lunes, 26 de noviembre de 2012

Huelga general y método científico


 El 26 de enero de 1994 el subdirector de un colegio de élite de las afueras de Madrid reunió a la plantilla de profesores de dicho centro y les espetó lo siguiente: “El que mañana no venga a trabajar que no se moleste en venir más”. Al día siguiente, 27 de enero de 1994, había convocada una huelga general. Comento este caso por dos razones: la primera porque que yo formaba parte de aquél equipo de profesores y por tanto me resulta familiar y conocido; la segunda porque la coacción que puedan ejercer los piquetes de trabajadores durante una huelga general no es comparable, ni en el fondo ni en la forma, a la que ejercen los empresarios o ciertos empresarios. 
 El caso anterior es una demostración palpable –y, como ya he dicho, familiar para mí y supongo que para muchos más- de que no existe ningún método científico capaz de determinar el alcance de una huelga general. Aun así, hay quien se empeña en utilizar variables científicas, o más bien pseudocientíficas, para medir ese impacto. Voy a tomar tres de las mas utilizadas y a analizar por qué no sirven para nada.
 a).- El recuento de los huelguistas. Normalmente, ante una huelga general las cifras de los ciudadanos que la secundan varían en una horquilla, según quien haga el recuento, no soportable por ninguna ley estadística conocida. Y ello porque la manera de realizar el arqueo es distinta según quién lo haga: los convocantes o el gobierno de turno. Mientras que los primeros dan las cifras de aquellos que no han ido a trabajar y también de aquellos que lo han tenido que hacer obligatoriamente por estar incluidos en los servicios, mal llamados, mínimos, los segundos incluyen en sus cifras a todos aquellos que han acudido a su trabajo, independientemente de si éstos forman parte del contingente de los servicios mínimos o no. Así, hay un grupo, el de los servicios mínimos, que figura tanto en el monto de los huelguistas como de los no huelguistas. Puesto que los servicios mínimos son una imposición del gobierno en la mayoría de los casos, y las empresas no suelen tener la delicadeza de incluir en ellos a aquellos trabajadores que han manifestado su deseo de no hacer huelga, sino más bien al contrario, el recuento presumiblemente científico de éstas y de aquél resulta falseado en su base.
 b).- Los indicadores de impacto del paro. El afán por determinar de forma científica el impacto de una huelga general ha hecho que se utilicen cada vez más por parte de analistas y medios de comunicación una serie de indicadores del mismo. El más frecuentemente utilizado, por ser supuestamente el más fiable, es el aumento o disminución del consumo eléctrico. Desde mi punto de vista, sin embargo, es tan fiable como lo pueda ser contar a los visitantes de un parque. En primer lugar, el consumo eléctrico depende de la época del año, pues no es el mismo en verano, cuando hay más horas de luz natural, que en invierno, cuando hay menos, así que no parece que tenga mucho sentido utilizar este medidor para comparar entre si dos o más paros generales. En segundo lugar, nada hay que impida que un trabajador en huelga se levante al alba y encienda las luces de su casa. Y en tercer lugar, el consumo eléctrico es algo fácilmente manipulable. Cualquier empresario puede llegar a su fábrica a las tres de la mañana y poner en funcionamiento todas las máquinas. De hecho, en la ultima huelga general se han dado varios casos de ayuntamientos que han mantenido encendido el alumbrado urbano durante todo el día.
 c).- Los sectores movilizados. Es ya un lugar común afirmar que una huelga general ha fracasado porque el comercio no ha cerrado sus puertas. Utilizar el comercio como sector modelo para determinar el alcance de un paro de este tipo es una interpretación torticera de las relaciones de producción que se establecen en el seno de la sociedad. Cualquiera con unos mínimos conocimientos económicos y sociales sabe que el sector básico sobre el que se edifica la economía capitalista actual es la industria. Y que el que puede paralizar una nación es el transporte. Si estos dos sectores se paralizan una huelga general será un éxito. Aunque todas las tiendas estén abiertas y algunos empresarios sigan diciendo a sus trabajadores aquello de que “quién no venga a trabajar mañana que no se moleste en venir más”.

lunes, 12 de noviembre de 2012

De política e ideología


Existe en los últimos tiempos una misteriosa tendencia por parte del Gobierno y sus medios a descalificar cualquier acción que ponga en duda el acierto de sus decisiones y actuaciones añadiéndole el adjetivo de “político”. Así, se oye hablar de huelgas políticas, manifestaciones políticas o protestas políticas. Y el caso es que el adjetivo “político”, en lugar descalificar a la acción a la que se aplica lo que hace es, más bien, situarla en su justo lugar y medio. Todas las huelgas, todas las manifestaciones y todas las protestas son políticas, porque constituyen una reacción de la sociedad civil, -de la polis- contra los actos gubernamentales, actos que, en esencia, son también políticos. De esta forma la única respuesta que cabe ante una decisión política ha de ser precisamente una respuesta política. Cuando desde los foros afines al poder se tacha una protesta de política, pretendiendo así hacerla perder su legitimidad social es, sin embargo, el que tal hace o dice el que queda deslegitimado. Porque la impresión que deja es que, en realidad, lo que le ocurre es que tiene miedo de la política, del debate social, o más bien de que la política deje de ser una propiedad exclusiva suya para pasar a manos de aquéllos a los que legítimamente pertenece: el conjunto de la sociedad. Ahora bien, habida cuenta de que para el Gobierno y sus acólitos la política no es un fin en sí mismo, lo que como fundamentación de la sociedad debería de ser, sino un medio para obtener el poder, a lo que tienen miedo es a perder ese poder, poder que sólo pueden retener controlando el instrumento que se lo proporciona.
Es en este marco de deslegitimación de la política y afán de poder en el que se sitúa la confusión en la que, a mi juicio, caen todos aquellos que desautorizan las protestas políticas tachándolas, exactamente, de políticas. Quizás lo que quieren decir es que estas protestas, más que políticas, son ideológicas. Que la política es ideología es algo comprobable desde las dos concepciones tradicionales del término. Tanto en su sentido tradicional como conjunto de ideas, de ideas políticas, como en el sentido marxiano de conocimiento falso de la realidad. Porque uno de los objetivos de este falso conocimiento es alejar a los ciudadanos de la política. Y la política, entendida desde el marco de referencia al que nos estamos refiriendo, como instrumento de control del poder y, por lo tanto, como propiedad exclusiva de la casta gobernante, es una formación ideológica.
Pero aún hay más. Es evidente que un Gobierno democrático –y aquí por “democrático” entendemos salido de unas elecciones- tiene el derecho a legislar como le parezca oportuno, pues ese es el mandato que ha recibido de la población, tanto de aquéllos que le han votado como de aquéllos que no le han votado pero que, por el simple hecho de depositar su voto han aceptado las reglas del juego y han dotado de legitimidad al Gobierno resultante del proceso aunque, por supuesto, estos últimos –y también los primeros- puedan responder políticamente a las decisiones gubernativas con las que no estén de acuerdo. Lo que ya no está tan claro ni es tan evidente es que ese Gobierno, en vez de legislar para todo el conjunto social que es, al fin y al cabo, el que lo ha legitimado en el acto de votar, tenga derecho a hacerlo tan sólo para la facción mayoritaria que lo ha elegido. En ese caso, en vez de legislar políticamente lo está haciendo ideológicamente, poniendo sus ideas por encima de las ideas de aquéllos que no le han refrendado pero también forman parte del conjunto social. De esta forma, un Gobierno que legisla desde la ideología y no desde la política tenderá a pensar que cualquier censura política es ideológica, e intentará desprestigiarla acusándola de “política”. Que es exactamente lo que es.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Nación


La Nación es un sentimiento. Un sentimiento de pertenencia a un grupo y, por ello, de unidad y solidaridad con el resto de los miembros de ese grupo. Como sentimiento la Nación es, en primer lugar, irracional como todos los sentimientos, y, en segundo lugar, algo no natural (su fuera natural yo, por ejemplo, lo sentiría), algo fabricado culturalmente e imbuido en los sujetos por los mecanismos clásicos de socialización y culturización. Estas dos características son las que convierten a la Nación en el arma política perfecta, y ello en dos sentidos. Primero como instrumento para aunar voluntades, formar masas que seguirán ciegamente a un líder carismático  que se erige como personificación de la nación y que acaba constituyéndose, en este proceso, en la nación misma. Por eso, entre otras cosas, todo nacionalismo es excluyente. El nacionalismo no excluyente no existe, porque el sentimiento nacional y la formación de la masa convierte en el Otro a todo el que no comparte aquél ni forma parte de esta. Pero también el nacionalismo es un arma política desde el momento en que constituye la cortina de humo ideal.
Es así que la actual ofensiva nacionalista, tanto de un lado como de otro, del catalán como del español, puede analizarse desde esta doble perspectiva. Por un lado los nacionalistas catalanes, con el señor Más a la cabeza, lo único que pretenden es ganar las elecciones –un fin muy legítimo, por otro lado, aunque el medio no lo sea- y cualquiera que haya seguido el curso de los acontecimientos se habrá dado cuenta de ello: primero la calculada y prefabricada exaltación nacionalista de la “Díada”, después la convocatoria de elecciones y, por último, el amago de convocatoria de un referéndum –referéndum que no se va a convocar como ya ha dejado claro su supuesto convocante  al declarar que “no va a convocar una consulta para perderla”, así que, o hace trampas, o no la convoca, que es lo que tiene en mente desde el principio-. En resumen, el señor Mas está amenazando con la independencia para que le den más dinero  que pueda seguir sufragando sus victorias electorales. Y es que el nacionalismo, como todo sentimiento que no surge de la razón y de la dignidad humana que ésta implica, tiene un precio.
Por otro lado el nacionalismo español tiene como objeto exactamente el mismo: hacer que el PP vuelva a ganar las elecciones exaltando los ánimos anticatalanistas. En este bando quizás el acontecimiento más destacable sea  -dejando a un lado el desfile del 12 de Octubre, Fiesta Nacional, con lo cual ya queda todo dicho-  las palabras del Ministro de Educación hacer a de españolizar a los alumnos catalanes. Si bien la estulticia de este señor es harto conocida y todo lo que sale de su boca hay que tomárselo como es: una broma de mal gusto, es este caso la ocasión y el objetivo han estado bien elegidos. Ahí tenemos como muestra a los medios y los plumillas de la ultraderecha ladrando de nuevo y, lo que es peor, creando opinión pública. Lo más triste de todo es que se haya elegido como campo de batalla la educación, una de las pocas cosas que son –o deberían de ser- universales. Tanto el señor Wert, como el señor Mas, como todos aquéllos que le siguen el juego deberían de saber que la educación no sirve para catalanizar ni para españolizar, sino para humanizar, lo cual implica que un catalán o un español no son seres humanos completos si se quedan sólo en eso. Porque humanizar, entre otras cosas, es hacer que los sujetos dejen de ser unos paletos, que es lo que es aquél que no ve más allá de la barretina o la bandera rojigualda.
Y es que el auge nacionalista no tiene otro objeto que tapar la miserias de la crisis y de unos gobiernos –el catalán y el español- que la están gestionando según los intereses de la banca y las multinacionales que no entienden de naciones. Son los mismos perros con el mismo collar y mientras aparentan golpearse con una mano se hacen caricias con la otra. Lo cual no es de extrañar puesto que son dos gobiernos de derechas y el nacionalismo, como todo el mundo sabe, es siempre de derechas.

lunes, 22 de octubre de 2012

El Ministro Wert y la hermenéutica imposible


 Las últimas declaraciones del Ministro Wert son dignas de un ejercicio de hermenéutica en profundidad. Aunque es de temer que esa hermenéutica acabe resultando imposible –o sea una hermenéutica de lo imposible- porque de aquello que no tiene ningún sentido poco sentido se puede extraer. Las susodichas declaraciones –o al menos el fragmento de texto a analizar- son la siguientes “... si se mejora el rendimiento –sobre todo en matemáticas, lectura y escritura-de los estudiantes de un país aumentará su rendimiento económico, lo que es esencial, porque permite recortar inversión en educación, y al mismo tiempo que se mejore el rendimiento de los estudiantes”
 Si ustedes, después de leer estas líneas, no entienden nada no se preocupen, porque nada se ha dicho. O más bien sí: lo que se dice está fuera del texto, al margen o entre guiones, pero de esa parte nos ocuparemos más tarde. Me centraré ahora, por tanto, en la parte principal o el cuerpo del texto, el cual, exceptuada la proposición entre paréntesis, quedaría como sigue: “... Si se mejora el rendimiento de los estudiantes de un país aumentará su crecimiento económico[1] (el del país, se supone, no el de los estudiantes), lo que es esencial porque permite recortar inversión en educación y al mismo tiempo que mejore el rendimiento de los estudiantes”. Si están ustedes pensando lo que están pensando, efectivamente tienen razón: lo que viene a querer decir el texto de marras es que si se mejora el rendimiento de los estudiantes, entonces se mejorará el rendimiento de los estudiantes, eso si, no se sabe como. Se supone que el Ministro Wert leyó estas ideas en la obra de un profesor de la Universidad de Stanford. Dejando aparte que el hecho de pertenecer al elenco profesoral de la Universidad de Stanford no es, en puridad, garantía de rigor intelectual, podemos suponer que, o bien el Ministro Wert no se enteró de lo que leía, o bien se enteró perfectamente. Aun en este segundo supuesto –que vamos a dar por válido puesto que a un señor Ministro hay que presumirle, al menos, una cierta competencia en comprensión lectora- de lo que no se ha dado cuenta sin duda es de la falacia lógica que encierra el argumento. Podría este reducirse a la regla del “Modus Ponens”, puesto que de un condicional se trata,  y en este caso adoptaría la siguiente forma: “Si se mejora el rendimiento de los estudiantes entonces se podrá recortar en educación. Se mejora el rendimiento de los estudiantes, luego se puede recortar en educación”. Y de nuevo tienen ustedes razón si están pensando lo que están pensando. El Ministro Wert no ha dicho esto sino, más bien, esto otro: “Si se mejora el rendimiento de los estudiantes entonces se podrá recortar en educación. Se recorta en educación, luego se mejora el rendimiento de los estudiantes”, lo que hay que suponer ya que, si bien no dice cómo se mejora el rendimiento, si que ha aplicado estos recortes antes de producirse la mejora. Evidentemente el “Modus Ponens” del Ministro Wert es una violación de la regla lógica que elimina todo el sentido del argumento.
 Pero decíamos mas arriba que el verdadero sentido de este texto que nos ocupa no está en el texto mismo, sino en lo que se sitúa al margen, la apostilla o añadido que reza : “sobre todo en matemáticas, lectura y escritura”. Aquí si que es posible profundizar y la conclusión a la que se llega parece clara –sobre todo por el “sobre todo”-. De lo que se trata es de que los estudiantes sepan sumar, leer, escribir y nada más. Recuerdo un personaje de un poema de Pemán que “sabía leer y escribir lo justo” pero tenía el corazón inflamado de ardor patriótico, que era el modelo de individuo que pregonaba el franquismo. Si los ciudadanos saben sumar, leer y escribir, y nada más, se habrá conseguido formar una masa ignorante y no cualificada, mano de obra barata que aceptará cualquier trabajo, con cualquier sueldo y en cualquier condición, y que no tendrá la capacidad intelectual suficiente como para poner en entredicho las decisiones del gobierno o de la empresa. Esto, según el Ministro Wert y, nos tememos, el profesor de Stanford, es lo que permitirá aumentar el crecimiento económico –un trabajo en régimen de semi-esclavitud, sin derechos laborales ni sociales, como en China, sin ir más lejos-, aunque no está tan claro si del país o de las empresas –a no ser que las empresas se identifiquen con el país-. La cualificación técnica que todos los líderes mundiales pregonan como la única salida de la crisis queda para las élites que estudian en instituciones privadas. Porque, como dijo Esperanza Aguirre en su época de Ministra de Educación. “El problema de la Educación en España es que los campesinos ha querido aprender a leer”.



[1] .- Es evidente que el crecimiento siempre aumenta, mientras que el decrecimiento disminuye. Lo raro sería encontrar un crecimiento que disminuyera.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Okupación con K

 De un movimiento que se dice de izquierdas uno espera que tenga al menos un poco de visión histórica. Y si además pretende ser un movimiento político, o que pretende llevar a cabo una revolución política, tampoco estaría de más exigirles alguna noción básica de estrategia. El movimiento “Ocupa el Congreso” adolece, a mi modo de ver de las dos cosas.
 En primer lugar no es que carezcan de visión histórica, es que no saben Historia, por lo que no les vendría mal alguna lección. Quizás por eso no se han dado cuenta de que todos los Gobiernos totalitarios han suprimido las cámaras de representantes. Seguramente no saben que Hitler lo primero que hizo al llegar al poder fue quemar el Reichstag o que en España, sin ir más lejos, durante los 40 años de dictadura franquista no hubo Parlamento –había Cortes Orgánicas- y los partidos políticos estaban prohibidos, lo mismo que parecen exigir ellos ahora. Quizás no sepan que probablemente el logro político más importante de la Segunda República fue establecer un sistema electoral libre donde antes existía un sistema de alternancia entre dos partidos y formar un Congreso de los Diputados donde se debatían las leyes a aplicar, esas leyes que antes eran impuestas por la fuerza del Rey, la Iglesia y las oligarquías. Quizás no sepan nada de esto y hay que perdonárselo porque al fin y al cabo se han educado en la ESO.
 Pero aunque uno no sepa Historia, si se convoca una manifestación y por lo tanto se realiza un acto político, hay que tener una idea clara de la estrategia a seguir. Y es un error de bulto –o no, dependiendo de las intenciones de sus convocantes- reclamar democracia pretendiendo rodear, encerrar o lo que sea a los representantes del pueblo. Porque les guste a ellos o no los Diputados son los representantes del pueblo español, al menos de la gran mayoría de él, y atacarles a ellos es atacar a la soberanía popular. Por supuesto que están en su perfecto derecho y es completamente legítimo considerar que no les representan –a mi tampoco me representan- pero tal vez deberían preguntarse a quién representan ellos. Que nadie se extrañe entonces de que la señora Cospedal los compare con Tejero –Tejero era un Teniente Coronel de la Guardia Civil que entró a tiros en el Congreso de los Diputados y secuestró a sus miembros el 23 de Febrero de 1981: otra lección de Historia-. Por supuesto que nada tiene que ver una cosa con otra, pero si uno no se plantea bien la estrategia da pie a que se hagan estas comparaciones. Lo mismo que da pie a los medios de la extrema derecha para soltar todo el veneno que llevan dentro y descalificar todas las protestas sociales en su conjunto. Hay que tener muy poca visión política para no darse cuenta de que el pueblo español es conservador y amante del orden en su gran mayoría y que actos como los del día 25 lo único que hacen es alejar a la gente de la calle. Y provocan que el señor Rajoy salga alabando a la “mayoría silenciosa” –no se si la misma de Fraga u otra- que cada vez será más mayoría y más silenciosa. Yo me pregunto, y no dejaré de preguntármelo, por qué en vez de rodear el Congreso no se rodeó el Palacio de la Moncloa, o los edificios de los Ministerios, que es donde se está haciendo la política antisocial contra la que presumo que va dirigida la protesta. El Parlamento ya está rodeado desde dentro por el Gobierno y su partido, con lo que rodearlo desde fuera en el fondo no es mas que apoyar la actuación de aquéllos. Y por último, tampoco está de más conocer la ley y saber que manifestarse ante el Congreso cuando éste está reunido es ilegal –y no entro ahora a valorar si esto está bien o está mal- de tal forma que todos los medios que nos han recordado en las últimas horas que el susodicho acto era ilegal tienen, evidentemente, razón. Y cuando alguien comete algún acto ilegal, pues lo lógico es que la policía le persiga -tampoco valoro la actuación de la policía, algo que haré en otro momento, pero si adelanto que no se pueden exigir comportamientos morales a un colectivo cuando el noventa por ciento de la población no los tiene- o al menos eso es lo que queremos que se haga con los políticos corruptos.
 Sólo me queda esperar que tanto los colectivos convocantes del acto, como los que acudieron a él, como todos aquellos que de una u otra manera les apoyan, sean coherentes con sus ideas –es decir, racionales- y en las próximas elecciones no voten a nadie, que es la manera democrática de vaciar el Parlamento y forzar ese cambio en la Política que tanto predican.
            

miércoles, 1 de agosto de 2012

No es el aborto

 Si se tratara de discutir sobre el aborto diría que la libertad individual no puede ni debe ser regulada por medio de leyes. Que el hecho de abortar o no abortar es algo que corresponde decidir de forma exclusiva a la mujer –o a la pareja- en base a su independencia y autonomía o a sus creencias; que ni desde un punto de vista biológico ni, desde luego, desde un punto de vista moral, cabe considerar a un feto como un ser humano, en el primer caso porque no es capaz de vivir independientemente del organismo de la madre y en el segundo porque no tiene conciencia ni capacidad de opción moral; que el hecho de que se permita abortar no obliga a nadie a hacerlo, mientras que el hecho de prohibirlo si obliga a no hacerlo –algo tan obvio que a veces da vergüenza recordarlo- y, en resumen, en vista de que el aborto no es algo que pueda perjudicar gravemente a una sociedad sana, y mucho menos destruirla, no debería de estar sometido a ningún tipo de ley.
 La cuestión, sin embargo, es que no se trata de discutir sobre el aborto. El señor Ministro de Justicia del actual Gobierno no tiene en mente ninguna consideración moral cuando propone restringir legalmente su práctica. Y no la tiene porque no actúa como un individuo particular –y además no debe de hacerlo- sino como miembro de un colectivo que, entre otras cosas, ha demostrado su condición moral aplaudiendo una serie de recortes sociales que perjudican única y exclusivamente a las capas más desfavorecidas de la sociedad. Y, como Ministro de Justicia en concreto, ha dado muestra de sus convicciones morales concediendo un titulo nobiliario al nieto de un genocida como Queipo de Llano. No se trata, entonces, de debatir cuestiones morales, aunque resultaría muy discutible considerar como moral el hecho de condenar al sufrimiento a un niño pequeño, a una “criatura de Dios”.
 ¿De qué se trata, pues, si no es del aborto?. En primer lugar la cuestión de la interrupción voluntaria (aquí está la clave: si es voluntaria es libre, ni se puede obligar a realizarla, ni se puede prohibir hacerla: depende sólo de la “voluntad” de la persona) del embarazo es siempre una cortina de humo –por polémica- para ocultar otros temas mucho más importantes y graves. Mientras se discute sobre el aborto no se hace sobre la indemnización al ex-presidente del Consejo General del Poder Judicial, por ejemplo. En este sentido, sin embargo, la utilización de la problemática del aborto no es exclusiva de este ejecutivo y ha sido usada, en mayor o menor medida, por todos los gobiernos de este país. La postura del actual Ministro de Justicia, y esta es la novedad, añade un elemento que la hace extremadamente reveladora. Según su proyecto, el aborto sólo estaría permitido en el caso de riesgo psicológico para la madre, algo absurdo cuando no se permite en el caso de riesgo físico. Ahora bien, el riesgo psicológico, a diferencia del riesgo físico, sólo es comprobable objetivamente, y aún así con matices, en los casos de violación. En el resto es algo subjetivo, mucho más si se trata, como es el caso, de determinar ese riesgo a priori, antes de que se produzca el nacimiento. Así que es posible aventurar que la gran mayoría de los psicólogos y psiquiatras en ejercicio firmarán informes en los que se dictamine el riesgo psicológico para la madre en todos los supuestos no contemplados por la ley, incluido el de graves malformaciones del feto. Lo que se pretende, entonces, no es tanto impedir que se aborte – algo que se seguirá haciendo aunque con más trabas- como el ahorrar dinero. Porque si el aborto en caso de graves malformaciones del feto está prohibido, el servicio público de salud –y éste es el siguiente paso- no estará obligado a realizar las pruebas diagnósticas pertinentes para determinar esas malformaciones, como la amniocentesis o la Prueba del Talón. Pruebas que, lógicamente, se seguirán realizando en las clínicas privadas previo pago por los servicios prestados -y que servirán, en última instancia, para determinar el riesgo psicológico de la madre- y sólo se las podrán hacer quienes tengan posibles para pagar esos servicios.
 Es mejor no hacerse líos. No se trata del aborto, se trata de otra cosa.

lunes, 30 de julio de 2012

Ser y tener

 Vivimos en una sociedad frustrada. Una frustración que no miden los indicadores económicos pero que es palpable en cualquier actividad cotidiana, la consecuencia más grave de la crisis financiera porque destruye el tejido social y nos convierte en una manad de animales gregarios más que en una sociedad estructurada. Vivimos en una sociedad frustrada porque durante mucho tiempo lo único que se ha valorado es el tener, y se ha olvidado el ser. Las aspiraciones sociales se resumían en tener casas más grandes y coches mejores, en poseer lo que el otro poseía, en demostrar la importancia social consumiendo más y mejor que el vecino. Si uno iba de vacaciones a Cuba, el de al lado iba a Tailandia, para no ser menos, sino más y el dinero no era problema porque los bancos lo daban sin preguntar demasiado. Los modelos sociales eran tipos que habían triunfado no por lo que eran, sino por lo que tenían: famosos de medio pelo, aristócratas venidos a menos, toreros y futbolistas. El paradigma de esta situación lo expresó uno de estos últimos cuando dijo que se le tenía envidia porque era “rico guapo y jugaba bien al fútbol”. De las tres cosas, dos corresponden al ser: ser guapo, una característica subjetiva que en todo caso depende del azar, y jugar bien al fútbol, algo que hace cualquier niño de diez años –incluso yo, cuando tenía diez años, jugaba bien al fútbol-. Así que su argumentación quedaba reducida a ser rico, al tener. Cuántas veces se pudo oír a encofradores semianalfabetos, pero que ganaban el doble o el triple que un médico, espetar que éste no era más que él porque tuviera una carrera, lo cual viene a querer decir que él era más que el médico porque tenía más dinero. Estaba presente en el ambiente la idea de que cuanto antes se dejara de estudiar mejor, porque la formación no da dinero, o al menos no lo da rápido, y el desarrollo humano no cuenta ante el potencial económico. El país era un restaurante de lujo donde se comía con las manos –de hecho, los restaurantes de lujo se llenaron de comensales que no sabían usar los cubiertos-. No es este el lugar para discutir si se vivía por encima de las posibilidades económicas, pero desde luego si por encima de las ontológicas. Al fin y al cabo España siempre ha sido un país de hidalgos –qué moderno sigue siendo El Quijote-.
 Ahora que no se tiene –y no se es, aunque esto siga siendo lo de menos- aparece la frustración, y con ella la violencia y la agresividad, no contra los responsables de que ya no se tenga –que en parte son los propios ciudadanos- sino contra los el que tenemos más cerca, no sólo física, sino sobre todo socialmente. Los individuos que ya no tienen nada –y que tampoco son nada- miran con recelo al de al lado, que tampoco tiene nada pero que es posible que sea más que ellos. O al menos así lo creen. Surgen los complejos latentes en el inconsciente y consuela el estar orgullosos de lo que no se es: aparece la necesidad de ser alguien. Así se da una identificación con aquellos que consiguen alguna hazaña y pueden ser considerados de los nuestros. Se jalean los éxitos deportivos como si fuesen propios, se es español –sin tener muy claro lo que es eso- porque se ha ganado un partido de fútbol o una carrera de coches y las ventanas se llenan de banderas nacionales. Y el que no se siente orgulloso de ello, porque es alguien en sí mismo, se convierte en el enemigo. Cuando el conductor se dedica a insultar más que a conducir es porque su vida no vale nada, es un individuo frustrado que tiene que revindicar su autoestima demostrando que, aún, posee el coche más potente. Cuando alguien mira mal en el Metro es porque en el fondo se considera una hormiga al lado de todos los que le rodean. Cuando alguien se comporta como si fuera el dueño del mundo es porque no es dueño ni de su propia existencia.
 Dicen que todas las crisis sirven para mejorar. Uno desearía que fuese verdad y ésta nos hiciese ser, y ser mejores. Pero mucho me temo que cuando volvamos a tener nos volveremos a olvidar de lo que debemos ser.