miércoles, 23 de mayo de 2012

Lógica y Coherencia (1)

 La racionalidad, en general, hace referencia a dos ámbitos distintos –aunque relacionados- del comportamiento humano. Primero al discurso racional, puesto que el ser humano es, por encima de cualquier otra consideración, un ser que posee lenguaje, y su determinación esencial, como bien sabía Aristóteles, es que es capaz de comunicarse con los demás de una forma, justamente, racional. Y en segundo lugar la racionalidad incide en la actuación en forma de actuación racional. Desde estas premisas es posible analizar, de forma muy breve, el comportamiento de los seres humanos que componen el Gobierno de España, y ver si, efectivamente, este comportamiento resulta tan ajeno a la racionalidad como aparenta.
 En cuanto al discurso racional –salvedad hecha de las contradicciones flagrantes como decir que no se va a dar dinero público a Bankia y luego afirmar que se le inyectará todo el que necesite para sanearse- resultan muy ilustrativas las últimas declaraciones hechas por el Ministro de Educación señor Wert. Afirmó el señor Ministro no hace mucho tiempo que las medidas tomadas en materia de Educación por el Gobierno –un eufemismo para no llamarlas por su nombre: “recortes”- deberían de haberse tomado cuando existía una situación de bonanza económica. Ahora bien, esa situación de bonanza económica, según el Ministro Wert y todos los miembros del PP, sólo se produjo en este país bajo los Gobiernos del señor Aznar, y fue la etapa socialista recientemente pasada la que arruinó el país. Puesto que la bonanza económica se produjo bajo los gobiernos del PP lo que vino a decir el señor Wert, aunque seguramente no era eso lo que quería decir, es que las medidas de ajuste en educación deberían de haberse tomado bajo el Gobierno del señor Aznar. De este modo, lo que está haciendo el señor Wert, del PP, es criticar la política educativa que el PP llevó a cabo hace ocho años. Con lo cual 1) o bien el señor Wert es un crítico acérrimo de la idea de educación que su partido –y él como Ministro- representa, 2) o bien la idea de educación del PP ha cambiado de forma radical en estos ocho años, de tal manera que lo que antes era considerado necesario, útil, adecuado y lo mejor para el país hoy ya no lo es, 3) o bien el PP no tiene una política educativa, 4) o bien el señor Wert no sabe lo que dice
 Este, empero, no sea quizás el atentado más grave contra la lógica que haya cometido el señor Ministro de Educación puesto que las opciones 1) y 2) arriba citadas son perfectamente asumibles –si no estuviéramos hablando, eso sí, de un partido tan poco democrático y tan poco dado a la autocrítica como el PP-. Hace un par de días afirmó que la huelga convocada en todos los sectores de la educación para protestar contra las medidas que su Ministerio ha tomado estaba basada en afirmaciones falsas. Si repasamos lo que dijo el señor Wert en el Congreso veremos que esas afirmaciones falsas en las que supuestamente se ampara el paro citado fueron exactamente las que salieron de su boca y para remacharlas aún más añadió algo así como que era consciente de que eran dolorosas pero no tenía más remedio que tomarlas (la cantinela que todo el Gobierno se ha aprendido de memoria y suelta en cuanto tiene ocasión), precisamente porque se debían de haber tomado en tiempos de bonanza económica. Con lo que el señor Wert se está llamando a sí mismo mentiroso o se está acusando a sí mismo de realizar afirmaciones falsas. La vieja paradoja del mentiroso reactualizada: “Soy del PP y los del PP siempre mienten”

martes, 22 de mayo de 2012

Aunque todos mientan...

 “Aunque todo el mundo mintiera seguiría siendo verdad que no se debe de mentir”. Esta fue una de las argumentaciones que expuso Kant para fundamentar su ética formal. No es de esperar que la derecha española, que se rige como todas por una moral utilitaria –más que utilitarista- se tomara demasiado al pie de la letra el razonamiento kantiano. Pero tampoco estaría de más que alguna vez dejaran de mentir, o de no decir la verdad que para el caso viene a ser lo mismo. Es cierto que es difícil dejar de lado una costumbre arraigada en el ideario colectivo de un grupo durante muchos años, y el uso de echar la culpa a otros, desviar la atención, declinar las responsabilidades o sencillamente faltar a la verdad es algo que los políticos del PP y sus seguidores mamaron desde pequeñitos, aprendiéndolo de sus mentores franquistas. Pero lega un momento en que cansa tanto insulto a la inteligencia.
 Y es que no es la primera vez –dejando de lado, que no olvidando, los años de la dictadura- que los dirigentes del PP mienten al pueblo y llevan al país al borde de la catástrofe. Y no me estoy refiriendo a que cumplan o no cumplan su programa electoral, porque cualquiera que tenga un mínimo sentido de la realidad debería de haber sabido en su momento lo que estos señores iban a hacer en cuanto llegaran al poder. Estoy hablando de la sorpresiva –para algunos- noticia de que el déficit de Madrid y Valencia estaba falseado y es mucho mayor del que en un principio se dijo. Yo lo siento, pero este caso no deja de recordarme a aquél otro en el cual el señor Acebes, entonces Ministro del Interior del gobierno del Señor Aznar se empeñaba en hacernos creer –él y sus medios afines- que los autores de los atentados del 11-M eran miembros de ETA, cuando todo el mundo sospechaba –y él seguramente sabía- que eran obra de fanáticos islámicos. Y aunque en este caso no haya 193 muertos por medio, si que hay un 23% por ciento de menores que viven en la pobreza, algo tan catastrófico como lo primero. Ahora, como entonces, sólo los muy ciegos pueden creer lo que dice el Gobierno. En un principio el déficit era culpa de gobierno socialista. Después tenía que ver con las Comunidades Autónomas, pero sólo las que no estaban gobernadas por el PP (léase Cataluña o Andalucía). Más tarde se nos dice que el mayor peso en el exceso de deuda recae en las comunidades populares, pero por ese entonces se confía en que ya se hayan olvidado las afirmaciones anteriores. Ahora resulta que la Comunidad de Madrid duplica el déficit anunciado, lo que se comunica un mes después de que el Gobierno tuviera noticia de ello y con nocturnidad y alevosía. Algo que la dirección del PP debía saber hace mucho tiempo, antes incluso de esas elecciones en las que se nos pedía optar a lo malo o a lo peor, con lo que uno llega a pensar que a lo mejor el señor Zapatero nos engañaba porque le estaban engañando previamente a él. Y como boche de oro  el señor Martínez Pujalte dice en el Congreso que esa desviación no es tan grave –cuatro mil millones más de recortes no son graves para este señor, este es el jaez de estos individuos- y que más que por malicia, es producto de la ignorancia. Bonita manera de arreglar las cosas. El que actúa por malicia al menos sabe que es lo que está bien y es consciente de que lo que hace no lo está. Pero el que se mueve por ignorancia está convencido de que lleva razón, de que las cosas son como él piensa y no está dispuesto a bajarse del burro. Como nos decía Kant al principio, aunque todos mientan seguirá siendo verdad que no se debe de mentir.

martes, 8 de mayo de 2012

La crisis "Pink Floyd"

 Hace tiempo que vengo pensando que no estamos sumidos en ninguna crisis del sistema económico. Primero porque ya no existe ningún sistema económico. Una estructura así entendida supone un intercambio, ya sea de productos, de mercancías por capital o directamente de capital. Ese intercambio no existe en el sistema actual, que se limita a constituir una pura acumulación de dinero, dinero que, al no circular –al no intercambiarse- no se convierte en capital. No hay capitalismo porque no hay generación de capital, así que el dinero a acumular tiene que salir de algún sitito, en este caso de los Estados y los servicios sociales
  En segundo lugar, cada vez estoy más convencido de que ni siquiera existe una crisis. Entiéndase bien: ese más del veinte por ciento de la población española que no tiene trabajo se encuentra sumida en un problema personal muy grave y en una crisis objetiva individual. Pero estas situaciones siempre se han dado y el sistema las ha asumido. Es más, las necesita para su desarrollo. La crisis del sistema, sin embargo, es un invento. Un invento que sirve para meter el miedo en el cuerpo de los ciudadanos y que acepten sin pestañear situaciones que de otra forma ni siquiera serían planteables. No hay más que ver esas noticias tan rimbombantes con las que de vez en cuando nos regalan los medios, noticias económicas como bajadas espectaculares de ciertos valores bursátiles, o las supuestas pérdidas millonarias de determinadas empresas, noticias que a un ciudadano normal ni le van ni le vienen, porque ni invierte en Bolsa ni es directivo de ninguna empresa, pero que tienen la capacidad de crear un estado de pánico en la población. No es que se esté aprovechando la crisis para tomar medidas antisociales como dicen algunos políticos con mayor o menor buena fe. Es que se ha inventado una crisis para tomar esas medidas antisociales. Y sólo así se explica que ninguna de ellas solucione nada. No porque sean inútiles –nadie toma una decisión inútil a sabiendas-. Son muy útiles para el propósito que persiguen, que no es el de acabar con una crisis que no existe. Las medidas, más que un medio para conseguir un fin –salir de la crisis- son un fin en si mismas, que se implementan gracias a un medio: la crisis. Un medio que ha sido creado para tener una excusa que justifique esas medidas. Una situación que se solucionaría con dos o tres iniciativas legislativas, es decir, políticas.
 A pesar de todo, el hecho de que no exista una crisis del sistema económico, no significa que no exista una crisis, y muy grave, de la democracia. En una democracia que simplemente funcionase un poco bien, el señor Rato estaría procesado por un montón de delitos financieros. Pero no sólo el señor Rato, sino también quien lo puso donde estaba. Y quien lo puso donde estaba no es otra que la señora Aguirre. La señora Aguirre que tomó una decisión política y que por lo tanto debería responder políticamente –asumir sus responsabilidades- en la situación ahora planteada. Lo curioso es que ninguno de los medios que se han hecho eco de la dimisión del hasta ahora Presidente de Bankia y de su situación financiera –situación que se va a solucionar, cómo no, con una inyección de dinero público, ese dinero que no existe para sostener hospitales y escuelas- haya caído en la cuenta de este hecho, Cosas de esta crisis –¿qué crisis?- que nos toca soportar.

sábado, 3 de marzo de 2012

Como ratas en un laberinto

 Si bien en en sus orígenes el capitalismo necesitó de la democracia burguesa para desarrollarse, el nuevo sistema –sobre el que yo tengo mis dudas de que siga siendo capitalismo y no un fenómeno nuevo para el que ya no sirven los análisis tradicionales- implica la existencia de un totalitarismo político. La represión de las últimas protestas estudiantiles es tan sólo la más grave –por brutal y por burda- de las expresiones de esta nueva forma de hacer política-economía. No es, sin embargo, la única, y la demonización de cualquier tipo de manifestación como enemiga de la paz social o las propuestas cada vez más insistentes de recortar el derecho de huelga apelando a la inmoralidad que supone mantenerlo en un país con una tasa de más del 20% de paro –como si la culpa del paro la tuvieran los huelguistas- no son más que maneras más sutiles de lo mismo.
 La represión directa, empero, no es el camino exclusivo para implantar el totalitarismo, aunque sí el más evidente. Todos los conductistas, desde Pavlov, saben que es posible bloquear las respuestas en aquellos sujetos de experimentación que son sometidos a estímulos contradictorios. Cuando una población contempla como un presidente del Gobierno afirma que una reforma laboral es útil para crear empleo y al día siguiente manifiesta que se esperan un millón más de nuevos parados; cuando acusa al anterior Gobierno de dejar un déficit mayor que el previsto y luego dice que la parte del león de esa desviación deficitaria corresponde a las autonomías gobernadas por su partido; cuando manda a la policía a aporrear a menores de edad y luego lloriquea pidiendo comprensión a los ciudadanos, cuando apela al derecho a la educación para no embargar un colegio que debe un millón de euros a la Seguridad Social y a la vez elimina masivamente puestos de profesores, lo que está haciendo es lanzar esos mensajes contradictorios. Y así, anula las respuestas de la población, que acepta sin pestañear que a los parados se les obligue a realizar trabajos para la comunidad como si fueran delincuentes, lo que supone no ya una cuestión económica, sino moral, por la humillación que conlleva; acepta que se nombre como responsable de la lucha contra el fraude fiscal a una señora implicada en un fraude fiscal o acepta que el Fiscal General del Estado prevarique –éste sí- volviendo a investigar un caso ya juzgado, con el objetivo, por un lado, de contentar a los perros que han levado al poder al partido que lo ha nombrado y por otro de falsear la historia de los últimos diez años.
 Cuando estas cosas ocurren que a nadie le quepa duda de que estamos en la senda sin retorno del totalitarismo y de que no somos más que un montón de ratas metidas en una caja de Skinner.

jueves, 16 de febrero de 2012

Los del guiñol

 Parece ser que el Rey de España le dijo el otro día al Rafael Nadal –tenista-, supongo que para consolarle, “los del guiñol son tontos”. Dicho enunciado fue relacionado por todos los que lo escucharon y comentaron con unos muñecos que salen en el Canal Plus francés, los cuales parece ser que últimamente ponen en duda las limpieza de las gloriosas victorias del deporte patrio. Lástima no haber tenido ocasión de escuchar la conversación completa, que yo me imagino como sigue.
 “Los del guiñol son tontos, andan preocupados porque se sancione a un ciclista y no les importa que se sancione a un juez por cumplir con su deber democrático; los del guiñol son tontos, y mientras les recortan los pocos derechos laborales que les quedaban, situándoles en una condición propia del siglo XIX, andan discutiendo sobre el Madrid y el Barcelona; los del guiñol son tontos, ya no tienen ni hospitales donde morirse ni escuelas que les hagan dejar de ser tontos, pero solo les preocupa lo que diga Mourinho; los del guiñol son tontos, y votan a unos tipos que les van a chupar la sangre; los del guiñol son tontos y si no votan a los primeros votan a otros tipos que les van a chupar la sangre igual; los del guiñol son tontos, y aún no se han enterado de que aquí los políticos no pintan nada, que los que mandan son los que tienen el dinero; los del guiñol son tontos y todavía no se han dado cuenta de que la culpa de la crisis no la tienen los políticos, que no son más que perros fieles a las órdenes de su amo; los del guiñol son tontos, y a pesar de todo les siguen votando; los del guiñol son tontos y se creen que a mi yerno le van a procesar por robar unos cuantos millones; los del guiñol son tontos y se creen que mi hija es tonta y no se enteró de lo que estaba pasando; los del guiñol son tontos, y tienen a una baronesa, una duquesa y una princesa del pueblo como referentes culturales y sociales; los del guiñol son tontos y cuando España vuelva a ganar la Eurocopa, o el Mundial, o cuando a Madrid le den las Olimpiadas se sentirán muy orgullosos de ser españoles, sin pararse a pensar que el dinero que cuesta todo eso sale de sus maltrechos bolsillos; los del guiñol son tontos y no ven que el emperador de la democracia occidental está desnudo desde hace mucho tiempo, y que ya va siendo hora de vestirlo. Los del guiñol son tan tontos que aquí estoy yo, que soy una herencia directa del franquismo: el Generalísmo me puso y nadie tuvo redaños para decir esta boca es mía, y todavía se creen que me deben algo. Por eso no consiento que se hable mal de Franco en mi presencia”.
 Esto es lo que le dijo el Rey de España a Rafael Nadal –tenista-. En definitiva, los del guiñol somos tontos de remate, algunos nos manejan desde detrás del escenario y otros, muy listos, se parten de risa con el espectáculo.

lunes, 13 de febrero de 2012

El Fin y los Medios

 Se ha planteado con respecto a la condena del Juez Garzón si el fin justifica los medios. Incluso la propia Esperanza Aguirre ha lanzado la pregunta. Es esta una de esas cuestiones que se suponen problemas últimos de la humanidad, esas que cierran todos los debates y surgen con voluntad de límite o frontera última más allá de la cual no es posible palabra alguna. Ésta cuestión, como todos los problemas últimos si se plantean de una forma maximalista, sólo tiene una respuesta posible, que es la que a todos se nos viene a la cabeza y a la boca cuando se formula y que es la que espera escuchar aquél o aquéllos que la formulan: no. Y es cierto que desde un punto de vista absoluto el fin no justifica los medios, pero como los puntos de vista absolutos suelen resultar falsos, quizás debiéramos ver la cuestión desde una posición más débil. Desde una postura de este tipo, el fin justificaría los medios siempre cuando se cumplieran dos condiciones: 1) que tanto el fin como los medios sean racionales; 2) que los medos utilizados sean los menos gravosos para los implicados dentro de todos los posibles.
 Si se analiza la actuación de Garzón desde esta perspectiva parece claro que ésta cumple con la condición 1): tanto el fin, evitar un delito, como el medio, ordenar las escuchas –y no torturar física o psicológicamente a los sospechosos, por ejemplo- son racionales. Podría haber discrepancias con respecto a la condición 2), pero si se tiene en cuenta la pertinacia de aquellos que incluso estando en prisión sigue delinquiendo, que cualquiera de los otros medios posibles (detener a los abogados para interrogarles, aislar a los detenidos etc.,) hubiera resultado más gravoso para ellos y que el hecho de no usar ningún medio hubiera resultado más perjudicial para mucha más gente, se puede suponer que la condición 2) también se cumple de manera bastante satisfactoria.
 Pero de todas formas nada de esto importa. Pienso que todos aquellos que han analizado el caso de Garzón desde una concepción idealizada de la Justicia –y desde ahí consideran la condena justa- tienen mucha razón en muchas de las cosas que dicen. De la misma forma que los que rechazamos la condena porque consideramos que una Justicia ideal es impracticable y que ésta debe bajar a la casuística real, creo que también tenemos parte de razón. Pero ninguna de las consideraciones que unos y otros utilizamos han pasado por la cabeza de los miembros del Tribunal Supremo, ni de los políticos que jalean la respuesta o de los que la critican, ni, me temo, de la gran mayoría de los ciudadanos que se ha manifestado a favor del juez. Lo que si que parece cierto es que la Justicia y la Ley son cosas distintas, que la función de un juez es interpretar ésta última y que eso es lo que hizo Garzón al ordenar las escuchas, que se podrá discrepar o no de su interpretación –incluso es posible que incurriera en algún error procesal en ésta- pero que no se puede condenar a nadie por ello, porque si resulta que existe una única interpretación correcta de la Ley, entonces no hacen falta jueces.

viernes, 10 de febrero de 2012

Derecho a la Defensa

 Existen argumentos que tienen la capacidad de paralizar la posibilidad de respuesta de quien los escucha, argumentos tan tremendamente racionales, tan absolutamente producidos por el sentido común que parece que no queda más alternativa que aceptarlos como si fueran verdades en sí mismos. Sin embargo, es precisamente su contundencia argumentativa la que los hace sospechosos. Son tan claros que rozan peligrosamente los límites del dogmatismo y lo racional consiste, más bien, en no dar nada por sentado. Uno de estos argumentos es el que han utilizado, por una parte, el Tribunal Supremo para condenar a Garzón y, por otra, quienes defienden la justicia de esta sentencia: la defensa de los derechos civiles. Pero pensándolo detenidamente y no dejándonos llevar por su aparente verdad, es posible descubrir las falacias que esconde.
 En primer lugar, un derecho nunca puede justificar un delito, ni servir de coartada para realizarlo. Relacionado con esto, y en segundo lugar, el derecho de un individuo termina cuando invade los derechos de los demás. No es muy difícil ver que el derecho de los acusados en la trama Gürtel a que no se escuchen las conversaciones que mantuvieron con sus abogados termina cuando esas conversaciones tienen como objeto blanquear los millones de euros que esos mismos acusados estafaron a las arcas públicas. Y las arcas públicas son de todos, de tal forma que el derecho civil de los acusados entra en colisión con el derecho civil de todos los ciudadanos. En tercer lugar, el derecho a la defensa es, como tal, universal. Resulta cínico decir que Garzón vulneró el derecho a la defensa de los implicados en la trama de corrupción a la vez que se mantiene un sistema de Justicia de dos velocidades: excesivamente garantista para los que tienen dinero para pagarse un abogado y prácticamente medieval para los que tienen que recurrir a un abogado de oficio, esos que cobran una miseria por defender a los que no tienen otros medios que son los que siempre acaban en la cárcel porque su derecho a la defensa sólo existe sobre el papel.
 Pero sobre todo, y en último lugar, la Constitución Española dice en su artículo 117: “La Justicia emana del Pueblo y se administra en nombre del Rey por Jueces y Magistrados”. Según muchos de los que sostienen la legalidad e imparcialidad de la actuación del Tribunal Supremo, el problema de la sentencia contra Garzón es que el pueblo no la comprende. Si la Justicia emana del pueblo una decisión judicial que el pueblo no comprende no es justa. Y aquí no valen vericuetos legalistas, sofismas jurídicos o sutilezas filosóficas. No es necesario haber leído a Platón para tener un sentido de la Justicia. Mi padre, sin ir más lejos, poseía uno de los sentidos de la justicia más profundos que he conocido y sólo tenía los estudios primarios.
 La sentencia del Tribunal Supremo es, vistas así las cosas, injusta e irracional. Y, sobre todo, conculca los derechos civiles de todos aquellos que se han visto afectados, de una u otra manera, por las tramas de corrupción política, que somos la inmensa mayoría de la población.