viernes, 14 de diciembre de 2018

Izquierda conservadora


Si la izquierda se vuelve de derechas no es de extrañar que la derecha se vuelva de izquierdas. Si la izquierda es conservadora, entonces es la derecha la que es revolucionaria. Y uno de los problemas que la izquierda contemporánea debería hacerse mirar urgentemente es que se ha vuelto conservadora. Y lo ha hecho por tres razones, que son las que definen una ideología conservadora: la izquierda es puritana (mucho), es defensora y sostenedora el orden social establecido, al menos el orden social establecido desde 1945 y, por último, impone un pensamiento único fundamentado en lo políticamente correcto.
            La izquierda es puritana. De hecho, es la ideología más agobiantemente puritana desde la época victoriana. Y cuando decimos puritana lo decimos en el sentido más estricto de la palabra. La izquierda es puritana a nivel sexual. Todo lo que huela a prácticas sexuales que se separen de lo más o menos convencional –habida cuenta que las relaciones entre personas del mismo sexo son ya perfectamente convencionales- es anatematizado y condenado, no en nombre de Dios, sino en nombre, curiosamente, de los derechos del individuo, cuando desde el puritanismo desbocado lo que se hace es atacar a uno de los más elementales de esos derechos, que es la libertad sexual. Sin embargo, es en nombre precisamente de esa libertad sexual que la izquierda contemporánea censura todo lo que se sale de las pautas sexuales aceptadas, condena a la hoguera mediática y social –lo que en muchos casos supone una muerte en vida- a todos aquellos que no comulgan con el nuevo puritanismo del siglo XXI e impone un criterio sexual a todos los individuos es decir, les dice lo que está bien y lo que está mal, lo que debe ser admitido y lo que nunca lo será.
            La izquierda es sostenedora del orden social que se establece en Europa a partir del final de la II Guerra Mundial, es decir, del llamado estado del bienestar. Los lamentos y los lloros de la izquierda vienen, precisamente, porque se ha perdido ese Estado del Bienestar. El estado del bienestar en sus orígenes supone un beneficio para el proletariado urbano pero no tanto para los que lo tienen que sufragar con sus impuestos. A medida que el estado del bienestar se extiende y el proletariado urbano se convierte en clase media debe también sufragar con sus impuestos los beneficios sociales para el lumpen proletariado, que no paga impuestos, con lo cual reniega del orden establecido defendido por la izquierda y se apoya en la derecha que predica el cambio de ese orden y, de hecho, lo destruye. En este sentido, la izquierda es positivista. El orden establecido es el único que debe ser tenido en cuenta, puesto que el deber ser ya se ha realizado en el ser. Lo que queda por hacer son ajustes o pequeñas reformas que inhieran en minorías sociales, pero por lo demás la estática social debe ser mantenida. Así, la nueva izquierda es incapaz de ver la contradicciones que se generan en ese orden social que debe ser mantenido a toda costa, como las que se materializan en el terrorismo islámico o la inmigración incontrolada.
            Y por último, la izquierda contemporánea se mueve en lo políticamente correcto, lo que significa que impone desde esta corrección política un pensamiento único. Lo políticamente correcto determina lo que se debe de pensar y lo que se debe de decir, porque es lo que resulta bueno para toda la sociedad. La libertad individual queda así anulada, pero no solo ella, sino que libertades tan básicas a nivel social como la libertad de expresión o la libertad de pensamiento son también cercenadas en nombre de lo políticamente correcto. Así, se vuelve a establecer una censura inquisitorial contra todas aquellas manifestaciones intelectuales o artísticas que no se ciñan a las pautas de lo que debe ser pensado, dicho o creado. Censura que va más allá de la época y se extiende desde canciones de los ochenta hasta cuadros de la vanguardia de principios del siglo XX. No es de extrañar que pronto los desnudos renacentistas se vean censurados por lo políticamente correcto. De esta manera, la izquierda se manifiesta como la más perfecta expresión de la derecha: como un sistema totalitario que pauta cada uno de los movimientos de los ciudadanos.
Si esto lo hace la izquierda entonces cualquier manifestación en contra ha de ser necesariamente revolucionaria. Y las manifestaciones en contra vienen de la derecha, que se trasmuta así en motor de una dinámica social que la izquierda pretende detener. Así que los que somos de izquierda y aún creemos que la característica fundamental de ésta es ser revolucionaria (ser revolucionaria, que no andar montando “revoluciones” por ahí) nos hemos convertido, sin saber muy bien cómo, en fachas de toda la vida.

martes, 11 de diciembre de 2018

La izquierda y la élite


Es curioso como la ideología puede ser la más grave causa de ceguera. De ceguera histórica, social y política, en el caso que nos ocupa y que nos va a seguir ocupando. Una ceguera que lleva a los analistas políticos y a los expertos de toda laya a devanarse los sesos acerca de las causas por las que la ultraderecha, o más bien una remedo de la ultraderecha tradicional –la ideología sigue nublando la visión de algunos- esté ganando cada vez más terreno en occidente. En EEUU gobierna, en Italia también gobierna –en coalición con la ultraizquierda, por si alguien no lo sabe-, en Francia hace tiempo que es una opción política como cualquier otra y en España acaba de obtener 12 diputados en un parlamento regional de 109.
            El caso es que todo el mundo, sobre todo la izquierda, se pregunta por las causas de esta situación. Y la niebla ideológica les impide ver lo que, a mi parecer, es la respuesta más evidente. Desde hace mucho tiempo el discurso de la izquierda se ha convertido en el discurso de la élite. El ecofeminismo, el multiculturalismo, el animalismo y algunos otros “ismos” más configuran un lenguaje político que está especialmente dirigido a una élite urbana culta –o más bien semiculta- mientras que los intereses de los trabajadores son dejados de lado en estos nuevos alegatos de la izquierda. Lo que queda para la clase trabajadora es el paternalismo populista que les viene a decir que van a hacer todo lo que es mejor para ellos, teniendo en cuenta que los únicos que saben lo que es mejor para ellos es la élite política –lo que antes se llamaba, salvando las distancias la “vanguardia del proletariado”. Así, vemos como lo que prima en los análisis de las últimas elecciones andaluzas en las formaciones de izquierda es el desprecio de la élite hacia la chusma trabajadora que ha votado a la extrema derecha, negándoles no solo el derecho a votar a quien les de la santa gana, faltaría más, sino también la capacidad intelectual de elegir lo que consideran mejor. Se les considera un rebaño de retrasados que deben ser dirigidos porque si no, no saben lo que hacen. Es el totalitarismo en su estado más puro.
Por bajar a las cabañas de los ejemplos prácticos y no quedarnos en el limbo de las ideas, las medidas que está tomando el ayuntamiento de Madrid con el objeto de proteger la salud de los habitantes de la ciudad, -y porque ellos consideran que es lo mejor para todos, porque esos todos, en realidad, no saben lo que quieren ni lo que les beneficia, y es necesario que los maestros se lo enseñen- a la única que beneficia es a la burguesía urbana que vive en el centro de Madrid, mientras que los trabajadores que viven en la periferia y han de desplazarse para trabajar a la capital y además en vehículos diésel porque son más baratos de mantener, se ven claramente perjudicados. De la misma manera, que nadie se engañe, las protestas que estamos contemplando estos días en París contra la subida de los carburantes y de los impuestos en general –otra de las preocupaciones de la izquierda- no están protagonizadas por grupos de marginados, ni de revolucionarios profesionales, ni de anarquistas, sino por miembros de la clase media que ya están hartos de una situación que les castiga cada vez más con la aquiescencia de sus supuestos aliados de clase, y que no es de extrañar que en las próximas elecciones voten al Frente Nacional
            Lo que debería habernos enseñado la Historia y parece que algunos no han aprendido, es que la clase trabajadora, cuando ve que la izquierda abandona sus intereses por los de una intelligentsia muy alejada de ella, se vuelca con la ultraderecha, que sabe aprovecharse de estas situaciones. Pasó en Alemania, pasó en Italia y pasó en España cuando miembros de la CNT se pasaron masivamente a las filas de Falange. Tiene razón el señor Errejón cuando dice que en Andalucía no hay 400.000 fascistas. Por supuesto que no, posiblemente no haya ni tres –aunque a los intereses del señor Errejón y otros como él les convenga que los haya, o al menos hacer creer que los hay- Lo que hay son 400.000 trabajadores que se han cansado de que les tomen el pelo y que ven como sus problemas siguen sin resolverse mientras que sus dirigentes políticos se dedican a hablar de heteropatriarcado, de alianza de civilizaciones, coquetean con el nacionalismo burgués, este sí fascista, y les dicen que no coman carne porque la carne es mala, hay que proteger a los animalitos y los pedos de las vacas son la causa del cambio climático.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Inquisición new age


Fue Napoleón quién derogó la antigua Inquisición eclesiástica y medieval en España. Hoy, sin embargo, vemos florecer una nueva Inquisición, muy moderna ella, muy en la onda, muy new age, en definitiva, que nada tiene que envidiar a la del siglo XIV y que, en algunos aspectos, la supera con creces. Esta Inquisición new age, también tiene sus brujas y sus herejes a los que quemar, solo que ahora se trata de las brujas y los herejes de su pensamiento políticamente correcto, o, más bien, habría que tachar el “políticamente” y dejarlo directamente en “correcto”. Hay un pensamiento correcto y otro que no lo es, y ese que no lo es el que persigue nuestra particular Inquisición. Es por ello que estos nuevos inquisidores, escondidos en los más recónditos rincones de la política, el periodismo o la cultura, también invitan a los ciudadanos a la delación, a la denuncia anónima, todo en nombre del progreso y del desarrollo de la humanidad –de su humanidad-. No es de extrañar, así, que cualquier imbécil le interpele a uno por la calle por que, refugiado en y protegido por la verdad del pensamiento -único, considere intolerable y digno de la hoguera virtual –y no tan virtual- que se tire una botella de vidrio en un contenedor de papel, o algo así.
            La nueva Inquisición, al igual que la de toda la vida, se apoya en la ignorancia de la masa, pero, a diferencia de ella, no tiene detrás una teología profunda y compleja, desarrollada por unos sujetos que podrían ser lo que fueran, pero a los que nadie podía negar una amplísima cultura y una grandísima potencia intelectual. Los inquisidores de hoy solo demuestran su mogigatería, su papanatismo, su cretinismo y su pijerío. Porque si algo caracteriza a los inquisidores new age es precisamente eso: que son unos mojigatos, unos papanatas, unos cretinos y unos pijos, eso sí, ocupando puestos importantes en la Administración, los medios de comunicación o la Universidad. Sin embargo, hacen gala de la misma ignorancia de la que hacen gala las masas que siguen a pies juntillas su puritanismo trasnochado. Porque hay que ser muy ignorante para censurar canciones sin conocer, o sin querer conocer, el ambiente cultural de libertad creativa absoluta en el que esas canciones surgieron, porque hieren sus sensibilidades de papel de fumar. Lo mismo que hay que ser muy ignorante para quitar una estatua de Colón en Los Ángeles diciendo que era un genocida, eso en un país que está edificado sobre el genocidio de los nativos americanos, como si en California hubieran vivido siempre latinos ricos y artistas progres y no apaches, comanches y navajos de los que ya nadie se acuerda. Porque la nueva Inquisición no es propiedad exclusiva de nuestro país y se desarrolla en todos los ambientes y condiciones.
            Y, en fin, como toda Inquisición fundada en un único pensamiento correcto, esta nueva también acaba desembocando en una sociedad totalitaria, en donde aquel que no piensa lo que debe ser pensado, aquel que aún se atreve a ejercitar eso que tanto se denostó en el siglo XVII y los albores del siglo XVIII y que se llamó libre pensamiento se encuentra cada vez más señalado, asfixiado e incluso perseguido. Es tachado de loco o de enfermo y tiene que ver como sujetos que en cualquier otra épca estarían destripando terrones ahora son los que marcan las tendencias y los que deciden lo que se debe de hacer, se debe de decir, se debe de pensar, se debe de cantar, se debe de escribir o se debe de pintar. Claro que yo pienso seguir pensando y diciendo lo que me salga de los cojones, por muy sexista que sea la expresión.

martes, 13 de noviembre de 2018

De la Ley y la Justicia


Pues yo voy a defender a los jueces, entre otras cosas porque prefiero que me juzgue un juez a un periodista o un tribunal popular. Dando por hecho que hay jueces incompetentes como hay médicos o conductores de autobús incompetentes, y que supongo que habrá jueces corruptos como hay políticos o funcionarios corruptos, creo que quien ha hecho las declaraciones más acertadas en todo este lío  -más ruido- que desde hace tiempo se está montando en este país con las sentencias judiciales –curiosamente, solo con las españolas: las belgas o las alemanas no, aunque incidan en asuntos nacionales- ha sido el presidente del Tribunal Supremo, señor Lesmes, cuando afirmó que la ya famosa y archiconocida sentencia de dicho tribunal sobre el Impuesto de Actos Jurídicos Documentados era la consecuencia de la ambigüedad de las leyes. Efectivamente la culpa de que las sentencias judiciales acaben reflejando la opinión subjetiva de un señor o señora –o de un grupo de ellos- la tiene quien les otorga esa facultad, es decir, aquél que hace dejación de sus funciones y deja que sean ellos los que decidan sobre un determinado asunto. Si las leyes fueran claras y contundentes y la labor de los jueces se limitara a aplicarlas, y no a interpretarlas, nada de esto ocurriría.
            Lo que el señor Lesmes insinuaba es que la separación de poderes, entre otras cosas, implica que cada uno de ellos cumpla con la función que le ha sido asignada en el Estado de Derecho. El poder judicial aplica las leyes que emanan del poder Legislativo. Y el problema no es del poder Judicial, sino del poder Legislativo (el Parlamento, para quién no lo sepa), que hace ya años que ni está ni se le espera. Y ello por dos razones. La primera de ellas es que hacer una ley que tenga como objetivo prever algo que puede ocurrir, y no leyes que respondan a los problemas –más o menos graves-  que en esos mismos instantes preocupan al “pueblo” -preocupación que viene generada, más que por los propios problemas, por el tratamiento alarmista que de ellos hacen los medios de comunicación, a sueldo en la mayoría de los casos de los políticos que luego hacen las leyes ad hoc- no da réditos electorales inmediatos, como tampoco da votos hacer una ley clara y concisa que deje ver de forma transparente la voluntad del legislador, pues puede ser que esa voluntad sea contraria a o no coincida con lo que los votantes esperan de él. Así que lo mejor es que las leyes sean confusas, que valgan lo mismo para un roto que para un descosido y que luego tenga que llegar un juez a interpretarla y a aguantar los palos. Porque el juez se va a llevar los palos diga lo que diga. Se afirma que los jueces de la sentencia citada más arriba estaban presionados por la banca –que lo estaban- pero de la misma forma hubieran estado presionados por las asociaciones de afectados por las hipotecas si hubieran dictaminado en sentido contrario. Si las  manifestaciones que se montaron a raíz de las sentencias del caso aquel de “La Manada” no eran para presionar a los jueces ya no sé lo que eran. Y esto es algo que se dará con mas frecuencia si los legisladores, en vez de legislar, se dedican a agitar a las masas cada vez que un juez emite una sentencia que va en contra de sus intereses o simplemente de sus gustos.
            La segunda razón de la que hablaba más arriba tiene que ver con que aquí se confunde cada vez más quién es el legislador, es decir, quién tiene que hacer las leyes. Y el legislador no es el Gobierno, que es poder ejecutivo. Así que gobernar por decreto, como hace nuestro bien amado líder-presidente, es usurpar las funciones del poder legislativo y tampoco es la solución. Hacer un Decreto que diga que son los bancos los que deben pagar el impuesto de marras no es más que populismo, además muy barato.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Ruido


Dicen que decía Schopenhauer que la inteligencia era una facultad del ser humano que aumenta o disminuye de forma inversamente proporcional a su capacidad para soportar el ruido. Vamos, que cuanto más ruido fuese uno capaz de soportar más tonto era y a la inversa. Suponemos que el viejo Schopenhauer se refería en este adagio al ruido sonoro, al ruido que perturba los oídos y rompe el silencio, mas si tomamos como cierto el acontecido según el cual cedió su balcón y sus gemelos de teatro al comandante de las fuerzas que reprimían a las masas revolucionarias en la Prusia de 1848, porque el ruido que éstas hacían le molestaba para pensar.
            Hoy es de tener muy en cuenta la  supuesta frase del filósofo alemán, no tanto porque la alteración de las ondas sonoras nos aturda, que también, sino sobre todo porque el ruido mediático e informativo, el ruido mental que cualquier hecho, por nimio que sea, produce en la sociedad, también nos impide, hasta límites insospechados, pensar con claridad. Al menos, nos lo impide a los que estamos acostumbrados a pensar. Supongo que para aquellos que nunca han pensado y se han dejado siempre llevar por el ruido no existirá diferencia alguna entre esta época de ruido y otras de, quizás, un poco más de silencio.
            Y es que, como decía, cualquier hecho provoca un ruido ensordecedor. Cualquier sentencia judicial, cualquier decisión política, cualquier acontecimiento deportivo o social, cualquier payasada de un payaso, hace que cualquiera –y cuando digo cualquiera digo todos, y cuando digo todos digo todos sin excepción, tanto catedráticos como jueces, como periodistas, como cerrajeros o como encofradores, que para eso estamos en una democracia donde todo el mundo tiene derecho a opinar, faltaría más- se lance a la palestra del ruido para contaminar en la medida de sus posibilidades cualquier posibilidad de debate tranquilo y relajado, cualquier posibilidad de una reflexión pausada, de un análisis minucioso de los acontecimientos que, a lo mejor, no son tan terribles como nos hace creer el ruido. O a lo mejor sí, pero en todo caso es algo imposible de detectar en la vorágine del ruido.
            El caso es que a los que todavía el ruido no ha terminado de embotarnos del todo la inteligencia, y siguiendo con Schopenhauer, sospechamos que detrás de aquél siempre hay algo más, un sonido que no se deja oír y que es el que maneja el ruido. En la mayoría de la masa el ruido no es más que la manifestación de la ignorancia. Porque si bien es cierto que todo el mundo puede opinar lo que quiera, siempre y cuando el que opine sea uno mismo, también lo es que siempre llevamos la razón, y la mejor manera de demostrarlo es hacer más ruido que los demás. Pero por otro lado el ruido es el instrumento que utilizan algunos para esconder lo que no debe ser pensado. Y así, lanzan el ruido sabiendo que la masa ignorante lo amplificará. La propaganda es un instrumento muy potente y, ante cualquier acontecimiento, en seguida los medios de comunicación, a las órdenes de la política, se encargan de abrir sus cajas de truenos, nos amenazan con los males del inferno y magnifican los acontecimientos como si no hubiera nada más importante. Como consecuencia, si uno quiere huir del ruido y pensar con calma será visto –y tratado- como sospechoso, como enemigo, da igual de qué lado venga el ruido, porque viene de todos lados. Así que parece que Schopenhauer tenía razón y aunque no sea mas listo un profesor de filosofía que un cocinero, la verdad es que a mi me gustaría que me dejaran pensar un poco.

domingo, 10 de junio de 2018

Maniquíes




            Hay que reconocer que al señor Sánchez le ha quedado un gobierno muy mono y muy aparente. Un gobierno de escaparate, pero no de un escaparate cutre cualquiera sino uno de esos con los que las grandes galerías comerciales presentan los cambios de estación. Un escaparate de los que concitan la expectación y hacen que la gente se agrupe a su alrededor, tanto los que van a comprar como los que solo van a mirar, tanto los que son socios del comercio en cuestión como los que jamás lo pisarían. Todos contemplan el escaparate, unos con la ilusión de formar de alguna manera parte de él, de considerarlo suyo, otros con el escepticismo de que se corresponda con la realidad. Todos miran los maniquíes, pero ninguno ve los alfileres que por detrás les sujetan la ropa para que les quede a la perfección, ni advierten la tramoya de madera y cartón que sustenta lo que se ofrece a sus ojos. Eso si, el precio de lo que venden sigue siendo el mismo, porque los que ponen los precios saben que en el fondo, por mucho que cambie el escaparate, la mercancía no varía, ni puede variar.
            Para que el gobierno del señor Sánchez saliera del escaparate tendría que demostrar al menos dos cosas. Que es un gobierno con recorrido, que va a durar algo más que la temporada y que los que lo componen no son maniquíes, sino gente competente que pueden ofrecer algo más desde su cargo que su cara bonita. Con respecto a lo primero, y a pesar del que el Señor Sánchez se ha quedado bizco haciendo guiños a diestro y siniestro – a las feministas, al PP, a Ciudadanos, a los catalanes, a los vascos, a los gais, al mundo de la cultura, a los que no les gusta el futbol, a los que les gusta el fútbol, a los que no les gustan los toros, a los que les gustan los toros y un largo etc.- mucho me temo que con tan solo 84 diputados detrás va  ser un gobierno de quita y pon –si no de pin y pon- por muy bonito que quede en la foto. Claro que ya hay alguna ministra, como la señora Batet, que ha dado con la solución para enjugar la escasez de escaños, algo totalmente novedoso y que se convertirá en la panacea de todo gobierno que se precie: pactar con los nacionalistas. Ah no, esperen, que eso es algo que se lleva haciendo en España desde el principio de los tiempos democráticos y  es lo que nos ha llevado a esta situación.
            Con respecto a lo segundo yo no tengo ninguna duda de la valía de todos y cada uno de los ministros y ministras que el señor Sánchez ha nombrado. Eso si, uno no es un buen Ministro por ser mujer u hombre, o por ser gay o escritor, o por ser juez o médico. Uno es un buen ministro porque es una persona competente que sabe desempeñar su cargo teniendo en cuenta únicamente el bien público. Así que, lamentándolo mucho, un gobierno no es un buen gobierno porque tenga once ministras. Un gobierno es un buen gobierno si esas once ministras cumplen con su deber y con los deberes de su cargo. A este respecto la señora Batet ya está empezando a dar muestras que el hecho de ser mujer no la convierte en buena ministra. Pero claro, en un gobierno con mayoría de mujeres que quién se equivoque o resulte incompetente sea una mujer es tan solo una cuestión de probabilidad.

domingo, 3 de junio de 2018

Presidente, Presidente


Nos hemos movido estos días pasados entre la dimisión de Zidane y la no dimisión de Rajoy. En este devenir del ser –el Real Madrid- al no ser –el Parlamento-, he podido sacar al menos tres conclusiones claras.
            La primera de ellas es que estaba equivocado cuando alguna vez he dicho que lo único que mueve a algunos miembros de la clase política es el interés electoral. El movimiento –maestro, por otra parte- del señor Pedro Sánchez me ha demostrado que en este caso ni siquiera es posible hablar de intereses partidistas, y por supuesto tampoco electorales: se trata lisa y llanamente de intereses personales. Pero atentos, no tan solo los intereses personales del nuevo presidente, sino de la gran mayoría de los actores de esta comedia bufa. Así, al señor Sánchez Castejón le ha importando un ardite que su recién estrenada presidencia del Gobierno sea un regalo envenenado para su partido. Que le va a resultar imposible gobernar con un mínimo de garantías y que más pronto que tarde va a tener que convocar unas elecciones en las que su partido, ya desgastado de por sí antes de su aventura presidencial, va a perder la poca credibilidad que aún le queda. Claro, todo esto a nuestro flamante Premier le da lo mismo, pues cuando ocurra ya habrá disfrutado de una temporada en la cima del poder. Ahora bien, tampoco el señor Rajoy se le queda a la zaga con su negativa a dimitir. Si así lo hubiera hecho, seguramente su grupo político habría mantenido el poder, el tiempo suficiente al menos como para preparar una campaña electoral con garantías. Al final ha salido por la puerta de atrás, ha dejado al partido en cuadro y se ha debido de gastar un pastón en una comida de ocho horas como la que se pegó –que no se diga que no sabe manejar los tiempos-. Intereses personales mueven también a los que, por un lado, empujaron al señor Sánchez a presentar una moción de censura que seguramente acabe con él o los que, por otro, aconsejaron encarecidamente al señor Rajoy que no dimitiera para poder quitárselo de en medio sin tanta parafernalia como a Cistina Cifuentes. Intereses personales, en fin, mueven al señor Torra, al que se le acaba de abrir la puerta de par en par para dejar a Puigdemont en Bélgica hasta el fin de los días y presentarse como el héroe nacional que logró arrancarle al Gobierno español la independencia de la patria catalana y sus aledaños. El único interés que no acabo de determinar es el que ha movido a los miembros del PNV, porque en su caso más que de interés habría que hablar de des-interés o directamente de masoquismo.
            La segunda de las cosa que he sacado en claro es que el señor Sánchez ha elegido muy bien la fecha para alzarse con la presidencia del gobierno. Justo unas semanas antes del comienzo del mundial de fútbol. Así, con tal evento, nadie prestará atención a lo que haga o deje de hacer y, si tiene suerte y España gana tan fasto acontecimiento, tiene asegurada la legislatura para rato.
            Y, por último, la tercera cosa que saco en claro es que si el señor Sánchez ha podido llegar a residente del Gobierno como lo ha hecho, cualquiera que pase por la puerta del parlamento en el momento adecuado puede llegar a serlo también. Así que a partir de ahora me voy a dedicar a dar paseos por la Carrera de San Jerónimo, a ver si suena la flauta.