miércoles, 21 de febrero de 2018

La Razón Perversa / 2


Economistas y sociólogos utilizan el llamado “principio de caridad” para determinar la racionalidad de acciones aparentemente irracionales. Según dicho principio toda acción humana es por definición racional, lo que obliga a realizar todos los ensayos posibles para buscar la base racional de aquellas acciones supuestamente irracionales. Sólo después de repetidos fracasos se puede determinar la irracionalidad real de dicha acción. Como por efectividad práctica el principio de caridad no puede ser extendido al infinito, hay que concluir que las conductas que se dieron después de la victoria de España citada en el artículo anterior eran definitivamente irracionales.
            Personas seguramente excelentes en su vida familiar y laboral: padres, madres, estudiantes y funcionarios, jubilados, gentes de toda clase y condición de pronto se transformaron en una turba irracional que se lanzó enloquecida a la calle, enarbolando banderas, gritando, haciendo sonar las bocinas de sus automóviles, bañándose en las fuentes públicas, hasta altas horas de la madrugada, no durmiendo ni dejando dormir. Gentes que al día siguiente hubieron de volver a sus ocupaciones, retornaron a su alienación cotidiana sin que la victoria de la noche anterior significara absolutamente nada para la dignificación de sus vidas. Y a nadie se le ocurrió, no ya poner en duda la irracionalidad de este comportamiento, sino tan siquiera protestar porque no podía dormir. Porque aquél que hubiera protestado hubiera sido el irracional y, lo que es peor, el antipatriota, el extraño, el alienado, el enemigo. Y todo esto no porque se hubiera descubierto el secreto de la inmortalidad, sino porque once individuos habían pasado noventa minutos corriendo detrás de una pelota y habían conseguido hacerla pasar entre tres palos clavados en el suelo mientras que otros once, que estaban enfrente de ellos, después de correr también durante noventa minutos, no lo habían logrado.
            Pero por algún sitio tenía que haber algún atisbo de comportamiento racional o, al menos, de intenciones racionales en todo aquel panorama. Y ese otro sitio sólo podía ser el poder[1]. Después de aquello ya no existían crisis, hipotecas, paro, trabajo precario o inflación. Todo era estupendo y maravilloso. La vida era bella porque se había ganado la Eurocopa. Desde los medios se incitó a la gente a lanzarse a la calle. Se les excitó el orgullo de la españolidad, del nacionalismo más rancio. Se colocaron pantallas gigantes de televisión en el centro de las ciudades colapsando éstas (la tele es nuestra amiga). Fue un comportamiento perfectamente irracional y como tal –y siguiendo el principio de caridad- no humano.


[1] .-  En esta serie de escritos se citará por extenso el término poder. Aunque por economía intelectual este término aparezca siempre como hipostatizado e “in abstracto” hay que tener en cuenta que el poder nunca es abstracto. No es “utópico”, en el sentido de no ocupar ningún lugar, sino que constituye un espacio social muy concreto ocupado por individuos de carne y hueso.

martes, 20 de febrero de 2018

La Razón Perversa / 1



Sólo en cuanto viven guiados por la razón
Los hombres se ponen siempre y necesariamente de acuerdo.

(Spinoza).


El 1 de julio del año 2012 una oleada de euforia como no se había conocido se extendió por todas las ciudades y pueblos de España. Gritos, cánticos y banderas al viento nos llevaban a pensar que algo verdaderamente grande acababa de ocurrir. Sumidos en plena crisis económica, con cinco millones de desempleados y unas perspectivas muy negras de futuro, diríase que aquella ola de exaltación patriótica era efecto de algún anuncio importante: quizás la contratación en masa de los desempleados o, mejor aún, el final súbito de las convulsiones económicas. Podría haberse pensado esto, ciertamente, pero la realidad era muy distinta. La selección española de fútbol acababa de ganar el Ucrania el Campeonato de Europa  de dicho deporte. Intelectuales que hasta entonces habían presumido de repudiar el balompié, amas de casa que sufrían en silencio, todos los fines de semana, las aficiones futboleras de sus parejas o políticos interesados se unieron en unos casos o dirigieron en otros los fastos. Un país económica y socialmente agonizante se lanzaba a la calle por un acontecimiento tan objetivamente nimio y olvidaba todos sus problemas como si nunca hubieran existido.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Vieja Patria


A mí la patria me huele a naftalina,
a sangre de toros y toreros y a mierda de caballo,
me huele a blanco y negro y a brasero,
me huele a patatas hervidas y a tocino rancio,
a danzas olvidadas y a canciones imposibles.
A mi la patria me huele a lo de siempre,
me huele a lo evidente,
pero yo no tengo la culpa de que los patriotas no se modernicen.
No tengo la culpa de que la patria sea una antigualla
que solo existe en mentes carcomidas
por el polvo de los siglos y de las hazañas.
A mí la patria no me sabe a nada
por eso prefiero apartarla y comerme la vida,
la patria la dejo para los que están a dieta
de libertad y de sabiduría.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Palabras


Se habla tanto que de tanto hablar
ya nada de lo que se dice tiene sentido.
Palabras que brotan de las bocas
como torrentes de agua desbocada
que ahogan los pensamientos y anegan la semántica.
Sintaxis bastardas
de letras reducidas a la nada,
bocas que no conocen el silencio
y muestran filas de dientes prestos a morder.
Sonidos que ensordecen
a unos oídos sordos de antemano
y rebotan en los cráneos
vacíos como pulidas cajas de resonancia.
Palabras que vuelven y regresan,
palabras que ya aburren,
que hastían, que revuelven el estómago.
Palabras repetidas tantas veces
que las lenguas han tomado ya su forma.
Palabras que no callan
por más que calle el aire que las lleva.

martes, 14 de noviembre de 2017

Muertos vivientes


Solo veo cadáveres
encantados de haberse conocido.
Cadáveres encantados de ser cadáveres
que ven a otros cadáveres
en las tertulias políticas de la televisión.
Cadáveres pegados a una pantalla
como las moscas se pegan a la luz
y gritan con sus voces de cadáveres.
Cadáveres que ocupan su espacio cadavérico
decorado con muebles de diseño sueco
que se miran a través de las ventanas
y las cierran
para no reconocer sus propios epitafios.
Cadáveres que engendran cadáveres futuros
a los que cadáveres presentes
enseñarán a ser cadáveres de bien,
responsables cadáveres
orgullosos de su patria de ultratumba.
Cadáveres que ven pasar la vida
por delante de sus miradas muertas,
que giran la cabeza, despreciándola,
y le muestran su descarnada espalda.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Sexos

Los sexos no son sexos.
Son grafitis en un muro
o sellos en un papel oficial.
Sexos firmados y timbrados
húmedos de pintura roja.
Sexos que limitan con otros sexos,
sexos fronterizos
que se funden y se confunden.
Sexos convertidos en sintagmas,
adornos de una noticia del periódico.
Sexos desarticulados
como artículos de una normativa.
Sexos fríos como la teoría que los despoja de su esencia.
Sexos que olvidan el placer
y se refugian en la palabrería.
Sexos que ahuyentan su propia geografía
y se transforman en identidades.
Sexos que han dejado de ser sexos:
son ideas abstractas y objetivas.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Rostros

Los rostros
se reflejan en los espejos del asfalto.
Miradas perdidas.
Pasos perdidos.
Vidas perdidas.
Todo lo opinable ha sido ya opinado
y no hace que nos sintamos mejor.
El conocimiento de los que somos
sigue oculto bajo el velo mugriento de las ideas.
El ruido fácil e ignorante
golpea los cerebros hasta tornarlos cáscaras vacías.
Las palabras dejan de tener sentido
cuando solo hay palabras.