martes, 5 de noviembre de 2024

En el fango

 No tenía yo pensado escribir nada sobre la tragedia de Valencia, por una cuestión básica de respeto, hasta pasado algún tiempo. No quería participar en la arraigada costumbre española de tirarnos los muertos a la cabeza unos a otros. Pero visto lo que ocurrió el domingo, y siendo consciente de que en breve se iba a poner en marcha la máquina de propaganda goebbelsiana, como así ha sido, diciéndonos que todo es cosa de intolerantes violentos -en este caso han sido marginales violentos- y que la culpa es del PP -así en general- al final me he decidido por decir algo, más que nada para que no me tomen por tonto. 

Porque si bien nadie es culpable de que llueva torrencialmente, es tan solo un accidente, una circunstancia de la vida como hay muchas- no es una venganza de la tierra, ni un castigo de Dios, ni nada por el estilo- sí que hay cosas que merecen, al menos, ser comentadas. Y si el presidente del gobierno tuvo el domingo un comportamiento que en el siglo XVII le hubiera costado la  cabeza -literalmente, le hubieran cortado la cabeza por abandonar al rey a su suerte-, comportamiento que solo puede ser calificado como cobardía -pues una cosa es una retirada estratégica y otra salir huyendo como un conejo- hay que decirlo antes de que, como ya está pasando, se acuse a la casa real de provocar lo ocurrido porque no era el momento de hacer ninguna visita. El caso es que las piedras no se las tiraron al rey, que yo sepa, sino al presidente del gobierno.

Y de la misma manera, si el gobierno tiene la competencia de declarar el estado de emergencia, de desplegar las fuerzas de seguridad del Estado en las zonas afectadas, de proporcionar ayuda a los damnificados desde el minuto uno, a todos los damnificados y toda la ayuda posible sin espetar que si la necesitan que la pidan, pues es obvio que la necesitan, no mandar quinientos soldados y decir que si hace falta se mandarán los 120.000 -si no hacían falta en ese momento no sé cuándo harán falta- dejar a los vecinos que lo han perdido todo a merced de bandas de saqueadores sin desplegar a policía ni a la guardia civil, afirmar sin que a uno se le mueva un pelo del flequillo -ni se le caiga la cara de vergüenza- que no se recuperarán las infraestructuras ferroviarias hasta dentro de dos semanas, y las carreteras tardarán varios meses, y no se sabe cuánto el restablecimiento del agua potable y la energía eléctrica, como si estuviéramos en Somalia o, más bien, en Venezuela, hay que decirlo. Lo mismo que hay que decir que quien da las alarmas meteorológicas es la Agencia Estatal de Meteorología -que para eso está-, que como todas las agencias del Gobierno, está politizada, y afirmó que caerían unos 150 litros hasta las seis, cuando cayeron 500 a las ocho, antes de que digan, como ya han dicho, que la culpa de todo la tiene el PP, insisto, así en general, lo que incluye a Ayuso a Feijoo y, supongo, a todos los que los votaron

Así que hay que decir algunas cosas, reitero, antes de que empiecen a cambiarnos la realidad, como ya han empezado a hacer.  Porque en unos meses esto no habrá ocurrido, como no ha ocurrido la erupción del volcán de La Palma, donde todavía están esperando las ayudas, las mismas que  el domingo prometió el presidente del gobierno, ya a salvo de los marginales violentos. 

Y es que hay fangos y fangos. Hay fangos que les llegan a las rodillas a unos ciudadanos, al pueblo del que tanto hablan, y en el que los han perdido todo. Y hay fangos que salen de la boca de nuestros gobernantes y los paniaguados que les doran la píldora, y que huelen peor, y dan más asco, que los primeros.


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