viernes, 27 de septiembre de 2019

Axiomas 1


Las posturas políticas de la nueva izquierda –que, por supuesto, no es izquierda ni derecha- parten de dos premisas que, por indemostradas, han acabado deviniendo axiomas indemostrables, no tanto por su propia naturaleza de verdades de razón, sino por la propia comodidad, posición estratégica o inepcia intelectual de aquellos que las postulan. Estos dos axiomas son los siguientes: 1) la democracia directa –o participativa o asamblearia, que de todas esas maneras se puede denominar– es preferible, en tanto más democrática, a la democracia representativa y 2) la democracia representativa es estructuralmente corrupta y por ello es menos democrática que la participativa. Se trataría de analizar sí estos dos axiomas son indemostrables bien –como decíamos más arriba– porque son verdades de razón, bien porque son cuando menos erróneas, y por lo tanto no es demostrable su verdad.
            Que la democracia directa, o asamblearia, sea más democrática que la democracia representativa es algo que niega tanto la historia como la propia teoría política. Desde un punto de vista histórico, efectivamente, la democracia asamblearia o participativa sólo se ha manifestado en regímenes totalitarios. En efecto, la única forma política real de la democracia asamblearia de la que podemos hablar ha sido el soviet y sus derivados que como se supone que todo el mundo sabe se materializó en la URSS  de Stalin y sus países satélites, tanto geográficamente, la antigua Europa del este, como ideológicamente, China, Cuba, o Corea del Norte por poner algunos ejemplos y, en la actualidad, algo parecido se ha desarrollado también en Venezuela –aunque, eso sí, con un parlamento de representantes elegidos-. Soy consciente de que habrá gente que me niegue la mayor y afirme sin ningún rubor que Cuba o Corea del Norte son sistemas más democráticos que los existentes en Europa occidental o Estados Unidos. De hecho, también hay gente que habla con seres invisibles y está convencido de que dichos seres les escuchan y les conceden lo que piden –a eso le llaman rezar, algo que la nueva izquierda conoce muy bien-. Quiero con esto decir que cuando el universo del discurso se cierra en sí mismo, se convierte en solipsista y se niega a contrastar sus enunciados con la realidad, no sólo dejan de dar significado a sus términos sino que también hacen imposible cualquier debate. No es el caso, en cambio, sí por democracia participativa entendemos democracia directa, entendiendo a su vez democracia directa como la participación directa de los ciudadanos en la toma de decisiones políticas a través de referéndum. De hecho, este tipo de democracia se lleva a cabo actualmente –como complemento o en paralelo a los sistemas representativos- en países tan poco sospechosos de pretender exportar la revolución como Suiza o los Estados Unidos, donde cada elección de representantes va a su vez acompañada de la propuesta de aceptación ciudadana de un buen número de leyes. Así, la única novedad de la nueva izquierda en cuanto a democracia participativa, sí es que se refieren a esta modalidad de democracia directa, tienen muy poco de nueva y menos aún de revolucionaria, a no ser que la novedad radique en implementarla a través de la redes sociales.
            Desde el punto de vista de la teoría política tampoco está muy claro que la democracia asamblearia será más democrática que la representativa, y esto lo sabe cualquiera que haya estado alguna vez en una asamblea y además haya comprendido lo que allí había podido pasar. Las críticas que se le pueden hacer –desde un punto de vista exclusivamente democrático- al modelo representativo: que no es realmente democrático porque los ciudadanos no participan en la toma de decisiones, que se genera una élite política o que los individuos son manipulados por aquellos que aspiran a poseer el poder, son también extensivas a un sistema asambleario. Las asambleas originarias, regidas por el velo de ignorancia y donde todos los sujetos se sitúan en pie de igualdad son tan sólo hipótesis de trabajo. Las asamblea reales –o virtuales- en cambio están controladas por grupos que marcan las pautas de lo que se debe decidir o votar, mientras el resto de los participantes se limita a escuchar lo que quiere escuchar, a repetir consignas o a aplaudir lo que ya de antemano está decidido. Este primer axioma, por lo tanto, no lo es tal. Es una premisa que, a lo que parece, debería ser demostrada.

lunes, 23 de septiembre de 2019

La farsa


Una tarde cayó en la cuenta de que él no era él, sino lo que habían tratado de hacer de él. No fue una revelación mística, ni siquiera una toma de conciencia de algo que hubiera estado rondando por su mente desde hacía tiempo, inquietándole y desasosegándole por la noche. Fue más bien algo que pasó, una irrelevancia como otra cualquiera, como el que se da cuenta de que ya ha caído el sol o el que de pronto descubre que tiene una mancha en el jersey. Lo peor de todo, sin embargo, no fue ese darse cuenta de algo que podía compararse con una mala higiene personal, sino el pensar que, si no era él, tenía que buscarse tal y como era. La sensación, de nuevo, no fue de angustia, ni de desesperación, sino de pereza: pereza vital que tenia que ver con las pocas ganas que tenía, a su edad, de empezar a buscarse a sí mismo, cuando creía que ya había mucho tiempo que se había encontrado. Y sobre todo pereza intelectual de tener que romper con todos sus moldes, de tener que enfrentarse a todo lo que le había constituido, a todo lo que había sido y borrarlo de su vida; pereza de tener que acudir al oráculo de Delfos y, sobre todo, pereza de tener que enfrentarse a todos los que le habían conocido tal y como ahora él y solo él sabía que no era. De tener que dar explicaciones de porqué a partir de ese momento iba a ser de otra manera, por qué iba a dejar de creer en lo que creía, iba a dejar de sentir lo que sentía e iba a dejar de pensar lo que pensaba. No le apetecía nada tener que explicar que todo lo que habían conocido de él no era más que una farsa montada para poder vivir en un mundo que le exigía vivir en la farsa, una ficción para poder sobrevivir en un teatro donde solo contaba la ficción. Y eso le abrió los ojos: si todo era una farsa, entonces su farsa solo podía ser tomada como tal, como una farsa mayor, como una meta-farsa que, por necesidad, acabaría convirtiéndose en lo auténtico. Si todo era mentira al fin y al cabo, la verdad de lo que él era seguiría oculta a los ojos de todas las marionetas que bailaban a su alrededor. Solo que el saber que vivía en un guiñol le permitiría manejar los hilos. O al menos cortar los que le ataban. En el peor de los casos, podía dar un tirón de vez en cuando. Se sacudió la pereza y pensó en pensar.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Izquierda conservadora


Si la izquierda se vuelve de derechas no es de extrañar que la derecha se vuelva de izquierdas. Si la izquierda es conservadora, entonces es la derecha la que es revolucionaria. Y uno de los problemas que la izquierda contemporánea debería hacerse mirar urgentemente es que se ha vuelto conservadora. Y lo ha hecho por tres razones, que son las que definen una ideología conservadora: la izquierda es puritana (mucho), es defensora y sostenedora el orden social establecido, al menos el orden social establecido desde 1945 y, por último, impone un pensamiento único fundamentado en lo políticamente correcto.
            La izquierda es puritana. De hecho, es la ideología más agobiantemente puritana desde la época victoriana. Y cuando decimos puritana lo decimos en el sentido más estricto de la palabra. La izquierda es puritana a nivel sexual. Todo lo que huela a prácticas sexuales que se separen de lo más o menos convencional –habida cuenta que las relaciones entre personas del mismo sexo son ya perfectamente convencionales- es anatematizado y condenado, no en nombre de Dios, sino en nombre, curiosamente, de los derechos del individuo, cuando desde el puritanismo desbocado lo que se hace es atacar a uno de los más elementales de esos derechos, que es la libertad sexual. Sin embargo, es en nombre precisamente de esa libertad sexual que la izquierda contemporánea censura todo lo que se sale de las pautas sexuales aceptadas, condena a la hoguera mediática y social –lo que en muchos casos supone una muerte en vida- a todos aquellos que no comulgan con el nuevo puritanismo del siglo XXI e impone un criterio sexual a todos los individuos es decir, les dice lo que está bien y lo que está mal, lo que debe ser admitido y lo que nunca lo será.
            La izquierda es sostenedora del orden social que se establece en Europa a partir del final de la II Guerra Mundial, es decir, del llamado estado del bienestar. Los lamentos y los lloros de la izquierda vienen, precisamente, porque se ha perdido ese Estado del Bienestar. El estado del bienestar en sus orígenes supone un beneficio para el proletariado urbano pero no tanto para los que lo tienen que sufragar con sus impuestos. A medida que el estado del bienestar se extiende y el proletariado urbano se convierte en clase media debe también sufragar con sus impuestos los beneficios sociales para el lumpen proletariado, que no paga impuestos, con lo cual reniega del orden establecido defendido por la izquierda y se apoya en la derecha que predica el cambio de ese orden y, de hecho, lo destruye. En este sentido, la izquierda es positivista. El orden establecido es el único que debe ser tenido en cuenta, puesto que el deber ser ya se ha realizado en el ser. Lo que queda por hacer son ajustes o pequeñas reformas que inhieran en minorías sociales, pero por lo demás la estática social debe ser mantenida. Así, la nueva izquierda es incapaz de ver la contradicciones que se generan en ese orden social que debe ser mantenido a toda costa, como las que se materializan en el terrorismo islámico o la inmigración incontrolada.
            Y por último, la izquierda contemporánea se mueve en lo políticamente correcto, lo que significa que impone desde esta corrección política un pensamiento único. Lo políticamente correcto determina lo que se debe de pensar y lo que se debe de decir, porque es lo que resulta bueno para toda la sociedad. La libertad individual queda así anulada, pero no solo ella, sino que libertades tan básicas a nivel social como la libertad de expresión o la libertad de pensamiento son también cercenadas en nombre de lo políticamente correcto. Así, se vuelve a establecer una censura inquisitorial contra todas aquellas manifestaciones intelectuales o artísticas que no se ciñan a las pautas de lo que debe ser pensado, dicho o creado. Censura que va más allá de la época y se extiende desde canciones de los ochenta hasta cuadros de la vanguardia de principios del siglo XX. No es de extrañar que pronto los desnudos renacentistas se vean censurados por lo políticamente correcto. De esta manera, la izquierda se manifiesta como la más perfecta expresión de la derecha: como un sistema totalitario que pauta cada uno de los movimientos de los ciudadanos.
Si esto lo hace la izquierda entonces cualquier manifestación en contra ha de ser necesariamente revolucionaria. Y las manifestaciones en contra vienen de la derecha, que se trasmuta así en motor de una dinámica social que la izquierda pretende detener. Así que los que somos de izquierda y aún creemos que la característica fundamental de ésta es ser revolucionaria (ser revolucionaria, que no andar montando “revoluciones” por ahí) nos hemos convertido, sin saber muy bien cómo, en fachas de toda la vida.

martes, 11 de diciembre de 2018

La izquierda y la élite


Es curioso como la ideología puede ser la más grave causa de ceguera. De ceguera histórica, social y política, en el caso que nos ocupa y que nos va a seguir ocupando. Una ceguera que lleva a los analistas políticos y a los expertos de toda laya a devanarse los sesos acerca de las causas por las que la ultraderecha, o más bien una remedo de la ultraderecha tradicional –la ideología sigue nublando la visión de algunos- esté ganando cada vez más terreno en occidente. En EEUU gobierna, en Italia también gobierna –en coalición con la ultraizquierda, por si alguien no lo sabe-, en Francia hace tiempo que es una opción política como cualquier otra y en España acaba de obtener 12 diputados en un parlamento regional de 109.
            El caso es que todo el mundo, sobre todo la izquierda, se pregunta por las causas de esta situación. Y la niebla ideológica les impide ver lo que, a mi parecer, es la respuesta más evidente. Desde hace mucho tiempo el discurso de la izquierda se ha convertido en el discurso de la élite. El ecofeminismo, el multiculturalismo, el animalismo y algunos otros “ismos” más configuran un lenguaje político que está especialmente dirigido a una élite urbana culta –o más bien semiculta- mientras que los intereses de los trabajadores son dejados de lado en estos nuevos alegatos de la izquierda. Lo que queda para la clase trabajadora es el paternalismo populista que les viene a decir que van a hacer todo lo que es mejor para ellos, teniendo en cuenta que los únicos que saben lo que es mejor para ellos es la élite política –lo que antes se llamaba, salvando las distancias la “vanguardia del proletariado”. Así, vemos como lo que prima en los análisis de las últimas elecciones andaluzas en las formaciones de izquierda es el desprecio de la élite hacia la chusma trabajadora que ha votado a la extrema derecha, negándoles no solo el derecho a votar a quien les de la santa gana, faltaría más, sino también la capacidad intelectual de elegir lo que consideran mejor. Se les considera un rebaño de retrasados que deben ser dirigidos porque si no, no saben lo que hacen. Es el totalitarismo en su estado más puro.
Por bajar a las cabañas de los ejemplos prácticos y no quedarnos en el limbo de las ideas, las medidas que está tomando el ayuntamiento de Madrid con el objeto de proteger la salud de los habitantes de la ciudad, -y porque ellos consideran que es lo mejor para todos, porque esos todos, en realidad, no saben lo que quieren ni lo que les beneficia, y es necesario que los maestros se lo enseñen- a la única que beneficia es a la burguesía urbana que vive en el centro de Madrid, mientras que los trabajadores que viven en la periferia y han de desplazarse para trabajar a la capital y además en vehículos diésel porque son más baratos de mantener, se ven claramente perjudicados. De la misma manera, que nadie se engañe, las protestas que estamos contemplando estos días en París contra la subida de los carburantes y de los impuestos en general –otra de las preocupaciones de la izquierda- no están protagonizadas por grupos de marginados, ni de revolucionarios profesionales, ni de anarquistas, sino por miembros de la clase media que ya están hartos de una situación que les castiga cada vez más con la aquiescencia de sus supuestos aliados de clase, y que no es de extrañar que en las próximas elecciones voten al Frente Nacional
            Lo que debería habernos enseñado la Historia y parece que algunos no han aprendido, es que la clase trabajadora, cuando ve que la izquierda abandona sus intereses por los de una intelligentsia muy alejada de ella, se vuelca con la ultraderecha, que sabe aprovecharse de estas situaciones. Pasó en Alemania, pasó en Italia y pasó en España cuando miembros de la CNT se pasaron masivamente a las filas de Falange. Tiene razón el señor Errejón cuando dice que en Andalucía no hay 400.000 fascistas. Por supuesto que no, posiblemente no haya ni tres –aunque a los intereses del señor Errejón y otros como él les convenga que los haya, o al menos hacer creer que los hay- Lo que hay son 400.000 trabajadores que se han cansado de que les tomen el pelo y que ven como sus problemas siguen sin resolverse mientras que sus dirigentes políticos se dedican a hablar de heteropatriarcado, de alianza de civilizaciones, coquetean con el nacionalismo burgués, este sí fascista, y les dicen que no coman carne porque la carne es mala, hay que proteger a los animalitos y los pedos de las vacas son la causa del cambio climático.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Inquisición new age


Fue Napoleón quién derogó la antigua Inquisición eclesiástica y medieval en España. Hoy, sin embargo, vemos florecer una nueva Inquisición, muy moderna ella, muy en la onda, muy new age, en definitiva, que nada tiene que envidiar a la del siglo XIV y que, en algunos aspectos, la supera con creces. Esta Inquisición new age, también tiene sus brujas y sus herejes a los que quemar, solo que ahora se trata de las brujas y los herejes de su pensamiento políticamente correcto, o, más bien, habría que tachar el “políticamente” y dejarlo directamente en “correcto”. Hay un pensamiento correcto y otro que no lo es, y ese que no lo es el que persigue nuestra particular Inquisición. Es por ello que estos nuevos inquisidores, escondidos en los más recónditos rincones de la política, el periodismo o la cultura, también invitan a los ciudadanos a la delación, a la denuncia anónima, todo en nombre del progreso y del desarrollo de la humanidad –de su humanidad-. No es de extrañar, así, que cualquier imbécil le interpele a uno por la calle por que, refugiado en y protegido por la verdad del pensamiento -único, considere intolerable y digno de la hoguera virtual –y no tan virtual- que se tire una botella de vidrio en un contenedor de papel, o algo así.
            La nueva Inquisición, al igual que la de toda la vida, se apoya en la ignorancia de la masa, pero, a diferencia de ella, no tiene detrás una teología profunda y compleja, desarrollada por unos sujetos que podrían ser lo que fueran, pero a los que nadie podía negar una amplísima cultura y una grandísima potencia intelectual. Los inquisidores de hoy solo demuestran su mogigatería, su papanatismo, su cretinismo y su pijerío. Porque si algo caracteriza a los inquisidores new age es precisamente eso: que son unos mojigatos, unos papanatas, unos cretinos y unos pijos, eso sí, ocupando puestos importantes en la Administración, los medios de comunicación o la Universidad. Sin embargo, hacen gala de la misma ignorancia de la que hacen gala las masas que siguen a pies juntillas su puritanismo trasnochado. Porque hay que ser muy ignorante para censurar canciones sin conocer, o sin querer conocer, el ambiente cultural de libertad creativa absoluta en el que esas canciones surgieron, porque hieren sus sensibilidades de papel de fumar. Lo mismo que hay que ser muy ignorante para quitar una estatua de Colón en Los Ángeles diciendo que era un genocida, eso en un país que está edificado sobre el genocidio de los nativos americanos, como si en California hubieran vivido siempre latinos ricos y artistas progres y no apaches, comanches y navajos de los que ya nadie se acuerda. Porque la nueva Inquisición no es propiedad exclusiva de nuestro país y se desarrolla en todos los ambientes y condiciones.
            Y, en fin, como toda Inquisición fundada en un único pensamiento correcto, esta nueva también acaba desembocando en una sociedad totalitaria, en donde aquel que no piensa lo que debe ser pensado, aquel que aún se atreve a ejercitar eso que tanto se denostó en el siglo XVII y los albores del siglo XVIII y que se llamó libre pensamiento se encuentra cada vez más señalado, asfixiado e incluso perseguido. Es tachado de loco o de enfermo y tiene que ver como sujetos que en cualquier otra épca estarían destripando terrones ahora son los que marcan las tendencias y los que deciden lo que se debe de hacer, se debe de decir, se debe de pensar, se debe de cantar, se debe de escribir o se debe de pintar. Claro que yo pienso seguir pensando y diciendo lo que me salga de los cojones, por muy sexista que sea la expresión.

martes, 13 de noviembre de 2018

De la Ley y la Justicia


Pues yo voy a defender a los jueces, entre otras cosas porque prefiero que me juzgue un juez a un periodista o un tribunal popular. Dando por hecho que hay jueces incompetentes como hay médicos o conductores de autobús incompetentes, y que supongo que habrá jueces corruptos como hay políticos o funcionarios corruptos, creo que quien ha hecho las declaraciones más acertadas en todo este lío  -más ruido- que desde hace tiempo se está montando en este país con las sentencias judiciales –curiosamente, solo con las españolas: las belgas o las alemanas no, aunque incidan en asuntos nacionales- ha sido el presidente del Tribunal Supremo, señor Lesmes, cuando afirmó que la ya famosa y archiconocida sentencia de dicho tribunal sobre el Impuesto de Actos Jurídicos Documentados era la consecuencia de la ambigüedad de las leyes. Efectivamente la culpa de que las sentencias judiciales acaben reflejando la opinión subjetiva de un señor o señora –o de un grupo de ellos- la tiene quien les otorga esa facultad, es decir, aquél que hace dejación de sus funciones y deja que sean ellos los que decidan sobre un determinado asunto. Si las leyes fueran claras y contundentes y la labor de los jueces se limitara a aplicarlas, y no a interpretarlas, nada de esto ocurriría.
            Lo que el señor Lesmes insinuaba es que la separación de poderes, entre otras cosas, implica que cada uno de ellos cumpla con la función que le ha sido asignada en el Estado de Derecho. El poder judicial aplica las leyes que emanan del poder Legislativo. Y el problema no es del poder Judicial, sino del poder Legislativo (el Parlamento, para quién no lo sepa), que hace ya años que ni está ni se le espera. Y ello por dos razones. La primera de ellas es que hacer una ley que tenga como objetivo prever algo que puede ocurrir, y no leyes que respondan a los problemas –más o menos graves-  que en esos mismos instantes preocupan al “pueblo” -preocupación que viene generada, más que por los propios problemas, por el tratamiento alarmista que de ellos hacen los medios de comunicación, a sueldo en la mayoría de los casos de los políticos que luego hacen las leyes ad hoc- no da réditos electorales inmediatos, como tampoco da votos hacer una ley clara y concisa que deje ver de forma transparente la voluntad del legislador, pues puede ser que esa voluntad sea contraria a o no coincida con lo que los votantes esperan de él. Así que lo mejor es que las leyes sean confusas, que valgan lo mismo para un roto que para un descosido y que luego tenga que llegar un juez a interpretarla y a aguantar los palos. Porque el juez se va a llevar los palos diga lo que diga. Se afirma que los jueces de la sentencia citada más arriba estaban presionados por la banca –que lo estaban- pero de la misma forma hubieran estado presionados por las asociaciones de afectados por las hipotecas si hubieran dictaminado en sentido contrario. Si las  manifestaciones que se montaron a raíz de las sentencias del caso aquel de “La Manada” no eran para presionar a los jueces ya no sé lo que eran. Y esto es algo que se dará con mas frecuencia si los legisladores, en vez de legislar, se dedican a agitar a las masas cada vez que un juez emite una sentencia que va en contra de sus intereses o simplemente de sus gustos.
            La segunda razón de la que hablaba más arriba tiene que ver con que aquí se confunde cada vez más quién es el legislador, es decir, quién tiene que hacer las leyes. Y el legislador no es el Gobierno, que es poder ejecutivo. Así que gobernar por decreto, como hace nuestro bien amado líder-presidente, es usurpar las funciones del poder legislativo y tampoco es la solución. Hacer un Decreto que diga que son los bancos los que deben pagar el impuesto de marras no es más que populismo, además muy barato.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Ruido


Dicen que decía Schopenhauer que la inteligencia era una facultad del ser humano que aumenta o disminuye de forma inversamente proporcional a su capacidad para soportar el ruido. Vamos, que cuanto más ruido fuese uno capaz de soportar más tonto era y a la inversa. Suponemos que el viejo Schopenhauer se refería en este adagio al ruido sonoro, al ruido que perturba los oídos y rompe el silencio, mas si tomamos como cierto el acontecido según el cual cedió su balcón y sus gemelos de teatro al comandante de las fuerzas que reprimían a las masas revolucionarias en la Prusia de 1848, porque el ruido que éstas hacían le molestaba para pensar.
            Hoy es de tener muy en cuenta la  supuesta frase del filósofo alemán, no tanto porque la alteración de las ondas sonoras nos aturda, que también, sino sobre todo porque el ruido mediático e informativo, el ruido mental que cualquier hecho, por nimio que sea, produce en la sociedad, también nos impide, hasta límites insospechados, pensar con claridad. Al menos, nos lo impide a los que estamos acostumbrados a pensar. Supongo que para aquellos que nunca han pensado y se han dejado siempre llevar por el ruido no existirá diferencia alguna entre esta época de ruido y otras de, quizás, un poco más de silencio.
            Y es que, como decía, cualquier hecho provoca un ruido ensordecedor. Cualquier sentencia judicial, cualquier decisión política, cualquier acontecimiento deportivo o social, cualquier payasada de un payaso, hace que cualquiera –y cuando digo cualquiera digo todos, y cuando digo todos digo todos sin excepción, tanto catedráticos como jueces, como periodistas, como cerrajeros o como encofradores, que para eso estamos en una democracia donde todo el mundo tiene derecho a opinar, faltaría más- se lance a la palestra del ruido para contaminar en la medida de sus posibilidades cualquier posibilidad de debate tranquilo y relajado, cualquier posibilidad de una reflexión pausada, de un análisis minucioso de los acontecimientos que, a lo mejor, no son tan terribles como nos hace creer el ruido. O a lo mejor sí, pero en todo caso es algo imposible de detectar en la vorágine del ruido.
            El caso es que a los que todavía el ruido no ha terminado de embotarnos del todo la inteligencia, y siguiendo con Schopenhauer, sospechamos que detrás de aquél siempre hay algo más, un sonido que no se deja oír y que es el que maneja el ruido. En la mayoría de la masa el ruido no es más que la manifestación de la ignorancia. Porque si bien es cierto que todo el mundo puede opinar lo que quiera, siempre y cuando el que opine sea uno mismo, también lo es que siempre llevamos la razón, y la mejor manera de demostrarlo es hacer más ruido que los demás. Pero por otro lado el ruido es el instrumento que utilizan algunos para esconder lo que no debe ser pensado. Y así, lanzan el ruido sabiendo que la masa ignorante lo amplificará. La propaganda es un instrumento muy potente y, ante cualquier acontecimiento, en seguida los medios de comunicación, a las órdenes de la política, se encargan de abrir sus cajas de truenos, nos amenazan con los males del inferno y magnifican los acontecimientos como si no hubiera nada más importante. Como consecuencia, si uno quiere huir del ruido y pensar con calma será visto –y tratado- como sospechoso, como enemigo, da igual de qué lado venga el ruido, porque viene de todos lados. Así que parece que Schopenhauer tenía razón y aunque no sea mas listo un profesor de filosofía que un cocinero, la verdad es que a mi me gustaría que me dejaran pensar un poco.