostrar las fotografías realizadas en las redes sociales. Las instantáneas de antes se han convertido realmente en instantáneas, y cualquiera de nuestros conocidos, y de los que no lo son tanto, puede saber al segundo en qué lugar del mundo nos encontramos. Yo, personalmente, no le veo ninguna ventaja a esto, aunque supongo que los que lo hacen, entre otras cosas, generarán la envidia de los que les siguen.

            Y llegamos así al centro de la cuestión: la obligatoriedad de visitar aquellas ciudades que otros visitan y muestran en las redes sociales. Por supuesto, lo que en cada ciudad hay que visitar es lo que aparece en dichas redes o en las guías turísticas. La ciudad en sí misma resulta indiferente, da igual que se esté visitando París o Río de Janeiro. De lo que se trata es de hacerse la foto en el mismo lugar en que se la ha hecho nuestro vecino o el amigo de Facebook. Se convierten así los viajes turísticos en una especie de safaris fotográficos, donde lo único que se busca es esa foto que esperamos que sea la envidia de nuestras amistades. Da igual si en dicha foto aparecen trescientas personas que no conocemos de nada y que estaban también haciéndose la foto de rigor, mientras que al fondo se atisba la Torre Eiffel o la Puerta de Brandemburgo.

            Recuerdo que cuando visité Lisboa había un ascensor que subía a uno de los barrios más típicos de la ciudad. Había una cola kilométrica para tomar dicho ascensor, mientras que se podía perfectamente subir al mismo barrio -y tener las mismas vistas- por una escalera o callejeando por la ciudad. No se trataba, pues, para los que pacientemente esperaban su turno en el ascensor, de conocer Lisboa, sino que montar en el artilugio. Y es que las ciudades solo se conocen viviéndolas, sintiéndolas, andándolas y oliéndolas. Una ciudad es algo vivo en lo que hay que penetrar. Hay que fundirse con ella. Una ciudad es como la vida: se puede estar en ella o se puede pasar por ella. Hay gente que está de paso por la vida, como está de paso por las ciudades que visita. Y hay gente que vive las ciudades como vive su vida. Una ciudad no se vive en una tarde al bajar de un crucero, no se siente en una semana. Hace falta tiempo y una mente dispuesta para penetrar en el espíritu de una ciudad. Si no, estamos haciendo fotos de algunos sitios. Estamos comprando postales para ponerlas en el álbum como quien caza mariposas para clavarlas en un cartón. Habremos pasado por muchos sitios, pero no habremos estado en la ciudad.

miércoles, 2 de febrero de 2022

Turismo I: Las personas

Dos notas caracterizan hoy a las ciudades. Una, son algo que debe ser visitado; dos, son unas cuantas páginas en una guía turística.

            El turismo, como actividad necesaria para conocer otras culturas y otros pueblos, es casi tan antiguo como la humanidad. Los antiguos griegos ya visitaban a las culturas vecinas: persas, fenicios o egipcios, para empaparse de sus costumbres y aprender lo que estas culturas les pudieran enseñar. Y de allí sacaron los conocimientos matemáticos, científicos y filosóficos que luego constituyeron la gran cultura griega. Los romanos, dando un paso más alá, inventaron lo que más tarde se conocería como “veraneo” y construyeron villas en las orillas del Mediterráneo o del Adriático, o en islas paradisíacas, para pasar los estiajes. A partir del siglo XVII el viajar a otros países se convirtió en algo casi obligado para los hijos de las familias acomodadas como elemento fundamental para su formación, actividad que alcanzó su auge en el siglo XIX, cuando los vástagos de la alta burguesía occidental pasaba, al acabar sus estudios y antes de incorporarse a los negocios familiares, recorriendo el mundo y completando su educación.

            Nótese bien que estas originales actividades turísticas se caracterizan por dos cosas: primera, son llevadas a cabo solo por aquellos que económicamente ocupan un lugar elevado en la sociedad y, segundo, tienen como objetivo fundamental la adquisición de unos conocimientos que no podían ser adquiridos de otra forma -aunque Kant ya puso en duda que el viajar pudiera dar algún tipo de conocimiento nuevo al que no pudiera llegar por la razón y la lectura, y de hecho nunca salió de su localidad natal.

            Centremos ahora nuestra vista en el turismo actual. En primer lugar, se ha convertido en una actividad que cualquier miembro de la sociedad puede realizar. Incluso aquellos que disponen de menos recursos económicos como los jóvenes, pueden coger un avión por unos cuantos euros para viajar a cualquier parte del mundo, de tal forma que si uno visita cualquier rincón perdido del Punjab, por ejemplo, probablemente encuentre más estadounidenses, franceses, británicos, alemanes, italianos o españoles que nativos de la zona. En segundo lugar, en un mundo globalizado ya no se viaja para conocer nuevas culturas, porque ya solo existe una cultura, que es la cultura humana que impuso la Ilustración y el capitalismo. No es una cuestión de aculturación: es que ante existían múltiples mundos en este mundo y hoy solo existe uno. De hecho, este mundo se ha quedado ya tan pequeño que se está empezando a implementar el turismo espacial.

            Como decía, hoy en día ya no tiene sentido decir que uno viaja para conocer otros pueblos y el que lo diga es tonto. Las costumbres son las mismas en Zaragoza que en Tombuctú, más allá de unos cuantos caracteres secundarios como la comida o el vestido, que cada vez se van uniformizando más. Porque usted podrá comer Pollo al Chilindrón en Zaragoza y lo que sea que se coma en Tombuctú, pero seguro que en los dos sitios se puede comer una hamburguesa. Hoy en día, gracias a Internet, cualquiera puede hacer una visita virtual por París o por el Hermitage de San Petersburgo sin salir de su casa y, sobre todo, sin montar en un avión atestado de gente que a lo que más se parece es a un vagón de tercera de un ferrocarril de hace un siglo. Hoy, cualquier patán o patana que no sabe hacer la “o” con un canuto puede visitar y de hecho visita Roma, Florencia o Atenas y luego presume de ello delante de sus vecinos, aunque no se haya enterado de nada de lo que ha visto y lo único que pueda decir de ello es que es todo “muy bonito”.

            Viajar, así, se ha convertido, casi más que en una obligación, en una necesidad social, creada por la industria del Turismo que ha descubierto un filón en todos aquellos seres humanos a los que se puede convencer de que deben de hacer turismo, que es una actividad de ricos que ahora está a su alcance. Y así, esta misma industria del turismo ha descubierto que su mejor producto no es lo que venden, sino quien lo compra.

            Ahora bien, ¿qué es lo que visitan los que visitan? Eso, que es la segunda característica de la que hablaba al principio, se tratará en otra ocasión.