miércoles, 30 de octubre de 2024

Vida neoliberal

 Hoy voy a hablar de Íñigo Errejón, como no podía ser de otra forma, pero tampoco voy a hablar de él. Primero porque me da asco. No el señor Errejón, al que no conozco, sino la situación de corrupción generalizada y de todo tipo que nos ha traído esta izquierda renovadora, que ha conseguido que los que éramos de “izquierdas de toda la vida” ahora seamos fachas, y a mucha honra. Quiero más bien usar al señor Errejón, como supuestamente él usaba a las mujeres de su partido y a todas las demás, para referirme a algo que ha dicho y que, con todo el fárrago mediático, ha pasado desapercibido. Dice esta manifestación sensible del pensamiento dialéctico, yo creo que más hegeliano que marxista, que ha sido la vida neoliberal a la que le ha llevado su estancia en la política la que le ha conducido a una serie de contradicciones que han acabado en el escándalo ya conocido. Es precisamente de eso, de la vida neoliberal a la que el señor Errejón culpa de su carrera de abusos a la que me quiero referir.

En primer lugar, no estaría de más dejarle claro al señor Errejón que el liberalismo no tiene la culpa de que él sea un abusador, maltratador y violador, todo ello supuestamente, claro. A no ser que uno sea rousseauniano y considere que es la sociedad, y en esta caso, la neoliberal, la que corrompe al ser humano, que es bueno por naturaleza.

En segundo lugar, y eso no va solo por el señor Errejón, sino por todos los que han construido un discurso, o un relato como se dice ahora, fantasioso y utópico para justificar su ascenso al poder, y también para todos aquellos que, sin haber alcanzado el poder, parece que están muy contentos de que lo hayan alcanzado los que consideran los suyos, en segundo lugar, digo, todos llevamos una vida neoliberal, señor Errejón. De hecho no existe otra vida que la que llevamos todos los habitantes de la tierra, califíquese ésta de neoliberal, de capitalista, de pequeñoburguesa o de cualquier otro calificativo de la misma familia semántica que a uno se le ocurra. 

Que cualquier habitante de cualquier país de los llamados del Primer Mundo lleva una vida neoliberal, es algo más que evidente, y ello independientemente del salario que cobre. Todos tenemos un móvil y un coche, o una moto, o una bici o un patinete eléctrico, que son todos vehículos que cuestan una cantidad importante de dinero. Todos compramos y consumimos. Incluso compulsivamente, si se quiere. Todos nos cargamos el planeta con nuestros desechos y nuestros pedos. Y todos, en fin y para no alargarme, vivimos en una sociedad capitalista por muy alternativos que nos creamos. Sociedad, por otro lado, que nos ofrece un cierto grado de bienestar y felicidad. Hasta los que viven en los márgenes, los que componen el llamado Cuarto Mundo, tienen teléfonos de última generación o necesitan dinero, aunque solo sea para comprarse los cartones de Don Simón. Pero también viven una vida neoliberal los que viven en territorios que no pertenecen al occidente rico. Africanos, sudamericanos, asiáticos buscan el modo de acceder a las comodidades de la vida neoliberal, por eso migran poniendo en peligro sus vidas, o intentan conseguir dentro de sus países lo que la televisión les muestra. Vaya usted a cualquier aldea africana y seguro que todos saben lo que es el Real Madrid.

Así que, señor Errejón, neoliberales somos todos, pero eso sí, no todos somos violadores, así que su silogismo se cae por la mayor. El poder es muy bonito hasta que te pillan.


miércoles, 23 de octubre de 2024

Lo que de verdad importa

 Al leer el título de este escrito muchos podrían pensar que su contenido va a tratar de aquello que, de verdad, importa. Estamos sumergidos en uno de los escándalos de corrupción política más graves de los últimos tiempos, no solo por las cantidades de dinero de las que se habla, sino por la importancia de los supuestos implicados. La cesta de la compra está por las nubes, lo que recuerda un sketch de Tip y Coll, en pleno agonía del franquismo, por cierto, donde a modo de informativo, los dos geniales cómicos anunciaban: “baja la bolsa”, mientras se veía bajar una bolsa de rafia colgada de una cuerda y, posteriormente “sube el pescao” mientras un pescao seguía el camino opuesto. O incluso, podríamos pensar que lo que de verdad importa es el caos ferroviario de los últimos días, mientras el ministro del ramo se dedica a escribir tuits, porque es el único que tiene claro para qué le han nombrado.

También se podría pensar que el título va más allá de nuestras carpetovetónicas fronteras, y hace referencia a los grandes problemas internacionales, que están empezando a complicar mucho la supervivencia futura, como la guerra entre Israel e Irán, o la ya casi olvidada entre Ucrania y Rusia, guerras ambas en las que según quien gane nos jugamos nada menos que mantener el modo de vida que hemos ha definido a Europa durante dos mil años, siglo arriba, siglo abajo. Por no hablar de las inminentes elecciones norteamericanas, que suelen influir más en el mundo que en Estados Unidos.

Todo esto se podría pensar cuando nos referimos a lo que de verdad importa. Sin embargo, cuando se leen los diarios de tirada nacional, y me refiero a los diarios denominados serios, enseguida nos damos cuenta de que estamos equivocados, Eso que a nosotros tanto nos puede preocupar no le interesa de verdad a nadie, porque lo que de verdad importa es, por ejemplo, y ateniéndonos a las noticias diarias, la pugna entre dos presentadores de televisión, cada uno con sus respectivos programas, cuyas cuotas de audiencia se han convertido en asunto nacional y tema de debate en todas las tertulias. Hasta tal punto se ha llevado la rivalidad de estos dos personajes que ya se asocia a cada uno de ellos con una determinada ideología, así que cuando uno se adelanta en eso que llaman share se alegran aquellos que profesan la ideología con la que se le identifica como si fuera una victoria propia, y lo mismo ocurre con el otro.

Otra de las noticas que han resultado de vital importancia para las portadas de los periódicos de la última semana, al menos, ha sido la expulsión de la cantante de un grupo musical que estuvo de moda hará como treinta años y su sustitución por la que  era cantante del grupo, pues hace treinta años. Como se puede ver, todo un asunto de Estado.

Y por si fuera poco, salen unas fotos del antiguo monarca en actitud cariñosa con una vedette-actriz-empresaria circense, actitud cariñosa que todo el mundo en el país conocía cuando se produjo hace cuarenta años y cuya actualidad, pues, resulta un tanto chocante

Esto es lo que de verdad importa y si a usted le importa más lo que se ha dicho al principio de este escrito, es que está totalmente fuera de onda.


miércoles, 16 de octubre de 2024

Para hacérselo corto

 Para hacérselo corto.

Lo que está ocurriendo en Oriente Medio es un enfrentamiento entre Irán e Israel, que, como suele pasar, ha pillado a los palestinos en medio. Como los pilló en medio en el conflicto entre Israel y Egipto o entre Israel y Siria. Y, como entonces, ahora los palestinos están siendo utilizados como carne de cañón  por Irán, lo mismo que antaño lo fueron por Egipto o por Siria, que, recuerdo, fueron los primeros en expulsar a los palestinos de sus territorios. Cuando nos echamos las manos a la cabeza por el supuesto genocidio israelí sobre los palestinos, -parece que ya no nos acordamos de los genocidios de verdad, y de cómo los jeques árabes, y palestinos, apoyaron a los alemanes- o no nos acordamos de que la primera foto de un muerto que apareció en el conflicto actual fue la del cadáver de una joven israelí medio desnuda subida en la caja de una pick up y rodeada de heroicos combatientes de Hamás, eufóricos por su victoria. Supongo que el concierto que se estaba llevando a cabo en el desierto cuando fue atacado por el ejército de liberación palestino estaba repleto de genocidas israelíes. Seguro.

Para seguir haciéndoselo corro. Si uno le mete la mano en la boca a un perro, y más si es un perro salvaje, corre el peligro serio de que se la muerda. Los atacantes de Hamás sabían perfectamente cómo iba a reaccionar Israel, y aun así atacaron. Atacaron, lógicamente, por orden de Irán, porque a Irán le importa un ardite el pueblo palestino. Y porque Hamás, más que estar al servicio del pueblo palestino al que dice defender, está a sueldo de Irán. Así que, en vez de preguntarnos, como hacen los sesudos y antisemitas analistas internacionales qué interés tiene Israel en esta guerra, tal vez sería mejor preguntarse qué interés tiene Irán, o Rusia que no deja de ser la mano en la sombra que está detrás de Irán. De momento obliga a Estados Unidos a luchar en tres frentes: en Ucrania, en el mar Rojo contra los hutíes de Yemen-que es por donde empezó todo esto- y ahora en Israel.

Y para terminar de hacérselo corto. Cada uno puede tener sus propias preferencias, faltaría más, pero en un enfrentamiento entre Israel e Irán yo, sin dudarlo, me quedo con Israel. La gran diferencia entre ellos es que el señor Netanyahu seguramente sea un asesino de masas, pero tiene que soportar protestas en la calle y puede ser revelado en unas elecciones, mientras que los ayatolás que mandan en Irán castigan a una mujer por no levar velo, tienen una cosa que se llama “policía de la moral” y no toleran ningún tipo de protesta. Y no hay ni dios -o alá- que los quite de donde están. Un enfrentamiento entre Israel e Irán es un enfrentamiento entre la civilización y la barbarie, entre la Ilustración y la Edad Media. Y yo, de verdad, que no entiendo que es lo que tenemos en España en particular y en Europa en general con los árabes, más allá de su petróleo. Recuerdo que cuando ocurrieron los atentados del 11 de marzo, todos los grupos de presión autodenominados progresistas se lanzaron como un solo hombre a decir que la matanza no era obra de los musulmanes como tal y que había que evitar la islamofobia, castigarla incluso. Nadie se acordaba, parece ser, de los 193 muertos. Nadie dice ahora que los responsables de la guerra en Gaza no son todos los judíos. Al contrario volvemos al viejo antisemitismo. El de los pogromos y las deportaciones. Todos sabemos, aunque no nos queramos acordar, como acabó el último de esos pogromos. A lo mejor todavía hay algún ingenuo que desconozca las intenciones de Irán -o que esté a sueldo suyo-, pero el próximo pogromo irá a por nosotros. 


miércoles, 9 de octubre de 2024

Sentido del humor

 Una de las preguntas -retóricas, por supuesto- que más se oyen últimamente es qué nos ha pasado en España y a los españoles para que hayamos llegado a tal extremo de polarización. Y yo el otro día, al leer las declaraciones de la señora Iciar Bollaín -una directora de cine,  que, como todos los que se dedican a eso, se afanan en opinar de cualquier cosa menos de cine, sin caer en la cuenta de que sus opiniones cuentan exactamente lo mismo que las que los demás- afirmando  que el machismo se empezará a terminar cuando nos dejemos de reír de los chistes machistas, pensé que más que un exceso de polarización política lo que nos falta es sentido del humor, aunque también puede ser que esa falta de sentido del humor sea producto de la mencionada polarización, o sea un producto de la nueva inquisición, o puede que no pase nada de eso y la señora Bollaín sea sencillamente una amargada.

Porque si bien es cierto que los españoles no nos hemos distinguido nunca por nuestro sentido del humor -como los ingleses, por ejemplo- de hecho Pérez Reverte dice en alguno de sus textos que allá por el Siglo de Oro a los españoles se nos consideraba en Europa como unos tipos bajitos y con muy mala leche, también es verdad que la obra cumbre de la literatura Universal, El Quijote, fue escrita por un español y es también tremendamente cómica. En todo caso, cuando oigo declaraciones como las de la señora Bollaín, o veo actitudes como la suya en personas a las que yo tengo, o tenía, por inteligentes, no puedo dejar de pensar en Umberto Eco y en su personaje Fray Jorge de Burgos, que tenía encerrado bajo llave el perdido libro de la comedia de Aristóteles, porque consideraba que la risa era el camino más directo hacia el pecado.

Así que parece que últimamente reírse es malo, y sobre todo reírse de ciertas cosas es ya lo peor. Eso sí, siempre que pretendamos reírse de algo que afecta a nuestro grupo identitario, ya sean las mujeres, los negros, los gordos o los gais. Si no se trata de aquello con lo cual nos identificamos entonces podemos reírnos a mandíbula batiente de lo que sea porque, al menos nosotros, no vamos a sentirnos ofendidos. La falta de sentido del humor que nos azota, y que, bromas aparte, considero que es especialmente grave y preocupante, tiene que ver, ya no solo con la dictadura de lo políticamente correcto, con la tiranía de lo que se debe de hacer y lo que no se debe de hacer, sino con el identitarismo que impera en la sociedad actual, que no es más que una muestra de falta de inteligencia y de falta de personalidad. Los individuos se consideran a sí mismos como partes integrantes de un grupo, de tal forma que todo lo que son, su esencia metafísica por ponernos pedantones, se lo da el grupo. Un sujeto no es nada sino lo que el grupo hace de él, ni quiere ser otra cosa. No es de extrañar entonces que cualquier chiste sobre el grupo, el sujeto lo considere como un insulto personal. Sin darse cuenta de que no es más que un chiste.

Y voy a acabar con uno de mis chistes favoritos:

- Papá, Papá, cómprame una bicicleta.

- Anda hijo, además de paralítico, gilipollas


miércoles, 2 de octubre de 2024

Una alegoría

 Cuando yo era  niño, íbamos a jugar al fútbol a una explanada situada en el extremo del parque de la Fuente del Berro, colindante con lo que es hoy en día la M30 y que por aquellos entonces era tan solo lo que llamaban el arroyo Abroñigal, aunque ya habían comenzado las obras de construcción de lo que hoy es una calle más de Madrid -de hecho, también alguna vez jugamos al fútbol en la recién asfaltada carretera, antes de que fuera abierta al tráfico-. En aquella explanada no molestábamos a las señoras mayores que se sentaban en los bancos del parque a disfrutar del sol de la mañana, o de la tarde, ni a los abuelos que leían su periódico o sus novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Solíamos hacer las porterías con los jerséis o las chaquetas del chándal, aunque también a veces utilizábamos dos árboles, lo que hacía más realista la experiencia del partido: podíamos decir que el balón había dado en el palo, cosa que con los jerséis era harto complicada. El balón lo comprábamos entre todos, poniendo cada uno lo que pudiera y cualquiera podía jugar. Los que eran buenos jugaban de delanteros y los que éramos malos de defensas, aunque nadie tenía puestos fijos, y en realidad todos  atacaban y todos defendían porque, claro está, no había entrenadores, o más bien todos éramos el entrenador. Y el puesto de portero se ocupaba por turnos. Aquellos partidos solían terminar en goleadas de las que nadie, al llegar el final, se acordaba, porque por supuesto no había árbitros y la reglas futbolísticas eran impuestas por el consenso de todos los que participábamos en el juego. 

Un día, cuando ya era más mayor, un adolescente que ya no iba a jugar al fútbol porque tenía otras cosas en las que ocuparse, vi que la explanada había desaparecido y que el ayuntamiento había construido unas pistas deportivas en su lugar. Supongo que los vecinos pensaron que qué bueno era el Ayuntamiento que les había construido unas pistas deportivas para jugar al fútbol. Yo lo que pensé es que los chicos del barrio ahora tendrían que formar parte de un equipo regulado para poder jugar y tendrían que federarse y tener una ficha. Que tendrían entrenadores que les dirían en qué puestos tenían que jugar, y sin moverse de ellos. Que por supuesto, los chicos que jugaran peor al futbol ahora tendrían que buscarse otra distracción, o ver a sus amigos jugar desde fuera de la pista, porque el entrenador de turno no les iba a dejar jugar. Que ya todo el mundo tendría muy claro el resultado, porque de lo que se trataría era de ganar por cualquier medio para poder acumular puntos y ascender en la clasificación de la liga en que se  encuadraba el equipo de turno. Y por supuesto había unas reglas y un árbitro encargado de hacer cumplir las reglas.

 Y aquel que no las cumpliera sería expulsado del partido y no podría volver a jugar. 

Ya no me gusta el fútbol